Asya
Que no me vea, que no me vea… Me giro bruscamente para alcanzar a esconderme en el edificio y pasar desapercibida.
—Voy al aula —le lanzo a Masha. Ya había dado el paso salvador tras el umbral y entonces…
—Asya.
¡Madre mía! ¡Que te atragantes!
Me doy la vuelta lentamente sobre los talones y me cuelgo en la cara una sonrisa amistosa.
—Hola —alargo la palabra, observando al guerrero herido, Artur—. ¡Uy! ¿Qué te pasó? —un poco de preocupación en la voz no viene mal.
—Unos matones se me pegaron, tuve que repartir y explicarles “las reglas”. Se equivocaron de tipo… Y esto —pasa los dedos por los raspones de la cara—, una tontería, ellos salieron peor parados.
Ay, cómo se pavonea, karate-boy. Masha ve que la charla pinta “íntima” y, de lado en lado, se une a otros compañeros que están un poco más allá.
—No lo dudo —ajá, tanto que ni siquiera, como dijo el “jefe de los matones”, se raspó los nudillos.
—¿Y tú cómo estás? —me mira con cautela. Se nota que calcula si recuerdo algo o si todo es un lienzo en blanco.
—Imagínate, desde la mitad de la noche no recuerdo nada. Desperté por la mañana… en casa. ¿Y cómo llegué? Ni idea. Creo que ni bebí alcohol… —me encojo de hombros, mostrando incomprensión.
—Te quejaste de dolor de cabeza… Alguna de las chicas te dio una pastilla. La tomaste, pero no mejoraste. Así que te pedí un taxi. El taxista es amigo mío, por eso no me preocupé. Incluso me llamó cuando te dejó en la dirección. —Dudo mucho que Nik le haya rendido cuentas a Artur sobre mi “entrega”.— Apenas se fue el coche, aparecieron esos matones. Y empezó la pelea. Menos mal que ya te habías ido. Me habría dolido que te pasara algo.
Oh, qué tierno… Miente sin pestañear. ¡Qué canalla! Buen taxista tuve yo, capitalino. Me cargó hasta el séptimo piso en brazos. Me desnudó, me metió en la ducha, me acostó… todo un “business class”.
—Bueno, recupérate, yo tengo cosas que hacer… clase de “Gramática” —me alejo de él unos pasos.
—¿Quizá nos veamos… algún día?
—Claro —exclamo demasiado rápido y falso—, más adelante… Tienes que recuperarte… cuidarte… Y luego, ya veremos.
—Sí… —Artur, aunque idiota, no es tonto. Entiende que difícilmente volveremos a vernos. Recuerda que recibió un golpe de un tipo que, echándome al hombro, me llevó a un lugar desconocido. Sabe que yo puedo conocer parte de la verdad, y yo sé que él miente.
El resto del día pasa tranquilo. El dolor de cabeza se va retirando poco a poco. Vivir se hace más fácil y alegre. Masha ya no me atosiga con preguntas sobre Artur, porque le di “luz verde” para conquistarlo. Pero, sin ofender y no delante de ella, él no le prestará atención… Todavía no entiendo por qué yo merecí ese “honor”… Al menos vi miradas interesadas hacia mí, y hacia ella ni siquiera mira. Creo que ni su nombre sabe, después de tres años de estudio.
Y lo que me inquietó en todas las clases… fueron los recuerdos de Nik, más bien de su cuerpo desnudo. Basta con que me desconecte del proceso educativo, y mi cerebro enciende un pase de diapositivas de carácter pornográfico. ¿Cuándo tiene tiempo de ir al gimnasio y trabajar esos músculos?
Basta, hay que dejar de fantasear. ¿De dónde me viene este interés por un hombre adulto? ¿Acaso no he visto hombres antes? No soy una salvaje para babearme así.
Pero el cerebro, traidor, de vez en cuando me lanza otra imagen.
Camino resignada hacia el lugar de encuentro con Nik. Llego tarde a propósito… tres minutos, pero… ¿y si se enfada y se va?
Y en general, ¿por qué debo ir a ningún lado con él? Tengo que rebelarme, mostrar que tengo carácter y que mi opinión cuenta. O mejor, rechazar de inmediato. ¿Para qué conversaciones innecesarias? ¡De verdad, voy a negarme! Apenas lo vea, le diré todo lo que me molesta. ¿Dónde se ha visto que a una persona, o sea a mí, la obliguen tan activamente a hacer cosas inoportunas y… en fin! ¿Quién se cree que es para mandar sobre mí? ¡Así me animé! Ahora mismo le suelto todo lo que llevo dentro.
Me enciendo tanto que hasta acelero el paso. Cuanto antes llegue, antes lo digo y listo… cada uno por su lado. Vaya “amigo de intereses” que me encontré.
Llego al supermercado y veo el coche. Estoy en modo combate, segura de que lo lograré.
Abro la puerta y… tropiezo con una sonrisa encantadora.
—Hola. Te ves bien, ni parece que anoche corrías desnuda medio muerta. Sube al coche y vámonos, quizá aún alcancemos a pasear por el bosque.
¿Cómo lo hace? Con una sola frase me enfría todo el ímpetu. Vamos, tengo que concentrarme y soltarle mi discurso ardiente.
—Necesitaría cambiarme de ropa… —¿En serio? ¿Eso dije yo? ¿Y dónde quedó mi “puño de hierro”?
—Te compré un chándal y unas zapatillas —señala con la mano un montón de bolsas en el asiento trasero.
—Ah…
—Tranquila, no es caro, chino, y no te compromete a nada —ni siquiera alcancé a inventar el final de mi frase, solo un “Ah…”, y él ya se adelanta a mis pensamientos. No es un hombre, es un tesoro. Eso es experiencia…
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Editado: 29.11.2025