—¿Estás mejor?
Asiento, y le devuelvo el termo a Jasper, sonriendo con una gratitud más que evidente.
—Mis labios necesitaban tanto eso...
Es irónico que lo digas, ¡tú ni siquiera te habías dado cuenta!
Mi conciencia no exagera con lo que me ha dicho.
Para nada.
De hecho, tiene toda la razón del mundo...
Antes sentía mis labios calientes —ni cuenta me había dado por tanta carrera loca para escapar de la biblioteca—, pero no he bebido nada desde que salí de casa con mi familia.
Y eso fue...
Hace como 3 horas, si no calculo mal.
Y claro, el hecho de que haya sudado profusamente debido a mi casi ataque de pánico antes, hizo que perdiera líquido.
Lo cual, obviamente, me generó una sed tremenda.
Jasper y yo llevamos como cinco minutos sentados en las escaleras, y recién se me está secando el sudor de la frente.
Él, siempre tan dulce, me compartió de su agua para intentar calmarme, porque todavía seguía —y sigo, aunque notablemente menos—, alterada tras todo lo recientemente acontecido —apenas al beber tan valioso líquido fue que mi respiración y mis latidos se relajaron, casi que no—, y el zumbido en los oídos, que todavía lo tenía, aunque no tan acentuado como cuando estaba saliendo a todo dar de la biblioteca, también desapareció.
Ni siquiera fui consciente de cuánta sed tenía, hasta que mi amigo acercó su propio termo a mis labios.
Tengo el mío, pero el suyo él lo tenía a la mano, mi agua está en mi mochila.
Creo que en el fondo, porque con esa patinada que le di más la que tuvo por las escaleras, seguro todo se me desordenó dentro.
—Gracias, gringo.
—De nada. Ahora sí, ¿quieres explicarme lo que te causó todo esto?
—¿Te refieres a lo que provocó mi colapso casi físico y emocional?
—Obvio que es a eso, Francia. ¿Qué otra cosa acaba de suceder a parte de lo de ahora mismo?
Lo miro, un poco perpleja por su respuesta brusca dirigida hacia mí, porque por lo general, él no suele responderme de ese modo.
Al darse cuenta de mi expresión, agacha la cabeza, y toma una de mis manos.
—Perdón, Francia. En serio lo siento...
—Veo... que no soy la única que tiene que explicar algunas cosas —le digo con suavidad, y él tan solo asiente en mi dirección, sin soltar mi mano.
—Es verdad. Tengo... que contarte algo que me tiene mal, peleé con tu hermana anoche.
—¡Ajá! Lo sabía!
Sí, resulta que es exactamente lo que sospechábamos.
—Pero primero, cuéntame tú lo tuyo, es justo.
Desvío mi mirada de él, porque no quiero que vea el sonrojo que se me quiere formar, puedo sentirlo...
El calor en mis mejillas me va a traicionar en algún momento, si no tengo cuidado.
Y lo peor, es que yo sé perfectamente que el culpable de mi rubor tiene nombre, y rostro también, desde luego que sí.
Él es la razón por la cual yo estoy sentada aquí, con uno de mis amigos de la infancia, y sin tener la menor idea de cómo explicarle que soñé con ese chico...
—¿Andrew era que se llamaba?
Sí, así se llama.
—¿Cómo es que casi lo olvido?
La ansiedad mija, ya la tienes leve, pero aún te tiene mal.
—No lo niego.
—Y por si fuera poco, ahora me duele la cabeza...
Genial... otra con migrañas.
—De verdad... ¿No tengo forma de librarme de este interrogatorio?
Quizá, pero dudo que él lo deje pasar.
—A lo mejor, si sabe que vamos tarde a clases...
Bajo la vista hacia mi reloj.
Las nueve y media.
Ya me morí.
Dios mío, creo que es la primera vez en mi vida que llegaré tarde a clases.
—La profe Virna me va a matar...
Relájate, al menos hoy es lunes de pascuita, y tú bien sabes que el primer día después de Semana Santa no viene casi nadie. Tampoco hacen nada, mínimo y envían algo de tarea para la casa o dan apenas una materia, pero hasta ahí.
—Bueno, sí, pero...
—¿Entonces, Ali? Te escucho, nena.
La repentina voz de Jasper me sobresalta ligeramente, y, de paso, también interrumpe mi diálogo mental.
Miro a mi amigo, quien sigue sentado a mi lado, y apoyo mi cabeza entre las manos, soltando un suspiro.
—Por... ¿por qué no vamos a clase primero? —Inquiero nerviosamente, levantando la mirada hacia él, con ojos suplicantes, y, al mismo tiempo, rogando para que me dé una respuesta afirmativa—. Yo tengo que ir con la profe Virna, tú deberías estar con los de tu salón. ¡Seguro ya empezó tu clase! Gia se fue corriendo diciendo que...
—No, no lo digas. Déjame adivinar. ¿Que tenía que ir a clase? —Jazz sonríe de medio lado, divertido—. A clases, o entrenamiento con el equipo de voleibol, más bien. ¿Tan poco conoces a tu hermana, Ali? Es muy exigente consigo misma, y ya tú sabes que no pierde ni una oportunidad para entrenar. Vi a la profe Virna hace unos diez minutos hablando con la directora, y otros profes, que tienen reunión de último minuto o algo así. Y la profe Magali todavía no llega, ¿por qué crees que estoy aquí sentado contigo?
Acéptalo, tiene un punto.
—Sí, y lo peor, su argumento es bastante sólido...
Demasiado.
Y es que sí, efectivamente mi hermana se exige muchísimo a sí misma.
Siempre busca dar lo máximo de sí, e incluso en las horas libres de clase, se la puede ver entrenando con el equipo, practicando natación, o a veces yo misma me la encuentro en la sala de música concentrada en el piano, interpretando alguna pieza de Chopin.
Admiro su disciplina, aunque haya destruido mi excusa sin ella siquiera saberlo.
Definitivamente de esta explicación que le debo ya no me libro ni queriendo, porque es verdad lo que me está diciendo.
Si realmente hubieran clases, él no estaría aquí, porque es en cierto modo como yo, muy dedicado a sus estudios y difícilmente se salta asignaturas, a menos que sea por entrenamiento con el equipo de fútbol, o por enfermedad.
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chico misterioso y chica buena, amistad y comedia romántica, sueños vívidos y miedo a enamorarse
Editado: 09.09.2026