Tú no eres real

30. ¡Que me trague la tierra, por favor!

Cuando finalmente suena la campana que anuncia el fin del receso y la hora de ir a los salones, el grupo, inevitablemente, se dispersa en distintas direcciones.

Gia, Astrid y Sandra se van por su lado, mientras la primera camina hablando por teléfono con Ricardo —su novio—, quien al parecer le reclama, porque no fue a verlo a la práctica que estaba teniendo con los chicos del equipo de béisbol durante el recreo.

Ella, visible y comprensiblemente seria, aunque sin quitar la expresión alegre de su rostro, solo le responde:

—Corazón, ¿si tuvieras que elegir entre jugar un partido o tratar de averiguar por qué tu hermana peleó con su pareja para así intervenir y mediar entre ellos, ¿tú no decidirías lo segundo? Deberías enfocarte más en la familia y los amigos, no únicamente en los deportes. A mí me encantan como a ti, también amo la música, pero no por ello dejo mis prioridades de lado. Aprende a definir...

Lo que le dice a continuación no lo alcanzo a oír, porque se dirige en otra dirección, distinta a la mía.

Va al piso superior de la escuela, en donde están ubicados los salones de décimo y once grados —y, de hecho, ya va subiendo las escaleras, aunque desde aquí abajo, alcanzo a medio ver cómo su expresión normalmente feliz cambia, volviéndose sumamente seria y fría.

Tal parece que Ricardo le respondió algo que a ella no le agradó para nada.

¿Qué crees que le haya dicho Ricardo ahora para que ella se ponga así?

—No tengo ni idea, pero sé que lo averiguaré. Le preguntaré cuando salgamos de clase.

—Suena como un buen plan para mí.

Con esa resolución en mente, me dispongo a proseguir mi camino con los demás.

A diferencia de Gia y su grupo, quienes reciben las clases en los salones superiores, nosotros, en cambio, es decir:

Santi, Amalia, Alexia y Ariane, junto con Isi, Susan, Erne, Adri y yo, nos dirigimos a nuestro salón, el curso nueve cero tres, y este se encuentra aquí mismo, en el primer piso.

Jasper ha insistido en acompañarnos, en parte para estar con Caro —sí, han vuelto a verse felices juntos, como si nada hubiera pasado hace tan solo unos minutos—.

—¿No digo que el enamorarse de alguien es muy complicado?

¡Oh, vamos, mi queridísima Alice! No es para tanto.

—¿No? ¿Cómo es posible que estos dos, tras haber peleado por una pequeñez como lo es el decidir qué película van a ver, ahora estén de amores como si nada?

Esa es la magia del amor, querida.

—magia... dirás, cosa complicada e incomprensible.

Bueno, por lo menos se ven felices.

No puedo argumentar nada contra eso, porque ahí sí, mi conciencia tiene toda la razón.

Jasper ha vuelto a ser risueño y dulce, igual que siempre, y hasta a Adri se la ve de excelente humor, gracias a Dios.

Sin embargo, él no nos acompaña solo por ella, sino también para asegurarse de que yo esté bien.

Cuando llegamos a la puerta de nuestro grado, —tardamos aproximadamente medio minuto en cruzar el patio hasta allí, no está muy lejos—, más de la mitad de los estudiantes ya están dentro del salón, y justo cuando yo me dispongo a entrar al mismo, luego de que Santi y las demás lo han hecho —y después de que Adri se despidiese de Jazz, por supuesto—, me detengo de golpe.

Freno tan en seco, que casi me resbalo con mis propios pies.

Si no es porque Jazz me detiene abrazándome por la cintura, habría terminado con mi cara estampada contra el suelo.

Y, repentinamente, me siento algo mareada.

—No, no otra vez... Ahora no...

Intento tomar una respiración profunda, en parte para impedir que venga a mí otro ataque de ansiedad, pero también para intentar bajar la velocidad de los latidos de mi corazón, el cual, nada más yo divisar lo que vi al interior del aula, disparó su ritmo a tal nivel que puedo sentirlo hasta en las costillas de lo rápido que va.

Jazz, confuso al ver mi traspié, me mira con preocupación, y sus cejas se arquean hacia mí.

—¿Ali, ¿qué tienes? —Inquiere mi amigo, pasándome un brazo por los hombros para, al menos, tratar de estabilizarme—. ¿Te duele mucho la cabeza?

Yo niego con la misma, totalmente conmocionada e intentando enfocar mi vista en él, incapaz de responderle, pálida de nuevo, y, con una mano temblorosa, señalo con disimulo hacia el interior.

Y es que allí, entrando, hay un joven caminando hacia un asiento vacío...

Y tiene la misma apariencia de Andrew, mejor dicho.

Es Andrew.

¿Lo peor?

Que fueron sus ojos verdes los que lo delataron, porque solo él —bueno, creo yo—, los tiene tan intensos.

Nunca antes había conocido a nadie que tuviera los ojos así como él, con ese brillo tan misterioso, pero ese no es el punto.

El punto es, que yo primera vez que lo veo en este grado...

¿Qué hace aquí?

—No sé.

¿Lo habrán bajado de curso?

—¡Tampoco lo sé! ¡No sé nada en este momento!

Tranquila, querida, respira...

—No puedo, ¡me falta el aire! Voy a morir...

En serio, ¿te pones así por un chico?

—¡Este no es... cualquier chico! Es... Es el chico con el que soñé, y a quien vi hoy, en la biblioteca...

Pensé que ya habías aceptado que era real, y que no te ibas a negar más al hecho de que la evidencia habla por sí sola.

—Una cosa es que ya no lo niegue, ¡pero otra cosa muy distinta es el hecho de que lo tenga como compañero!

De seguro estaba en otro grado de noveno, y se pasó a este.

—No... no lo creo...

Pues, yo sí lo creo. Probablemente se haya pasado de curso debido a algunos problemas con los profes, ¿quién sabe? Todos hemos sufrido de eso en algún momento, hasta tú misma una vez tuviste líos con un suplente que creyó por error que tú, Marie Alice Grace, la primera de su clase, eras en realidad una indisciplinada.




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