Tu Nadie

Сapítulo 19.

Asya

¿Por qué pasa así en la vida? A tu alrededor hay miles de personas. Con algunas hablas; a otras las cruzas sin prestar atención; a alguien lo rozas con el hombro, pides disculpas y nunca más lo vuelves a ver… Gente, gente por todas partes… se mueven como hormigas… Y entre esos cientos, miles, millones de rostros que has encontrado, de pronto destacas a uno solo…

Y luego te preguntas mil millones de veces: «¿Por qué él?».

Da miedo admitirlo incluso ante mí misma: me he quedado enganchada a este hombre. Y creo que no ocurrió aquella mañana en que desperté en su piso, sino mucho antes… En el instante en que salí al salón llevando dos cubetas de hielo hacia su mesa. Sí, ese fue el punto de partida. Y después, como una bola de nieve… Cada uno de sus gestos es una gota, su mirada es fuego, su palabra es aire… Me gusta respirar el mismo aire que él, ligero, agradable, como un anestésico…

Nik recoge sus cosas y, sin la menor vergüenza de su desnudez, se dirige al baño. Sí, me doy la vuelta, sí, finjo no mirar, pero… sonrojada y terriblemente incómoda, lo sigo con la mirada a escondidas.

Maldita sea… Solo recupero el autocontrol cuando me doy cuenta de que me estoy humedeciendo los labios y, peor aún, ¡los he mordido! ¡Ojalá no lo haya visto! Nik, decidiendo no tentarme más, simplemente lanza una bata sobre el sofá, ofreciéndola en lugar de mi ropa mojada, y se encierra en el baño.

Paso la mano por mi cabello. Tengo que desnudarme, la ropa húmeda es insoportable. Me la quito rápido y corro al sofá. Tomo la bata y me la pongo. Sí, así es mucho mejor…

Y entonces, miro a través del estante tras el respaldo del sofá. Detrás está la cama. Grande, de matrimonio…

En un estado casi de shock, empiezo a girar sobre mí misma, observando la habitación de nuevo. Es como si la viera por primera vez. ¿Cómo no me fijé antes? Puertas… solo hay dos. Una al baño y la otra, la salida.

Con cierta resignación me siento en el sofá, recojo las piernas contra el pecho y espero. ¿A qué? No lo sé… ¿Le tengo miedo a Nik? No. Me temo a mí misma…

Sale del baño Nik, con una toalla en la cintura, y gracias por eso… Sus palabras no explican nada. Como siempre. Habla mucho, pero sus frases son arena… Tomas un puñado, lo levantas, y los granos se escurren entre los dedos, dejando apenas un leve rastro.

—Perdona, aquí no hay apartamentos dobles ni opción de “todo incluido”. Ya tenemos experiencia de dormir juntos, así que no hagas ahora el papel de ofendida ni perdamos tiempo en discusiones. Mejor hubieras preparado algo, en vez de llenar tu cabeza con dilemas éticos… Anda, ve a la ducha, caliéntate con agua caliente, no vaya a ser que te enfermes. —Él habla, y yo por dentro tiemblo de miedo pensando en cómo sobrevivir a esta noche.

¿Quién podría imaginar cuánto deseo tocarlo? Pasar mi mano por sus músculos firmes; rozar su cabello, sentir si es suave o áspero; acercar mi rostro a su cuello y respirar ese aroma único que lo distingue; seguir con mis dedos los dibujos tatuados en su pecho y en sus brazos…

Esto no es propio de mí, nunca lo fue. Y surge la pregunta inevitable: «¿Por qué él?».

De todos los chicos que alguna vez me atrajeron —incluso Artur, mi última ilusión— ninguno despertó en mí este deseo casi obsesivo de contacto. No es solo un impulso, es una necesidad. Me desgarra por dentro pensar que no puedo hacerlo.

Como la tortilla que él preparó, bebo el té, sintiéndome un autómata. Mis movimientos son mecánicos, calculados… no deben revelar mi estado interior. Estoy segura de que sería más doloroso atreverme a tocarlo y que él me rechazara, que no entendiera o se burlara. Eso sí detendría mi corazón.

No, no estoy enamorada. Esto no es amor, es una especie de fiebre, una obsesión que me susurra que, si no lo toco, el mundo se derrumbará en mil pedazos.

Me levanto para ocuparme con algo sencillo: lavar los platos. El agua que corre sobre mis manos me calma, me devuelve un poco de paz.

Entonces siento su cuerpo rozar el mío, incluso a través de la tela. Un impulso eléctrico me sacude. Me giro bruscamente y quedo atrapada en su mirada, en su presencia, en su olor. Abro la boca, pero no digo nada. Solo lo miro, como una admiradora frente a su ídolo.

Nik lo entiende todo. Me lee, no como un libro aún, pero sí como un folleto que revela pequeños detalles. Y me besa. Suave, ligero, como si me diera la oportunidad de detenerlo.

—Si no quieres, puedo parar —susurra.

—Quiero —respondo demasiado rápido, sin pensar.

Sé lo que implica mi respuesta, pero no siento culpa ni duda. Dentro de mí vive una certeza irracional: con él no será solo bueno, será perfecto.

Soy plenamente consciente de las consecuencias de mis palabras. Y, sin embargo, lo extraño es que no siento que haya nada incorrecto o inmoral en ello. Dentro de mí vive una fe inexplicable que me asegura que con él no será solo bueno, será perfecto.

Él toma mi mano y me guía. Y yo me derrito solo con ese contacto, temiendo imaginar lo que vendrá después.

Nos detenemos junto a la cama. Nik roza mi mejilla con los nudillos y pasa su pulgar por mis labios. Se entreabren por sí solos. Apenas saco la punta de la lengua y toco su dedo. Él sonríe, dulce y abiertamente, y solo con eso me eleva a un estado de felicidad indescriptible. Sus emociones son mi paraíso. Todo dentro de mí vibra, no de miedo, sino de expectación.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.