Asya
Tres meses después.
—Asya, qué bonito tienes aquí —dice Masha con un tono de envidia, mirando la habitación en la que acabo de terminar la reforma. Nada especial: solo pinté las paredes y cambié los muebles. Estamos preparando un seminario, por eso está aquí—. No como en mi residencia.
Si supiera todo lo que me pasa ahora, se le quitarían las ganas de envidiar.
—Mash, ve a preparar té, yo me cambio. Picamos algo y nos vamos al trabajo.
—Vale, de acuerdo.
Masha no sabe nada de mi… estado interesante. Nadie lo sabe.
En cuanto se cierra la puerta tras ella, me quito rápido el chándal de terciopelo, cuatro tallas más grande que yo. Me pongo unos vaqueros, una camiseta, y justo cuando paso la cabeza por el jersey ancho, la puerta se abre…
—Asya, ¿dónde tienes…? —veo los ojos de Masha fijos en mi vientre que empieza a crecer. Podría parecer grasa, pero todo lo demás en mi cuerpo está más delgado que antes.
—¿Qué es eso?
Bajo el jersey hasta el final. Si hubiera entrado un segundo más tarde, no tendría que inventar nada ahora.
—No es un “qué”, sino un “quién”. Un niño.
—¿Estás embarazada?
—Sí —respondo tranquila. ¿Para qué preocuparme ya?
—¿De quién? ¿De Artur?
—¡Dios me libre! —exclamo con una sonrisa irónica. Aunque… al menos él sigue en la ciudad, paseándose con su Milena. No, no siento celos, solo parece que lo hace a propósito, como si quisiera mostrar lo genial que es y lo que yo perdí—. No lo conoces —miento, claro. Masha ha visto a Nik, pero no debe saber que me acosté con él—. Se fue.
—¿Qué, te violaron?
—¿Estás loca? ¡Ni lo digas! Claro que no. Simplemente nos encontramos en el club y ya está… Todo fue de mutuo acuerdo, te lo aseguro.
—En el club… Se fue… —Masha repite mis palabras, como si estuviera atando cabos—. No será con aquel, el de la capital… aquel día… Te miraba con interés. —No Masha, sino una agente de la Interpol, carajo.
—Shhh… Ni lo digas. —Respondo lo más tranquila posible. Pero su suposición me clava una espina en el corazón y el pulso se acelera—. Tú viste cómo era, cómo vestía… Allí, en la capital, tienen chicas de lujo, que hasta Milena, con todo su dinero, parece una muñeca sin rostro. Y yo, ¿qué? Si hasta nuestras camareras intentaron seducirlo y no cayó. ¿Crees que se fijaría en mí?
—No sé qué tenía en la cabeza, era raro… lo era. ¿Y ahora qué?
—Nada. Crecemos —paso la mano por mi vientre.
—¿Y cuánto ya?
—Veintidós semanas.
—No entiendo eso de las semanas… ¿cuántos meses?
—Cinco.
—¡Joder! ¿Y qué vas a hacer?
—Vaya pregunta, Masha. ¿Caminar como una elefanta dieciocho meses? ¡Pues parir, claro!
—Es que todo esto es tan inesperado que me he quedado un poco en shock. ¿Y tus padres qué dicen de esto? —señala con la mano mi barriga.
—Papá me echó, y mamá me dio dinero para alquilar un piso. Ahí terminó su “cuidado” y su interés por mí.
—Increíble… Estoy en shock…
—Masha, la tetera está hirviendo. Vamos a tomar té.
Mientras comíamos bocadillos con té, Masha no dejaba de hacerme preguntas: cómo estoy, qué hago… ¿Y yo qué? Todo está bien. Tengo vivienda, tengo trabajo, en los estudios voy al día, no tengo náuseas, ni patologías, los análisis son perfectos, el bebé se desarrolla según lo normal…
¿Qué más necesito?
Quisiera que Nik estuviera a mi lado. ¿Por qué no me suelta? Es como si me hubiera atado con una cuerda… Ni un segundo lo olvido. De día está en mi corazón, y de noche en mis sueños. Tan tierno, tan dulce, tan hermoso… me besa con tanta pasión y me susurra palabras de amor. ¡Pero! Apenas abro los ojos, la realidad me golpea cruelmente, señalándome el vacío.
He dejado de sonreír… Nik se llevó mi sonrisa, como también mi corazón. En soledad hablo conmigo misma, me pregunto cómo pudo ser que en apenas unas semanas con él viví toda una vida. Y ahora he empezado otra, pero sin él…
La discoteca retumba. Hoy es catorce de febrero. La juventud celebra. Se divierten.
Me abro paso entre los que bailan y corren de un lado a otro. Me acerco a la barra y dejo los vasos vacíos.
—Asya —escucho a mis espaldas la voz de Marina Fiódorovna—, ven a mi despacho, tenemos que hablar.
Dejo la bandeja y la sigo.
La puerta que se cierra nos aísla del mundo de la música, de la multitud enloquecida, de los gritos y las risas. Ella se sienta tras el escritorio y me observa con atención.
—Asya, ¿estás embarazada? —Chasqueo la lengua y hago una mueca.
—¿Te lo dijo Masha?
—No. Masha no tiene nada que ver. Yo misma lo noté. Ya soy una mujer adulta, no necesito muchas palabras para entender. Tengo hijos. Es simple: cuando te mueves entre la multitud, de manera inconsciente proteges tu vientre con la mano, como si siempre estuvieras alerta, lista para defender… al niño.
#2859 en Novela romántica
#785 en Novela contemporánea
diferencia de edad, protagonista dominante, protagonista inocente
Editado: 29.11.2025