Tú no eres real

33. Negociación justa conmigo misma

—Por fin, hogar, dulce hogar...

Nunca había estado tan feliz de llegar a mi casa temporal como lo estoy ahora mismo.

Y es que, tras la petición que me hizo la profe Virna sobre ser la monitora de Andrew, por poco y sufro otro ataque de ansiedad delante de ella, pero menos mal y recordé lo que me enseñó miss Luna cuando recién inicié la adolescencia, la técnica de inhalar profundamente por la nariz y exhalar por la boca.

Cuando salí después de hablar con ella, y mientras la acompañaba a la oficina de la directora para su próxima reunión, mis amigos y hermanos —sí, al parecer nadie tuvo clase debido a las reuniones—, me abordaron con preguntas sobre el porqué o para qué la docente había querido hablar conmigo en privado, y, las cuales, recién cuando me despedí de la profe pude responder.

Están felices por el hecho de que yo sea monitora de alguien, en especial Gia, Jazz, Santi, Alexa y Erne, aunque en lo que a mí respecta, todavía no sé si haya sido la mejor elección para ayudar a ese chico.

Sin embargo, haré lo que pueda.

Luego, mamá nos recogió, —a todos, mis hermanos pequeños incluidos—, y nos trajo a casa.

Por suerte, ella también salió temprano, a las once, su hora habitual de salida, porque mi madre no tuvo las reuniones que tienen los de secundaria, debido a que es profe de preescolar.

Mientras me desvisto para ponerme un vestido de estilo veraniego para estar por casa, rememoro lo que me dijo en ese salón.

—Sí, Marie, quiero que tú seas la monitora de Andrew.

Mi cara debía ser de pura sorpresa y un pánico absoluto, porque la profe me tomó la mano, diciéndome.

—Sé que harás un excelente trabajo, confío mucho en ti.

—Pero profe... ¿por qué yo? ¿Y por qué él necesita un monitor?

La profe me sonrió, y empezó a explicarme que, debido a sus constantes faltas por andar de gira, Andrew apenas y se ponía al día con los talleres, tareas y exámenes, y apenas rendía de forma medianamente aceptable.

Ya llevaba varias materias perdidas (o reprobadas) en el primer período, y ni siquiera había podido hacer los exámenes que nosotros tuvimos antes de Semana Santa.

Su madre quería pasarlo al horario de la tarde, que porque creía que le iba a ir mejor si tenía menos compañeros, pero Andrew decía que no quería, tal como contó el profe Wilson cuando estuvimos en la oficina de Luna, porque se sentía muy solo, y a él no le gustaba la soledad.

Por lo cual, Luna había logrado convencer, según lo que me contó la profe Virna, a la madre de este para que no lo cambiase de jornada escolar, y sugirió la idea de buscarle a Andrew una monitora académica, que fuese también estudiante como él...

Y ella te sugirió a ti.

—Claro... pero, ¿por qué? Sigo sin entenderlo, podría haber sugerido a Erne o a Gia...

Gia anda ocupada entrenando por las tardes, o en campeonatos de voleibol, lo sabes, y Erne, bueno... ya lo conoces, por las tardes se dedica a hacer las tareas, y a crear sus juegos. A las trillizas no las eligieron, no sé por qué, pero supongo que a ti sí, porque eres la primera de la clase.

—De acuerdo, eso lo entiendo, pero... ¿Y qué hay de mí? También tengo una actividad extraescolar. Practico piano en las tardes y, además, hago mis tareas...

Sí, pero por algo Luna te eligió a ti, ¿no crees?

—No lo sé, supongo.

La verdad no estoy muy convencida de que esto sea una buena idea, pero bueno, ya qué hago.

Luna confía en mí, la profe Virna ni se diga, el profe Wilson también —estuvo totalmente de acuerdo con Luna, al igual que la directora y la subdirectora, y ni qué decir de la madre de Andrew, quien se mostró feliz de que su hijo fuera a tener una monitora para que le explicase lo que él no entendiese de las asignaturas, y lo pusiese al día con todo si llegaba a ausentarse por sus conciertos o ensayos.

Que, por cierto, y respecto a estos últimos, la madre aceptó que fueran solo los sábados en las mañanas, para que así Andrew se pusiese al día con sus estudios los días de semana.

En la jornada matutina, en la escuela, y por las tardes, conmigo.

De hecho, viene hoy a las cuatro, según me comentó la profe...

Oye Ali, una curiosidad. Pensar que tiene diecisiete años, y apenas está en noveno... ¿No debería estar en once? ¿O, por lo menos, camino a la universidad?

—Pues sí, pero su caso es... algo particular.

Y es que con tanto concierto, ensayo, y clases perdidas, Andrew ha repetido...

Como tres veces noveno grado.

Me muero. ¡No me imagino repitiendo tres años seguidos el mismo curso y todas esas asignaturas tan predecibles!

—Ya sé, es espantoso.

Oye, pero y ya que estamos, ¿tú no decías disque no querías que fuese amigo tuyo?

Tras hallar el dichoso vestido que quería ponerme —estaba en el fondo del armario, definitivamente tengo que organizarlos mejor para hacerlos un poco más encontrables—, me acuesto de lado en la cama, luego de haber colgado mi uniforme en una de las puertas del armario para que se orease y de dejar mi mochila en un rincón, y miro mi móvil, leyendo las notificaciones tranquilamente.

—Sí, eso dije, y técnicamente no seré su amiga, solo me aseguraré de guiarlo, ayudarle y explicarle lo que él no entienda o necesite saber... a cambio, él rendirá mejor en las clases.

Sería una negociación justa, entonces.

—Algo así, digamos que le estoy haciendo un favor a mis profesores, y aunque no recibiré una remuneración por ello, por lo menos me quedará la satisfacción de que Andrew está aprendiendo.

Y repito la pregunta. ¿Te harás amiga de él, sí o no?

—No, eso lo tengo claro...

Muy bien. Si según tú no quieres para nada su amistad, hagamos una especie de... negociación, contigo.

—¿Cómo?

Es decir: Si tú ganas, y logras ayudarlo en tu labor como monitora sin tener ningún tipo de amistad con él, solo compañera de estudio, te daré la razón en todo. Pero si pierdes, te haces amiga de él, y luego... ya sabes a dónde quiero llegar, si te enamoras de él, me tendrás que dar la razón.




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