—Chiquitina, tu teléfono está sonando. Parece ser una llamada entrante.
—Respóndela tú por mí, Gia —gruño, más dormida que despierta, y, rodando boca abajo sobre la cama sin abrir los ojos, intento ubicarme y hacer un repaso de los acontecimientos más recientes, mientras lentamente emerjo del mundo de los sueños.
Tras el almuerzo en familia a las doce y media, decidí dormir una siesta, a ver si, de paso, se me quitaba del todo el dolor de cabeza.
Al estar ya en casa, relajada y sin sustos ni impresiones de ningún tipo, la migraña parece haber disminuido, pero aun así, la sensación que tenía detrás de los ojos antes de dormirme era muy molesta.
Por no mencionar, que todo lo sucedido me ha dejado extenuada, no solo física, sino también emocional y mentalmente.
Por lo cual, decidí meterme en la cama, —estando en el abrazo de Gia, quien se había quedado hablando conmigo, tan linda ella como siempre—, cerré los ojos, y le rogué a Dios para que no me diese más sueños raros con Andrew.
Y, efectivamente, tal parece que él tuvo misericordia de mí, porque me quedé profundísima nada más tocar la almohada, y caí en un sueño sin sueños.
Literal, no soñé nada, ni siquiera algún suceso relacionado con todo lo que me ocurrió hoy, o al menos, no que yo recuerde.
Tanto es así, que aproximadamente una hora después, —creo, si no fue más que eso—, una caricia en la mejilla fue lo único que logró que abriese los ojos.
—Ali, despierta, nena. Tienes una llamada en tu celular, es miss Luna.
Parpadeo lentamente, e intento enfocar la mirada, aún con mis párpados nublados por el sueño, y, a mi lado, —un poco oculta en la penumbra, porque habíamos bajado las cortinas para que no entrase la luz del sol que afuera sigue implacable—, diviso a Gia, sosteniendo mi teléfono en su mano.
—Mi herma, dile... que llame después —me quejo, girándome para estar recostada del lado izquierdo, pero una risita melodiosa, proveniente del otro lado de la línea, me impide volver a cerrar los ojos.
—Necesito hablar contigo ahora que estoy en mi hora libre, Alicita. Perdón por interrumpir tu sueño, pero debo hacerte saber algunas cosas importantes, las cuales tienes que conocer al ser monitora. Además, no olvides que aún no te he dado mi análisis de lo que nos contaste a Jazz y a mí en la oficina.
—Y que también ya nos lo contó a nosotros —murmura una Gia risueña, justo cuando abro del todo los ojos, y me estiro con pereza, mientras mi hermana extiende el teléfono hacia mí.
—Está bien, Luna. Ahí voy —digo, bostezando ruidosamente, y puedo oír la carcajada de Erne proveniente de su cuarto, seguro ya anda programando, y al muy chistoso le hizo gracia mi bostezo gigante.
—Toma, chiquitina —dice Gia, entregándome el teléfono, y yo lo recibo, conectando los auriculares para tener más privacidad con la psicóloga.
No olvido que aquí las paredes parece que tuvieran oídos, y si me va a analizar los sueños que tuve, prefiero que mis hermanos no se enteren del contenido de los mismos... o mis abuelos, mucho menos mamá, aunque bueno, eventualmente le contaré esos sueños.
A ella siempre le cuento todo, y si Andrew va a venir a mi casa para recibir orientaciones en las asignaturas, mamá merece saber cómo lo conocí, y que, sí, soñé con él también.
—Gracias, hermanita —le regalo una sonrisa adormilada.
—De nada, mi herma. Voy a estar en mi habitación viendo la TV por si necesitas algo —me acaricia el pelo con suavidad antes de irse, cerrando la puerta al salir, y dejándome, por fin, a solas con miss Luna.
—Bien, Alicita. ¿Ya te despertaste del todo? —Pregunta ella, con tono risueño.
—Sí... creo —contesto, restregándome los ojos para terminar de ahuyentar el sueño residual, y me incorporo en una posición sentada, no vaya a ser que termine durmiéndome en medio de la conversación.
—Muy bien. Antes que nada, quiero empezar felicitándote por tu nuevo rol como monitora de Andrew. Sé que lo acabas de conocer, pero tú eres de las estudiantes más pilosas y sobresalientes de los tres grupos de noveno que tenemos. Por eso, y porque confío cien por ciento en tus habilidades, es que te propuse a ti en la reunión, y sé que estarás a la altura de la tarea.
Ufff. ¡Tremendos halagos a tu persona, querida!
Menos mal y miss Luna no puede ver el sonrojo que ahora mismo se ha apoderado de mis mejillas, y es que entre la timidez, y el estar conmovida por segunda vez en el día —la primera fue con la profe—, no sé con exactitud qué me hace sonreír más, si la calidez de sus palabras, o el hecho de que confíe de esa manera en mí, a tal punto de delegarme una responsabilidad tan grande como lo es el ser monitora de alguien a quien apenas conozco.
—Gracias por depositar tanta confianza en mí, Luna —le digo, todavía sonriendo, pero ahora con cierta timidez—. No te voy a fallar, lo prometo.
—Sé que no lo harás, cariño.
Se hace un silencio breve entre ambas, uno muy cómodo, y ella lo rompe cuando, de forma repentina, anuncia con voz alegre y emocionada.
—¡Bueno! ¿Lista para oír mi análisis de todo lo que me contaste en la oficina?
¡Oh, aquí vamos! Esto se va a poner muy, muy bueno.
—Sí, supongo que sí —respondo, sintiéndome de repente contagiada por su tono entusiasta.
Y es que, si algo amo yo de rodearme de psicólogas, es su capacidad para analizar hasta el más minúsculo detalle, cosas pequeñas y que para las personas que no tenemos experiencia en su disciplina nos resultarían insignificantes.
—De acuerdo —ella ríe, y ese sonido es música para mis oídos—. Empezaré por los sueños.
—Bueno... hora de la verdad, veamos si son...
—Es posible que sean sueños premonitorios, Alice —me dice seriamente—, pero no puedo estar cien por ciento segura de ello. De que eran premoniciones, lo fueron en cierto modo, porque precisamente lo viniste a conocer hoy, sin embargo, lo del romance, los momentos románticos que tú soñaste...
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Editado: 09.09.2026