Tú no eres real

24. Rápido, de una y sin dolor

—Tomen asiento, muchachos. Vuelvo en un momento, voy a traerles una merienda ligera para disfrutar mientras conversamos.

Luego de que miss Luna me calmase con su sonrisa, y unas cuantas frases de las suyas —su hablar siempre me transmite tanta, tanta calma—, y de que yo me dejase convencer del todo por ellos dos para que aceptara contarles lo que pasó, ella nos sugirió venir a su oficina, en parte para tener más privacidad mientras conversamos, pero también porque tiene que adelantar algunos informes de sus pacientes y realizar otras cuestiones.

Y, mientras veníamos de camino —tardamos como tres minutos en llegar hasta aquí—, nos contó que había salido a llevar a Moon a hacer sus necesidades, cuando nos escuchó hablando en las escaleras.

Así fue como nos encontró, y con la ayuda de Moon, por supuesto.

Es impresionante el equipo excepcional, o más bien, la dinámica que existe entre Luna y Moon.

No actúan de forma individual, sino que se complementan.

Moon es el complemento perfecto de Luna.

Es sus ojos, sus oídos más agudos...

Su ángel canina.

O, mejor dicho.

Su salvavidas peludita de cuatro patas, así lo veo yo.

Y es que miss Luna, aunque sea sordociega parcial, estando con Moon ni siquiera parece que tuviese discapacidad...

Es extremadamente independiente.

Ahora, Jasper y yo estamos uno al lado del otro, sentados en las sillas reclinables que hay en la oficina de Luna, la cual hoy está extrañamente vacía.

No he visto en ningún momento al coordinador académico, tampoco a la educadora especial, y mucho menos sé de la fonoaudióloga, pero eso es bueno, al menos para mí.

Porque significa que no tengo que preocuparme de que otros oídos, ajenos a Jazz y Luna, escuchen lo que les voy a contar.

Lo que te tienes que sacar, dirás.

—¡Eso sonó muy feo!

Bueno, entonces... lo que te tienes guardado.

—Supongo que esa es una excelente forma de definirlo.

A fin de cuentas, mi conciencia, aunque no haya acertado con la primera definición de la frase para explicar lo que tengo que hacer, no se equivoca en el hecho de que necesito desahogarme.

Porque, si no lo hago, terminaré, o volviéndome loca creyendo que ese chico no es real, o muriéndome del estrés por tanta cosa vivida en la última (casi) hora.

¿Morir del estrés es posible?

—Yo creo que sí.

Pero hasta allá tampoco, nena. Solo necesitas soltar la bomba, ¿qué tan difícil puede ser?

—¿De dónde salió esa frase?

De ti, querida. Literalmente ahora mismo eres una bomba de tiempo que amenaza con tener un colapso emocional, y si no cuentas lo que sucedió, tarde o temprano terminarás llorando como una magdalena.

—No seas ridícula.

¿No? Déjame que te recuerde que yo soy tú, y tú eres...

—Tú eres yo, lo sé. Pero no, no creo que sufra un colapso emocional. De repente las preocupaciones de que mi amigo piense que me he vuelto loca parecen haberse...

¿Evaporado? Me pregunto qué hubiera ocurrido si Luna no hubiese aparecido en el momento en el que lo hizo.

—Prefiero no saberlo.

Como quieras...

—Regresé, mis amores —anuncia miss Luna, apareciendo con una bandeja en cuyo interior hay unos chocorramos —mis favoritos, sabe que me encantan, tan bella ella—, y tres tazas rebosantes de café negro.

¡Dios bendiga al que inventó el café y los chocorramos!

—En esto sí, he de admitirlo, estoy totalmente de acuerdo contigo.

—Tomen uno —nos dice, y los coloca sobre la mesa—. Sírvanse, les sentarán bien. Especialmente a ti, Alicita.

—Gracias, Luna —murmuro, sonriéndole, y tomo uno de los pudincitos recubiertos de chocolate.

—¡Gracias, señorita! El café me sabe a gloria —añade Jasper, tomando un gran trago de su taza—. Una absoluta delicia, mis felicitaciones a quien creó la cafetera con la que lo hizo.

Luna se ríe, y se sienta en frente de nosotros, mientras que Moon viene a acostarse a mis pies, olfateando mis zapatos con curiosidad.

—Antes que nada, supongo que ya se dieron cuenta de que no hay profes en los salones —Luna empieza, y jazz y yo asentimos al unísono—. Les informo que están en reunión.

—¿Todos ellos? Inquiero, y sonrío al notar que Moon lame la superficie de uno de mis zapatos.

¿Qué pensará?

—No sé, imagino que debe estar decidiendo si es, o no es comestible, como lo hicieron Milo y Aria con el zapato de Erne.

Tengo que admitir que es adorable.

—Menos mal... Al menos, en eso coincidimos.

—Sí, absolutamente todos —responde Luna, interrumpiendo el hilo de mis pensamientos—. Solo yo estoy por fuera de esa junta, porque me reuní con algunos de ellos esta mañana.

—Pero... ¿por qué no avisaron? Mucha gente por el trancón venía matándose, menos mal y yo vivo a dos cuadras y me vine en bici.

—Suertudo —me quejo, y hago un puchero, dándole un leve codazo en las costillas.

—Tranquila, que pronto volverás a tu casa de siempre y extrañarás ver las filas de carros detenidos cada mañana.

—Oh, no, definitivamente no lo haré.

La psicóloga se aclara la garganta, cortando nuestra breve charla.

—Joven Jasper, no les avisaron, porque al parecer fue una reunión que surgió de emergencia. Tenemos dos profes a los que hay que buscarles suplentes. Una maestra de preescolar, Edilsa, cuya hija tiene varicela y no tiene a nadie con quien dejarlas porque su esposo trabaja de sol a sol y su madre no puede porque nunca le ha dado esa enfermedad. La varicela es más grave, hasta mortal en los adultos, especialmente si se da en ancianos.

—Uy, no —susurro, sintiendo lástima por esas pobres niñas.

La varicela es horrible, recuerdo cuando a mí me dio de pequeña.

Y no solo a mí, realmente todos caímos contagiados por Gia, quien fue la primera, y luego le siguió Adri, a continuación Erne, y por último, por supuesto, como no podía suceder de otro modo, yo misma.




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