Tú no eres real

31. No lo quiero como amigo mío

—Ali, tengo que irme, pero no puedo hacerlo si te pones así —Jasper me abraza, intentando tranquilizarme.

Y es que, además de poseer una palidez antinatural en el rostro, —el cual empieza a parecer una aceituna, y encima, mis labios adquieren un tono casi violáceo—, como si no fuera suficiente el tener el corazón acelerado, sentir cómo las sienes me laten por la migraña —la cuál, sigue ahí, no se ha ido; todo lo contrario, aumentó—, y, por si fuera poco, tener las piernas como si fuesen de gelatina, resulta que ahora tampoco puedo dejar de temblar.

—Quiero irme a casa, Jazz —murmuro, casi sollozando y con mi rostro escondido en su cuello, intentando inhalar su suave fragancia amaderada, un olor a roble y café que siempre consigue relajarme, aunque hoy parece que nada logra hacerlo del todo.

—Vas a estar bien, Francia —susurra en mi oído, usando ese apodo que es únicamente para mí, y me mece suavemente de un lado al otro, acunándome entre sus brazos.

—No, jazz —le respondo, y entierro mi cara en su camisa, justo en su pecho, rompiendo a llorar—. Tengo miedo. Me estoy volviendo loca, ese chico no puede ser real...

A estas alturas, ya no estoy segura de si mi cordura se mantiene intacta, y mientras las lágrimas ruedan violentamente por mis mejillas, deseo con toda mi alma esconderme en algún sitio, o, mejor aún, retroceder el tiempo y nunca haber ido a la biblioteca a devolver esos libros o a buscar el de Julio...

Muy tarde para eso, me temo.

Repentinamente, una mano suave, grande, aunque con una delicadeza infinita, acaricia mi rostro, retirando del mismo varias lágrimas en el proceso.

—No llores —me ruega, y me vuelve a ofrecer de su agua por segunda vez en el día, lo cual agradezco de corazón—.

—No puedo evitarlo —Murmuro, con la voz quebrándoseme del todo en la palabra evitarlo—. He tenido una mañana... muy rara tras conocer a un chico que salió de mis sueños, casi me caigo por las escaleras, me duele la cabeza, y, ahora, para coronar el pastel, tengo que compartir el aula de clase con el mismo chico que soñé...

Alejándose hasta un rincón a las afueras del salón, y sin soltarme en ningún momento, Jazz se sienta conmigo en el suelo, sin importarle si el mencionado está sucio o no, y me sigue limpiando las lágrimas con las yemas de los dedos, pese a que estas parecen no querer dejar de salir.

—Tranquila. Bebe —me insta pacientemente, sosteniendo el termo para mí mientras bebo el agua con desesperación, porque de por sí, ya sentía la boca seca—. Lo sé, es mucho para asimilar, pero ya tendrás la oportunidad de procesarlo todo con calma. Solo resiste una hora más, ¿de acuerdo?

—Ojalá fuera tan fácil...

Sí que es fácil, querida. Es solo que tú lo complicas más de lo necesario.

—Intentaré aguantar... pero no te niego que sigo teniendo miedo —le entrego de nuevo el termo, ya casi vacío, pero él no parece molesto por el hecho de recibirlo así—. ¿Y si no es real?

¿Otra vez con eso? Alice, ya hablamos sobre este asunto...

—Sé que tienes miedo, nena —me dice suavemente—, pero créeme. El chico de tus sueños es completamente real, tan tangible como tú y como yo.

—Pero si él es real, eso significa que tengo que aceptar que el romance que soñé va a suceder... y no quiero...

¿Segura de que no quieres?

—No tiene que suceder, si tú no quieres —Jasper me besa la frente, sacando su pañuelo de uno de los bolsillos de la camisa, y secándome con él el rostro—. Vamos, entra al salón. No quiero dejarte así, pero en serio debo irme, de lo contrario el profe Fabián me regañará por llegar tarde.

Suspiro, y me separo de él lentamente.

El color aún no ha vuelto por completo a mi rostro, pero al menos, ya no tengo el corazón acelerado —vuelve a latir, gracias al agua y al abrazo de mi amigo, a un ritmo casi normal—, y tampoco siento mareos ni las piernas como gelatina, eso creo.

Los temblores también se fueron, lo único persistente es el dolor de cabeza, pero al menos eso sí es lo suficientemente soportable para mí.

—Ve, Jazz. Estaré bien.

—De acuerdo —él se ve apenado por tener que dejarme, y mientras me libera lentamente de su abrazo, añade—. Cualquier cosa, si te sientes muy ansiosa, llámame. Saldré de la clase por un momento de ser necesario.

—No te preocupes —me levanto, y él extiende una mano, ayudándonos mutuamente—. Me repondré.

—Si tú lo dices. Y, oye... —me mira, como midiendo sus palabras cuidadosamente—. Intenta ser buena compañera para Andrew. No lo conozco mucho, como te dije antes, pero sí lo suficiente como para saber que cuando conoce a alguien nuevo, se esmera en hacer amistad con él o ella. Así que, si se te acerca, tú actúa como si nada.

Razón no le falta, lo último que queremos es que se entere que has soñado con él.

—Y, además, han sido sueños donde él estaba conmigo de forma romántica, para terminarla de rematar...

Miro a mi amigo, deseando internamente que Andrew no se dé cuenta de que yo estoy ahí, pero siendo consciente de que cuando lo haga, querrá hasta sentarse conmigo.

Si de por sí fue... un poco intenso cuando me correteaba por los pasillos en la biblioteca, no me lo quiero imaginar ahora...

Vamos, querida, no puede ser tan malo. Es curioso, como cualquier otra persona.

—Sí, cómo no.

¡Ya deja los prejuicios, Alice! No lo conoces de nada como para...

—Lo conozco lo suficiente como para decidir que no lo quiero cerca de mí.

Dios, señorita. En serio, si yo no fuese parte de ti, te dejaría de hablar. Quién te entiende...

—jazz —comienzo, acomodándome la mochila mientras ignoro deliberadamente a mi voz interna—. En serio, yo no creo que esté lista para...

—Sí lo estás —me interrumpe, viendo que el reloj ya marca las diez y cuarenta—. Ahora ve, y hazte amiga de tu Romeo Onírico.




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