Nadie
Entro en el despacho de Ignashkin sin llamar. Está hablando por teléfono, pero al verme se despide apresuradamente, prometiendo devolver la llamada.
—¿Por qué vino usted mismo…? Podría haber llamado y yo habría ido… a verlo —empieza a balbucear el director.
—No pasa nada, no se me caerá la corona. Además, el movimiento es… un modo de alcanzar la independencia financiera. Y de dinero es de lo que vamos a hablar. —No sé por qué, pero en los ojos de Ignashkin aparece miedo. Sabe, el perro, dónde está enterrado el hueso… ¿o no?—. ¿Cómo es posible que sus informes no cuadren de ninguna manera?
—Ehm… —atragantándose con un nudo en la garganta, intenta aclararla para responder algo coherente—. ¿Qué informes exactamente?
Por la pregunta, o bien no se mete en la analítica del funcionamiento de su complejo de ocio, o bien todos los informes han sido modificados en mayor o menor medida. Ujú… Lamentable. ¿Y para qué necesito yo este carrusel?
—Mire, el problema es el siguiente —intento explicarle de forma clara las sutilezas de la contabilidad—: existen varios informes en los que los indicadores deben ser idénticos. Por ejemplo, en los informes trimestrales, aunque sean para distintos organismos de control, sus datos difieren. En consecuencia, rastrear la cifra real hasta el informe anual solo es posible revisando toda la documentación primaria. Y yo no soy una empresa auditora que se compromete a poner en orden su contabilidad. Yo soy la persona que debe evaluar la viabilidad de la inversión, con una garantía del 99,9% de obtener beneficios. De lo contrario, nadie estaría interesado en mis servicios. Yo soy la garantía de que la inversión se recuperará.
—Entiendo el papel que desempeña en su compañía y… me resulta muy desagradable que mis empleados se hayan comportado de manera tan… poco profesional… —Ignashkin intenta encontrar palabras para describir que no estaban preparados para mi llegada, en resumen: la cagaron.
—Hagamos lo siguiente —interrumpo el flujo de explicaciones inútiles—: le doy tiempo hasta el final de la semana. Usted pone en orden los documentos, verifica qué informes fueron realmente entregados a los organismos de control, porque en las carpetas hay varias versiones… Me da solo aquellos que están registrados en Hacienda y demás. No necesito borradores, notas, correcciones… solo lo que pasó por la base de datos de Hacienda y de otras estructuras. Eso es todo. Con eso trabajaré.
—Sí, sí, pediremos copias en Hacienda…
—Sus acciones me importan poco. Lo importante ya lo entendió. Eso es todo, hasta el lunes.
Con un gesto de despedida dejo a Ignashkin, cubierto de manchas rojas, en su despacho y salgo. Hoy tengo cosas más interesantes que hablar de sus metidas de pata.
Llego a la universidad. Los estudiantes ya han salido del edificio y se agolpan en la entrada. No veo a Asya entre ellos. Giro la cabeza en todas direcciones, intentando descubrir si mi tímida se esconde en algún rincón. Y ahí está, bajo un sauce triste, junto a ese mismo tipo…
Parece que Asya decidió no escuchar mi opinión. En su rostro se lee demasiado claramente el interés por ese chico. Los veo bien en el retrovisor lateral, y sin remordimientos meto la nariz en la vida ajena.
¿De qué hablarán? Algo agradable le dice él, porque Asya se sonroja y asiente con entusiasmo.
Toco la bocina, interrumpiendo el arrullo de esas tórtolas. Mientras yo esté en la ciudad, Asya es mía… bueno, quiero decir, mi guía. Y en su campo de interés, solo mis asuntos deben tener prioridad.
Ella se gira, ve mi coche, y yo arranco y conduzco despacio hacia el punto de encuentro. Sí, el mismo de siempre, junto al supermercado.
No pasan ni cinco minutos cuando aparece, corriendo, mi amante de las charlas profundas.
—¿Otra vez me está siguiendo? —protesta Asya, sin haber terminado de sentarse en el asiento.
—Y hola para ti también —decido no desarrollar el tema y paso directo a las cartas fuertes—. ¿Lista para una noche inolvidable?
—Suena un poco ambiguo… pero sí, lista —por dentro se la nota rebosante de alegría.
—Entonces vámonos, tenemos dos horas y pico para llegar y conseguir los mejores lugares.
—Pero si será en un estadio, ¿cree que podremos acercarnos al escenario?
—Te sorprenderé, pero en los estadios también hay asientos VIP. —Sus ojos se agrandan y brillan más que diamantes de la emoción.
El camino hasta la ciudad D. pasa volando. Conversaciones de todo tipo: música, comida… cosas cotidianas. Nada personal, y sin embargo descubro muchos detalles de Asya que confirman mis sospechas: es ligera, sin complejos, activa y, sobre todo, positiva. Y eso me alegra. La apertura ya no está de moda… Y aunque al principio me trataba con cautela, desconfianza y recelo, en pocos días empezó a reaccionar conmigo de manera más tranquila, a pesar de que yo seguía respondiendo a sus preguntas de forma vaga, sin concreción ni detalles.
—¿Tienes hambre? —se nota que sí, pero duda—. Ajá, yo también —decido no esperar su respuesta y resuelvo por los dos—. Aquí a la vuelta hay un McDrive, ahora giramos y compramos algo. ¿Te gustan los Chicken McNuggets?
Doblo la esquina y me topo con una larga fila de coches. No somos los únicos con hambre, al parecer… Paso de largo con la esperanza de encontrar sitio en el aparcamiento. Bueno, entraremos dentro y pediremos allí… pero imposible. A través de las ventanas se ve que tampoco cabe un alfiler. Maldita sea.
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diferencia de edad, protagonista dominante, protagonista inocente
Editado: 29.11.2025