Nadie
—¡Genial! ¡Genial! —Asya, agarrándome de las manos, salta como un conejo bajo el árbol de Navidad—. ¡Iiiii! —chilla de entusiasmo.
—Bien hecho, no te asustaste —la felicito por su mini actuación—. Y cantaste muy bien.
—Me dio tanto miedo… —se lleva las manos al pecho, compartiendo su impresión—. De los nervios la voz me temblaba tanto que, sin querer, salió el rap solo —abre los ojos y alarga la cara, mostrando que está tan sorprendida como yo.
—Bueno, ¿subes otra vez? —le doy una palmada en el hombro.
Si la primera vez tuve que convencerla, ahora Asya asiente con energía y, en cuanto me agacho, enseguida trepa a mis hombros.
Pasa poco más de una hora y suena la canción final. Gritos de agradecimiento, tanto del vocalista y la banda como del público y los fans. Una breve despedida y listo, la gente se lanza hacia la salida.
—Bajo a Asya al suelo. —Me froto los hombros, adormecidos—. Oye, ¿cuánto pesas?
—Cuarenta y tres —responde, pero me mira con gesto interrogante, esperando explicación.
—Pues parece que cuarenta y cuatro… Me has destrozado el cuello.
—Ay, perdón. Déjeme que le haga un masaje —y se lanza a ayudar, empezando a apretarme el cuello.
—Sss… —Asya aprieta con tanto entusiasmo que me da un pinchazo en la cabeza—. ¡Más suave! Con semejante ataque me va a dar un derrame.
Retira las manos de golpe y… esa mirada.
—Sí, a su edad puede pasar cualquier cosa —y suelta la frase no en tono de burla, sino más bien con preocupación. Y claro, no la mandas al diablo porque se nota que lo dice en serio, pero indignarse dan ganas.
—¡Oye, estás loca! ¿Qué edad ni qué demonios? Estoy en la flor de la vida, lleno de fuerza y energía. ¡Soy un hombre de primera!
—¿De primera… para dónde? —ahora sí que se burla.
—Y allí también —aseguro sin pestañear—. ¡Vaya con la juventud! Dame la mano y da pasos más largos.
Nos movemos con destreza entre los que salen; al fin y al cabo, en la zona VIP había menos gente y varias salidas, así que el proceso va rápido. Tras pasar los torniquetes, aparecemos en la parte trasera del estadio. Justo donde necesitábamos.
A lo lejos está el coche, bajo una farola. Incluso antes de llegar puedo evaluar su estado: nadie me desinfló las ruedas, ni rompió las ventanas por haber aparcado “a lo bruto”, y eso ya es motivo de alegría. Y si alguien escupió o lo rayó con una llave… bueno, sin rencores.
De Asya, que camina a mi lado, la energía brota como una fuente. No cierra la boca. Vaya cantidad de impresiones, para toda la vida. Hasta a sus nietos se lo contará.
—¡Increíble! —no escuché qué fue lo que tanto la impresionó, pero se nota que la velada valió la pena—. ¿Y a ti, te gustó?
—Sí, pasé una velada productiva —por alguna razón decidí reunir todas mis impresiones y expresarlas en el mismo contexto que uso en el trabajo. Es decir, seco y rutinario, casi de manual. Por otro lado, yo no puedo chillar y saltar de emoción como Asya.
—Qué seco es usted —me mira sin entender cómo, después de semejante noche, puedo hablar con tanta calma.
Se calla un rato, se vuelve hacia su ventana. Pero yo, en el reflejo, veo que de vez en cuando sonríe a sus propios pensamientos y recuerdos.
—¿Qué haremos mañana? ¿A dónde iremos, o quizá volemos?
—Mañana no puedo —gira la cabeza hacia mí. En su mirada hay auténtico pesar.
—¿Y qué cosa tan importante tienes? —pregunto con un poco de resentimiento. Aquí estoy yo, dándolo todo, y ella… ¿me cambia por qué? ¿O por quién?
—Yo… —duda, lo que significa que está relacionado con ese larguirucho. Yo soy una cabeza más alto que Asya, y ese tipo, una y media más. No hacen pareja, ni siquiera se ven bien juntos—. Mañana es el cumpleaños de Artur… ya sabe, el chico con el que hablaba frente a la uni. Me invitó.
—¿No te basta con el trabajo, que también pasas tu tiempo libre en el club? ¿No te harta?
—No iremos al mío —me lanza con desafío—. ¿Cree que tenemos un solo club en la ciudad? Lo voy a decepcionar: tenemos una decena. Y el nuestro, por cierto, no es el más top.
—Ajá, o sea que insinúas que tu flamante pretendiente es tan generoso y… lo que sea, que te invitó a un sitio más cool que tu club.
—Usted, claro, lo interpreta a su manera, pero el sentido es más o menos ese —se nota que la pequeña está a punto de lanzarse con el pecho, bueno… bastante decente, a la trinchera en defensa de su príncipe. Vaya cosa… Arturo, rey a medio hacer. Rey Arturo y Asya… ¡puro chiste!
—¿Y a dónde te invitó? ¿Al “Zefir”? ¿Y solo a ti?
—Sí y no —acomodo las respuestas en el orden de mis preguntas, y me calma un poco. Pero me irrita la idea de que puedan estar a solas. ¡Me entran ganas de partirle la cara! Primero un golpe en la mandíbula, luego en el estómago y después la rodilla en la nariz. Uf, cómo me caliento.
—¿Y qué le vas a regalar?
—¿No le parece que eso no es asunto suyo?
#2859 en Novela romántica
#785 en Novela contemporánea
diferencia de edad, protagonista dominante, protagonista inocente
Editado: 29.11.2025