Tú no eres real

21. La ansiedad me come viva

Aminoro mi paso, intentando recuperar algo de aliento tras correr como loca por los pasillos de la estancia, y luego de que, por fin, lograse escapar de Andrew.

Creo que lo perdí de vista al camuflarme entre varias estanterías de la sección de novela juvenil —no sé ni siquiera por qué entré a esa parte o, lo que es más intrigante aún, qué hace un área de libros para adolescentes en una biblioteca que, se supone, debe tener solo material de estudio.

Y analizándolo bien, creo que ni la sección de ficción histórica debería estar aquí.

Tampoco el ejemplar que llevo conmigo, ni las novelas de Julio, mucho menos el Señor de los Anillos, Harry Potter o la saga Crepúsculo...

Supongo que, si esas secciones están aquí, deben tener su razón de ser...

A lo mejor quieren inculcar la lectura en los estudiantes, y si para ello deben disponer de literatura juvenil, novelas románticas o de magia, por eso las tienen...

—¡Mademoiselle Alice! ¿Encontraste el libro, querida?

La voz de Andrea me alcanza justo cuando estoy casi llegando a la salida.

Quiero responderle que sí, pero no, que otro chico lo tiene.

Sin embargo, apenas puedo pensar con claridad.

Siento que me va a estallar el pecho por lo rápido que late mi corazón.

Mis manos sudan profusamente...

La cabeza me da vueltas.

Me falta el aire, y estoy a nada de sufrir un colapso nervioso, ¿o es un ataque de pánico?

—¡No lo sé!

Pero necesito salir de aquí, y ya, ahora mismo...

—¡Sí! Lo encontré, señorita Andrea —contesto a toda prisa, agarrando con la mano izquierda...

¿No se supone que es la derecha?

—¡No!

¿Qué?

—Cuando estoy nerviosa... ¡Soy zurda!

Ya, en fin.

Agarro la manilla de la puerta para abrirla hacia mi libertad, pero la mano me tiembla tanto que, por estar tan húmeda, se resbala por...

El metal, el vidrio, el acero, o... lo que sea ese material del cual está hecha la misma.

Y es que, aunque la puerta sea de madera en sí, la manilla es de otro elemento —algo muy normal, por supuesto—.

—Vamos... mano, no me falles ahora —murmuro para mí misma, y cuando finalmente logro mantener mi agarre firme, intento empujar hacia afuera...

Pero la puerta no se abre.

Es más, ni siquiera gira como debería, y eso definitivamente solo acrecenta mi ansiedad.

—Ábrete... por favor, que sea rápido...

Eh... ¿Alice?

—¿Sí?

Se debe girar hacia el lado contrario...

—Co... ¿cómo?

La estás girando hacia la izquierda, y debes mover el pomo hacia la derecha.

—Oh, sí, sí, claro...

Por fin, tras unos tensos segundos que me parecen horas, consigo girarla en la dirección correcta, abriendo la puerta de par en par..

—Libertad, gloriosa libertad... —me digo a mí misma, mientras inconscientemente aprieto el pomo de la puerta, porque siento que voy a perder el equilibrio si no lo hago.

Respira, Alice... respira...

Hago lo que mi conciencia me dice, y tomo varias respiraciones profundas, hasta que me siento lo suficientemente estable como para seguir mi camino sin colapsar —creo—.

Tras una última inhalación del aire con aroma a libros, salgo disparada, echando a correr fuera de allí.

Al mismo tiempo, debajo del brazo derecho llevo el libro de Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino, y mi mano libre apenas logra mantener un agarre inestable sobre el asa de mi morral de la escuela, que viene rodando, casi patinando detrás de mí por la velocidad que llevo.

Justo en ese preciso instante, la voz de Andrea me vuelve a alcanzar.

—¡Eso es maravilloso! Espero disfrutes del mundo que plasma Julio en sus páginas. ¡Es absolutamente fascinante!

Tal es el susto que me da al oír su voz, que no sé por qué, termino retrocediendo de nuevo hacia el umbral.

¿Caminas hacia atrás sin darte cuenta?

—¡No! Eso es culpa de los...

¿Nervios? ¡Cálmate, sino te vas a terminar delatando tú misma!

—¿QUé hago? Piensa, marie, Piensa...

Si me permites una sugerencia, respóndele a la señorita bibliotecaria antes que nada.

Y es justo lo que llevo a cabo.

—¡Sí, sí! ¡Es... increíble! Las aventuras de esas páginas seguro son... impresionantes, ¡pero debo irme! —contesto apresuradamente, tambaleándome a través de la puerta abierta —de nuevo—, y ahora sí, corriendo fuera.

Aunque, para desgracia mía, termino tropezando con mis propios pies.

Todo porque mis zapatos decidieron que era buen momento para enredarse con la alfombra...

—Genial. Lo que me faltaba. Torpeza, ¿por qué siempre apareces en los peores momentos?

Agradece que no lo haya hecho cuando tuviste a Andrew en frente, por lo menos.

La voz de Andrea llega a mí de nuevo desde dentro, interrumpiendo el diálogo de mis pensamientos.

—Pero, ¿no lo vas a retirar con tu carnet? —inquiere ella, y yo, por toda respuesta, digo lo primero que se me ocurre por el acelere.

—¡no tengo tiempo! ¡Voy tarde!

En ese momento, como si el cielo se estuviese burlando de mí, sucede algo que empeora todavía más mi situación de malestar.

—Perdón, señorita Andrea, ¿puedo retirar este libro? —Pregunta la voz de Andrew, y al escucharlo, me quedo congelada.

Intento moverme, pero no puedo.

Pareciera que me hubieran pegado los pies al suelo, y siento que el corazón se me acelera de tal forma que siento los latidos debajo de mis costillas.

En serio, estoy empezando a creer que en cualquier momento va a salir volando de mi pecho.

Andrea le responde al motivo de mi parálisis, sobresaltándome —más de lo que ya lo estoy, claro—.

—¡Joven Andrew! Un gusto verlo. Sí, claro... oh, veo que se va a llevar el mismo libro que la señorita Alice ha retirado.




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