Tú no eres real

28. Pareja del año

—Entonces, chicos, ¿qué han estado haciendo toda la mañana? —Pregunta Gia, quien se ha sentado a mi lado con su merienda —sí, Doritos también, obvio—, y hasta yo me estoy comiendo los míos propios.

—¿Aparte de nada? —Ríe Erne, dándole un mordisco gigante a uno de sus Doritos, casi acabándoselo de un solo bocado.

—Sí, además de eso —Sandra se ríe—. Por nuestra parte, hoy estuvimos entrenando con el equipo de voleibol, aprovechando que no hubo clases por las reuniones.

—¡Qué suertudas ustedes! —Exclama Erne, con la boca llena, aunque traga antes de proseguir—. Yo, como el profe de fútbol no vino hoy, me fui a la sala de informática para tener más concentración. Estoy diseñando un nuevo librojuego!

—Ya quiero probarlo, hermano —dice Santi, quien está atrás de mí.

—Te lo paso ahorita si quieres, cuando salgamos de clases. Ali ya lo probó, y hasta se desveló —comenta entre risas, y yo sonrío con timidez, aunque también cierto orgullo al recordar esa desvelada.

Valió totalmente la pena, si el simple hecho de que pruebe sus juegos lo hace feliz, no me importa quedarme despierta toda la noche jugándolos de vez en cuando.

—¡Ah, qué genial! —Exclama Santi, aplaudiendo con emoción—. Lo espero con ansias, a ver qué tal va.

—¿Con que se desvelaron, eh? —Gia nos mira a Erne y a mí, intentando parecer seria, pero su sonrisa la delata—. Erne, tal vez pueda probar ese juego también cuando lleguemos a casa. ¡Yo quiero!

—¡Claro que sí! Bienvenida al club, hermanota —dice él, y Gia se estira en su dirección para darle la mano, luego chocan los cinco.

—¿Y tú qué hiciste, Santi? —Le pregunto a mi amigo con curiosidad.

—Yo, eh... tuve que usar esta hora que nos dieron para terminar algunas tareas... — Santi me mira fijamente a mí, de seguro recordando nuestro breve encuentro, casi llegando a la biblioteca, y agacha la cabeza—. Todavía me faltan algunas, pero creo que necesitaré ayuda con ellas.

—Yo te ayudo —le respondo, levantando una mano —la que no está ocupada con los Doritos, claro está—. Solo dime cuáles te faltan, y en la tarde hacemos videollamada y te las explico con todo el cariño del mundo.

Ya sabía yo que ibas a terminar colaborándole con las tareas.

—¿Qué puedo decir? Así soy yo, y lo sabes, porque tú también eres yo misma.

—Concuerdo totalmente con ello.

—Tan linda tú —Santi se estira hacia mí, y me da un breve abrazo, el cual sería más dulce, si no estuviésemos sentados y uno detrás del otro—. Nunca cambies, Alicita.

—Oh, créeme, nunca lo hará —interviene mi hermano, antes de meterse un gran puñado de Doritos a la boca.

—¿Por qué siempre tienes que comértelos así? Qué maleducado —se queja Amalia, Observándolo con desaprobación, pero Erne solo sigue con lo suyo, haciendo caso omiso de su berrinche.

—¡Hay, Mali, no te quejes tanto! Relájate y disfruta, que la vida es una sola —la insta Astrid, acercándose a ella, y su largo cabello castaño, trenzado y liso como el de Gia, le roza suavemente la mejilla.

—Sí, deja que Erne coma como quiera. Estamos entre amigos, no en un salón de etiqueta —añade Ariane, su hermana melliza, pero Amalia solo mira hacia otro lado.

Gia, dándome un codazo, me susurra al oído.

—Otra Adriana, pero en la familia de la pobre Ale, me temo.

Sacudo la cabeza, y suspiro con resignación.

—En serio, ¿primero Caro, y ahora Amalia de malas?

Bueno, ¿por qué te sorprende? Amalia siempre, o casi siempre, está de malas.

—Sí, eso es verdad, pero no como hoy, que hasta se desquitó con Erne.

—Perdonen a mi hermana —nos dice Alexa, mirando a la mencionada con severidad, aunque sus ojos color miel, tan parecidos a los míos, vistan de todo menos de ser severos.

—No te preocupes, lo entendemos. Las hormonas de la adolescencia, Ari, ya sabes —digo yo, y sonrío, tratando de aligerar el ambiente, que por culpa de Amalia se acaba de volver pesado, en cierto modo.

Sin embargo, mientras observo a a mi mejor amiga, noto que me está mirando con más atención que de costumbre.

Y es que, aunque sea ciega de nacimiento —solo alcanza a ver la luz y las sombras por el ojo izquierdo, pero hasta ahí—, ella siempre, sin importar en qué lugar me siente, sabe dónde exactamente estoy yo.

Pero, ¿por qué hoy me mira con tanta fijeza?

Será posible que ella...

Hay no...

—No, probablemente estoy suponiendo cosas.

—¿Otra vez vas con eso?

—Es imposible que ella pueda saberlo...

Aquí vamos de nuevo.

¿Cómo puede saberlo? No creo que...

—Lo sabe.

—¡No, no lo sabe! A lo mejor sigo pálida...

Que sí lo sabe, Alice, te conoce demasiado.

—Sí, ¡pero no puede verlo todo!

—¿Ah no? El hecho de que sea ciega no significa que sea ingenua, tú más que nadie debería saberlo. Mira, por ejemplo, a miss Luna.

—Bueno, sí, pero...

—Ali, ¿algo ha pasado esta mañana y desde el fin de semana en general, verdad?

Silencio.

Profundo y tenso silencio.

—¡Trágame tierra!

No te tragará.

—¡Que lo haga! ¡Me quiero morir!

No te va a servir de nada.

—Genial, ahora tendré que explicar, de nuevo, absolutamente todo lo que les expliqué a miss Luna y a Jazz...

¿Y? ¿Cuál es el inconveniente? Yo no veo problema en hacerlo de nuevo, al contrario. Mejor para ti, porque te liberas.

—¡pero no tengo tiempo! Son las...

Miro mi reloj:

Las diez y veinte.

—Nos quedan solo diez minutos de receso, y me demoré contándoles a Luna y jazz todo más de quince. ¡Y de ninguna manera voy a llegar tarde a clase!

—Bueno, pero respóndele a Alexa con un sí, o con un no, está esperando tu...

Demasiado tarde para eso.

La primera en romper el silencio es, cómo no, Gianna Estefanía, diciéndome:




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