—Bueno... Jazz, es que resulta que yo... —empiezo, tartamudeando tanto que apenas logro hilar las palabras, y mi amigo me observa, levantando una ceja.
—¿Sí?
—Es que... es que yo acabo de ver a... —me detengo, mordiendo mi labio inferior, porque no puedo con los nervios.
—Alice, ya suéltalo.
Noto que mi amigo, quien por lo general es paciente, está perdiendo poco a poco la paciencia, y no lo culpo.
Estoy dando demasiadas vueltas con este tema, pero es que ni siquiera sé cómo explicarle esto sin que piense que me he vuelto loca.
—¿Qué tal si me dice que ese chico no es real?
¿Pero cómo no va a ser real, si hasta Andrea se quedó hablando con él?
—¡Tal vez yo imaginé que escuchaba esa conversación y la misma nunca sucedió!
Alice, eso es ridículo.
—¡Es posible!
Detente, lo que estás diciendo no tiene pies ni cabeza.
—Sí que los tiene.
Ah, ¿en serio? Pues dime tú cuáles se supone que serían, porque yo no veo que tu razonamiento tenga argumentos lo suficientemente sólidos.
—Bueno... es que... tal vez yo tuve una alucinación cuando supuestamente lo vi en la biblioteca, la falta de sueño hace eso, o es probable que me haya quedado dormida cuando iba a tomar el libro, y lo soñé a él, puede ser una posibilidad...
Cada idea es más descabellada que la anterior, querida. Ya díselo.
—No puedo.
Definitivamente la angustia está empezando a apoderarse de mí.
Quiero contárselo, liberarme de ese peso que me oprime el alma, pero por otra parte, por mi mente desfilan escenarios donde me lo imagino riéndose de mí, diciéndome que estoy loca, que Andrew no existe, que todo es producto de mi imaginación, que me lo inventé yo, que mis sueños son tontos...
A ver, dime una cosa. ¿De verdad crees que uno de tus mejores amigos, y quien encima te conoce de toda la vida, pensaría algo así de ti?
—Ya no sé nada, en realidad...
Eres demasiado paranoica, déjame decirte.
—Gracias por lo que me toca.
La respuesta irónica dirigida a mi conciencia se detiene cuando Jazz toma mi barbilla con suavidad.
Sus dedos cálidos acarician con ternura mi labio inferior, y me observa fijamente, ahora con ambas cejas alzadas.
Es una expresión que yo le conozco muy bien.
Tiene una mirada profunda, algo vidriosa, pero que parece traspasarme el alma, como si intentara leer mi interior para descifrar lo que estoy intentando decirle, y lo que le estoy ocultando al mismo tiempo.
Se le ve, más que fastidiado, o impaciente, preocupado.
Inquieto por mí, por mi bienestar.
Al pobre seguramente le estoy dando un susto de muerte al encontrarme tan descolocada, pero tristemente, aunque quiero evitarlo, ya no puedo.
Siento angustia por lo que acaba de suceder, miedo de estar volviéndome loca, incertidumbre sobre qué haré si este chico resulta siendo real, y no dejo de pensar en las burlas que recibiría de no ser así.
Da gracias a Dios que no te has puesto a llorar como una magdalena todavía.
—Ali, por favor, no te muerdas el labio —Jasper me ordena suavemente, y suelta mi mano, colocando ahora sus palmas sobre mis mejillas, mientras comienza a trazar círculos perezosos sobre mi rostro.
—Lo siento. Es un acto inconsciente, no puedo evitar hacerlo cuando estoy nerviosa —le digo, y él acuna mi rostro, secando con sus pulgares un par de lágrimas traicioneras que se me han escapado sin yo siquiera darme cuenta.
—¿En qué momento rodaron por mis mejillas?
Tal vez en el instante en el que te debatías entre decirle a Jazz que viste a Andrew, y entre no querer hacerlo porque te pusiste a analizar cada escenario que se te pasaba por la cabeza. ¡Viva, llegó la Magdalena!
—No, no voy a llorar. ¿Por qué lo haría?
Sencillo, porque la vergüenza que sientes está ganando.
—No es verdad.
Sí lo es.
—¡No lo es!
—Alice, en serio. ¿Fue tan malo lo que te pasó?
La voz de Jasper interrumpe la pelea absurda entre yo y mi voz interna, cosa que agradezco, porque por mucho que me pese admitirlo, sé que tiene razón.
La vergüenza me supera, y la confusión también.
Ya no sé qué es real y qué no lo fue, siento esto tan enredado...
Me siento abrumada por toda esta situación, y si agregamos a la mezcla la presión de tener que contárselo a mi amigo —que sé que no me presiona por mal actuar, sino todo lo contrario, movido por una intensa, sincera, pura, y genuina preocupación—, todo ello al sumarse se vuelve demasiado para mi estado emocional, me está pasando factura.
—Jazz... escucha, yo...
—Hola, chicos. ¿Qué están haciendo sentados por aquí solitos?
Una voz cálida, melodiosa, medio seria, pero, no obstante, extremadamente dulce, acompañada por unos pasitos peludos, y seguidamente el caminar de los tacones de una mujer, interrumpe lo que estaba a apunto de decirle a mi amigo —que, realmente, no era la gran cosa—, sino algo como:
—Te lo cuento después, ahora no puedo. Es demasiado confuso hasta para mí, como te digo no sé ni siquiera por dónde empezar, y tampoco quiero que pienses que estoy loca.
Dirijo mi mirada hacia la voz, y al ver a la persona que ha hablado, una sonrisa diminuta curva mis labios hacia arriba.
Es nada más ni nada menos que mi psicóloga favorita...
—¡Señorita Luna! Qué alegría me da verla —Jasper se pone de pie para recibirla, y se acerca hacia donde está ella parada con su perra guía.
—Lo mismo digo, joven Jasper. ¿Qué hacen ustedes por aquí?
—Alice casi sufre un accidente con las escaleras, y yo alcancé a atraparla, gracias a Dios. Ahora, estaba hablando con ella. Viene de... la biblioteca, la veo algo alterada, y precisamente pensaba en llevarla con usted para ver si podía ayudarla, no me quiere decir qué le pasó o a quién vio.
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chico misterioso y chica buena, amistad y comedia romántica, sueños vívidos y miedo a enamorarse
Editado: 09.09.2026