Nadie
Apoyo la cabeza en la mano y observo a Asya dormida. Es tan… increíble. Está boca abajo, con las manos bajo la almohada. Yo también prefiero dormir así. No de lado, no de espaldas, sino exactamente así… Muero de ganas de tocarla, pero temo despertarla.
Al final me decido a pasar los dedos por su espalda. Nada, como una marmota, duerme profundamente y no reacciona. Pobrecita, está agotada…
Sí, lo admito: fue una sorpresa descubrir que hasta anoche no había tenido experiencia sexual. Normalmente, las chicas activas y sin complejos suelen perder la virginidad antes, pero ella… Aunque, claro, apenas tiene diecinueve años.
Exacto, solo diecinueve… ¿Y qué demonios hago yo con ella? No lo entenderá. Cualquier otra se conformaría con poco, pero Asya no.
Me inclino y beso su hombro. Qué placer me da tocarla, quién lo diría. No es solo por la piel joven, ni por el aroma agradable… simplemente me gusta, y con eso basta.
—Aska, despierta —le susurro al oído.
—No… por favor, no —murmura apenas audible—. Quiero dormir.
—Aska… —alargo su nombre con una sonrisa en los labios. Ella se da la vuelta y me echa un brazo encima.
—No vayamos a ningún lado, ¿sí? Mejor abrázame —se esconde con la nariz en mi pecho y se acurruca más fuerte.
—¿Y los hongos?
—En la salida de la Stanitsa hay un mercadillo, te compro allí un cubo de setas, ¿quieres?
—No, lo que me interesa es el proceso.
—Con la lluvia está todo embarrado y la ropa aún debe de estar mojada —busca cualquier excusa para no ir—. Mejor quedémonos en la cama.
—Asenka, mi sol, yo no puedo quedarme tranquilo a tu lado. Mis manos empezarían a tocarte sin vergüenza, y mi mente dibujaría escenas prohibidas con nosotros de protagonistas.
—¿Entonces cuál es el problema? —esta pequeña seductora en ciernes pasa la lengua por mi pecho.
—Yo siempre estoy “a favor”, pero necesitas tiempo para recuperarte. Y dime, ¿cómo te sientes? La verdad, ni siquiera noté que era tu primera vez. Reaccionaste demasiado tranquila a mis… movimientos.
—Al principio no fue muy agradable, pero no sentí un dolor insoportable. ¿Y tú, has tenido experiencia con chicas vírgenes?
—En mi vida ha habido de todo… —digo pensativo, recordando las locuras de juventud—. Pero lo que nunca hubo ni habrá es sexo con un hombre. ¡Brrr!
—Perdona por no haberte sorprendido en nada —se aparta de mí, se envuelve en la manta e intenta levantarse.
—¿Buscas un cumplido?
—Solo constato un hecho. No hay nada especial en mí. Como dijiste, todo en línea recta, nada transversal. Voy a ducharme.
—Ve, ve… Yo mientras preparo el desayuno.
***
Caminamos por el sendero.
—Guardas silencio con tanta elocuencia que parece que quieres decir algo —pienso. Por un lado, agradezco que Asya no empiece con el disco rayado de “¿y qué pasará después?”. Sé perfectamente que para ella no soy un simple episodio, pero tampoco puedo prometer nada. Hay razones de peso. Por otro lado, su silencio cuelga sobre nosotros como una nube de tormenta, creciendo con cada palabra no dicha.
—¿Y por qué habría de decir algo? Solo estoy concentrada en buscar setas.
—¿Soy yo el único al que le parece que aquí no hay setas?
—¿Crees que eres el único listo? ¿Viste cuántos coches había en la base de descanso? —asiento con la cabeza—. Multiplícalo por diez. El bosque lo han peinado de arriba abajo. Para los locales es un negocio, y para los turistas, un reto: “Arrebata el hongo antes de que otro lo haga”.
—¿Y qué vamos a hacer entonces?
—Respirar aire… —extiende los brazos hacia los lados—. Puedes seguir buscando ese “pino perfecto… abeto… lo que sea”. Mira —señala hacia arriba—, una ardilla.
—Ajá, la veo. Lo importante es que no aparezca ningún depredador… a la ardilla se la puede soportar.
—Seguro que están por ahí, pero en todo el tiempo que pasé en el bosque nunca me crucé con ninguno.
—¿El lunes ya vuelves al trabajo? —decido cambiar la conversación hacia lo que viene.
—Sí.
—Yo también. Veré qué han hecho tus especialistas. Sinceramente, vuestro local me irrita bastante. Y no es por el interior. El público es… muy particular. La diferencia con “Zefir” salta a la vista. ¿Crees que cambiará algo si nos unimos?
—¿Y cómo voy a saberlo? No soy analista ni adivina…
—Primero que nada, eres lingüista —no me gusta que subestime sus capacidades—. Y además, ¿no puedes al menos suponerlo?
—Lingüista a medias —responde con una sonrisa torcida—. Puedo suponer, pero no me gustaría que una decisión dependiera de la opinión de una camarera.
—A mí sí me interesa. Y no como camarera, sino como la chica inteligente que eres, Asya —me detengo y atrapo su mirada. Lo que me importa no son sus palabras, sino sus emociones reales respecto a todo lo que nos rodea.
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diferencia de edad, protagonista dominante, protagonista inocente
Editado: 29.11.2025