Por desgracia, como que el cielo no me quiere hoy, porque apenas entro al salón, lo primero que siento no es la observancia de los ojos de la profesora Virna fijos sobre mí —ella aún no llega—, sino la mirada profunda y enigmática de unos ojos verdes intensos que, para mi mala suerte, ya reconozco muy bien.
Gracias a Dios, Adri y Erne levantan la mano, invitándome a sentarme con ellos al igual que siempre, en la primera fila, y como que Andrew se concentra en su teléfono o algo, porque ya no siento su mirada sobre mí.
Cuando me acerco, y nada más verme, mis hermanos saben inmediatamente que algo anda mal conmigo.
—¿Ali? Pareces un fantasma —comenta Adri, levantando la vista de su cuaderno de dibujo.
—Sí, ¿te despintaron la cara o algo así? —Erne intenta sonar divertido, y tiene efecto, de hecho, porque se me escapa una risita, pero sus ojos preocupados fijos en mí lo dicen todo—. ¿Estás bien, hermanita?
—Sí... o bueno, lo estaré... más o menos —murmuro, sintiéndome de repente algo cohibida.
Mi hermano me pasa un brazo por los hombros, quitándome la mochila con su otra mano, y mientras la coloca al lado de mi silla, Caro toma una de mis manos para ayudar a sentarme—. Es que, ¿ven a ese chico de ahí? —Les señalo discretamente hacia donde está Andrew, quien se encuentra sentado unas filas más atrás.
—Claro como el día, y adivino. ¿Él es tu Romeo Onírico?
La pregunta de Ernesto es tan obvia, que Caro se lo queda viendo como si hubiera dicho un insulto.
—¿A quién más conocemos que se llame así, Erne? —Pregunta ella, levantándole una ceja.
—¿Qué? Solo lo pregunté para asegurarme... bueno ya, el punto es que... Ali, no te preocupes por él. Nosotros lo conocemos poco, pero te aseguro que no es mala persona.
—No es eso, es que yo todavía no puedo entender que...
Una voz suave, femenina, profundamente dulce, pero, no obstante, con un tono profesional y amable, interrumpe lo que estaba a punto de decirles a mis hermanos.
—Buenos días, jóvenes —nos dice la profe Virna desde la puerta, y el suave resonar de sus tacones mientras se desplaza por la estancia va disminuyendo de volumen las conversaciones entre mis compañeros a medida que se acerca al escritorio—. Lamento la tardanza, pero he estado en reuniones toda la mañana. De hecho, en diez minutos tengo otra...
El murmullo residual que quedaba se apaga, y todos dirigimos nuestra atención a ella cuando se coloca en frente de la clase, de tal forma que yo, mis hermanos y cada uno de mis compañeros podemos verla.
—Vengo a decirles que, como tengo esta reunión con la directora, la psicóloga y el coordinador académico, y no la puedo reprogramar por ser de carácter urgente, no habrá clase hoy...
La algarabía colectiva no la deja terminar.
Mis compañeros se ponen tan alegres por esa noticia, que empiezan a gritar, a brincar sobre las sillas, y yo, sentada como una niña juiciosa, soy feliz y aliviada espectadora del deleite de la clase.
Incluso Erne, cómo no, se une al desorden, y empieza a tocar una canción en su pupitre, lo cual me saca una risita feliz.
—Por fin, podré irme a casa...
Yo no estaría tan segura de eso todavía.
—Pero —continúa la profe, levantando la mano para pedir silencio, y, al instante, todos se sientan de nuevo y le dan su atención absoluta—. Por el grupo les dejaré un taller, el cual deberán entregar el miércoles.
El gemido general la hace reír, y mientras se sienta un momento, dirige su mirada hacia mí.
Parece que quiere algo de ti...
—Ni idea de qué querrá. ¿Y ahora qué hice? Soy una chica buena... yo no fui, lo juro.
¡Tontita Alice!
—Señorita Marie —me llama, y el corazón me da un vuelco—. Necesito hablar contigo un momento. ¿Puedes venir conmigo?
Miro a mi maestra, preguntándome qué querrá, y solo puedo asentir con obediencia, mientras me levanto de la silla y me llevo la mochila conmigo.
—Ali, espéranos, iremos contigo —Erne y Adri se levantan, dispuestos a acompañarme, pero la profe los detiene, levantando una mano.
—No, Erne. Quiero hablar con ella en privado.
—¿En privado? Pero...
—Pueden salir, chicos —anuncia la profesora, y nada más decirlo, todos emprenden la carrera hacia la puerta, casi derribando la misma, y si no fuera porque estoy medio tensa por lo que sea que me quiere decir la profe, me reiría de lo cómico de la situación.
—Bueno, hermanita... supongo que te veremos afuera —dice Erne, dándome un abrazo breve, y sale, junto con Adri, Santi, Susan, Isi y las trillizas, quienes se han reunido con ellos.
Entre tantos estudiantes —en este grupo somos cerca de cuarenta y algo más, casi cincuenta—, alcanzo a divisar los ojos de Andrew, los cuales se fijan por un instante en mí, pero al menos no se queda mucho tiempo, pues pronto lo veo que se pierde en el grupo que se dirige hacia la salida.
Menos de un minuto después, y una vez que el salón está completamente vacío, exceptuándonos, por supuesto, a mí y a la profe, quien sigue esperándome con una paciencia infinita, me armo de valor, y camino hacia ella, con una mirada tímida y, por qué no decirlo, también nerviosa.
¿Qué habré hecho mal?
—Tal vez... ¿enviarle ese audio?
Eso es absurdo. ¿Qué tiene tu audio de esta mañana de malo?
—Pues... la discusión de fondo que tenían mis hermanos, ¿no será?
Pero si ese fuese el tema del que quiere hablar contigo, la profe no solamente te mandaría a llamar a ti, sino también a Erne y Adri.
—Buen punto.
Bueno, querida, solo te resta averiguarlo.
Nada más decir mi conciencia esas palabras, llego al escritorio de mi maestra, quien, mirándome con sus ojos azules detrás de unas gruesas gafas para ver mejor las letras, me sonríe y me invita con un leve gesto de su cabeza a sentarme en una silla que hay cerca.
Mientras me acomodo, la observo de reojo.
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Editado: 09.09.2026