Asya
Nunca me había sentido después de dormir tan… destrozada. En la cabeza, como si acabaran de golpear un instrumento musical y resonara: “Booommm…”. Tan prolongado, que provoca hasta un ligero mareo.
La boca seca. Hago un chasquido fuerte con los labios, intentando entender adónde se fue la humedad. No puedo despegar los ojos, como si estuvieran pegados. Y el cuerpo no lo siento en absoluto, como si no existiera nada más que mi cabeza.
¡Me he convertido en un bollo redondo!
Intento recordar la noche anterior, pero las imágenes son borrosas y los acontecimientos confusos.
En algún lugar se cerró una puerta. Dios mío, ojalá papá no me hubiera visto ayer en ese estado… tan deplorable. Me daría sermones durante semanas. Ya de por sí nuestra relación no es la mejor, y después de mi condición —inexplicable incluso para mí— tendría un motivo real para machacarme.
—¿Despertaste? ¿Cómo te sientes?
¡Ay, ay! ¡Esa voz no es la de papá!
Me incorporo de golpe. ¡Oh, milagro, veo claro! Del susto los ojos se me abrieron de par en par.
¡Vaya sacudida a primera hora! Ahora, además del dolor de cabeza, siento mi corazón latiendo a un ritmo tan frenético que hasta los oídos se me tapan.
De todos, a este tipo no esperaba verlo. Está en el umbral con una taza —por el olor, café— y… ¡está desnudo! Bueno, miento, lleva una toalla enrollada en la cintura, pero aun así… ¡Ese espectáculo no es para una virgen de diecinueve años! De lo que vi, cierro los ojos con tanta fuerza que siento la piel tensarse en la nuca.
—No… —gimo fuerte—, cualquiera menos usted…
—Te aseguro que no soy la peor opción —se ríe, el muy canalla—, teniendo en cuenta la situación de anoche.
—¿De qué habla? —caigo de nuevo en la cama y me tapo con la manta hasta la cabeza. Así la situación no parece tan… aterradora. Estoy en mi refugio, y pase lo que pase, la manta me salvará de la vergüenza.
—Ay, lo que pasó, lo que pasó… —con voz de vieja quejumbrosa habla este tipo de aspecto demasiado atractivo. No en vano le temía todo este tiempo: detrás de la máscara de hombre amable se escondía un pervertido.
Me pongo la mano en el pecho, intentando calmar el corazón. ¡Y entonces! Segundo shock. ¡Estoy desnuda! Vale, él… pero ¿yo? Para rematar, llevo la mano a mi trasero… también desnudo. ¡Esto es el fondo! Asya, tocaste fondo. Y si alguien llama, serán los demonios.
—Asya, asoma la nariz de tu escondite, acepta la realidad como un hecho —¿de qué habla ahora?
Ya está, soy una chica valiente… ¿o no? Hay que hablar. Sí, así resuelven los adultos los problemas: con palabras.
Aparto la manta y me incorporo de nuevo, sujetándola para no mostrar el pecho desnudo.
—¿Cómo llegué aquí? —pregunto directo.
—Te traje en mi hombro.
Me mira con una sonrisa torcida y sorbe su café, y yo muero de ganas de lanzarle una almohada para borrársela. Su respuesta no me trae ningún recuerdo.
¿Qué demonios pasó ayer?
—Así no vale. Si a usted le bastan esas respuestas, a mí no. Cuéntelo todo. Necesito evaluar la magnitud de la catástrofe.
—Está bien —acepta demasiado fácil, lo que significa que la verdad no me va a gustar—. Yo, por casualidad, por aburrimiento, fui al lounge-bar y… te vi con tu grupo. Bebía whisky, sin molestar a nadie… y luego, de reojo —sus precisiones me sacan de quicio— vi cómo el chico de tus sueños, tu ideal…
—Al grano —no lo soporto si sigue en ese tono. Me volveré loca de las suposiciones. Pero tampoco me conviene enfadarlo—. Vamos, lo esencial, sin adornos que lo dejen bien parado.
—Bueno, si quieres la versión corta —hace un gesto de “tú te lo pierdes”—. Su amigo, el que estaba a su derecha, echó una pastilla en la copa de su chica, y tu pretendiente, sin pensarlo mucho, hizo lo mismo. Ustedes brindaron por el cumpleañero y a ti te tumbó. Él te sacó medio inconsciente a la calle, te arrastraba al aparcamiento hacia su coche para aprovecharse.
Lo miro sin parpadear, intentando asimilar lo dicho. ¿Podré digerirlo? No entiendo nada. ¿Por qué Arturo me pondría algo?
¿Y si este… Nadie miente? ¿Y para qué?
Lo único que tengo claro es que alguien hizo algo… ¡y yo estoy desnuda!
Por ahora todo juega en contra de este hombre de músculos de acero y tatuajes enredados, que cubre su “tesoro” con una toalla. Porque Arturo no está aquí para defenderse.
—¿Y eso lo decidió usted? ¿Y si él quería llevarme a casa?
—Ajá, ¿y por eso te pedía que no le arruinaras la fiesta y que movieras las piernas, prometiéndote un polvo inolvidable?
—¿Eso lo inventó usted o él se lo dijo?
—No. Eso te lo decía a ti, yo solo lo escuché. Y tú también lo habrías oído, si no hubieras estado tirada como un saco en el césped, con los ojos de vidrio, fuera de sí.
Me froto la cara, intentando borrar el embrujo. ¿Y si me pellizco y despierto? ¡Eso es! ¡Un sueño! Absurdo, desagradable, aterrador… pero un sueño. Me pellizco el brazo. Maldita sea, duele. Qué pena, no estoy soñando. Hora de espabilar y enfrentar la realidad.
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Editado: 29.11.2025