Tú no eres real

35. Caballerosidad escasa

—Alice, mamita, ¡ya llegó tu compañerito!

Giro tan rápido la cabeza hacia la puerta que por poco no me torcí el cuello.

No obstante, ese movimiento brusco me dejó viendo estrellitas, y mientras pestañeo varias veces para tratar de aclararme la vista, miro a Santi a través del teléfono.

Mi amigo está sentado en su escritorio, rodeado de cuadernos abiertos...

Son los de sociales, biología y filosofía, materias en las que lo he estado ayudando a adelantar las tareas que le quedaban pendientes durante la última media hora.

—¡Ya voy, papi abuelito! —Exclamo, respondiéndole a mi abuelo, quien fue el que me llamó desde abajo, y añado—. Santi, corazón, lo siento. Tengo... que colgar, Andrew acaba de llegar.

Él alza la mirada, deteniéndose a medio camino de completar una frase que estaba redactando en el cuaderno de filosofía, y dirige su vista hacia mí a través de la cámara.

—No te preocupes, mi Alicita bella. Ve, yo ya casi termino. —Se inclina hacia el móvil, el cual tiene apoyado al lado del cuaderno en el que está trabajando, y pone los dedos en sus labios, besándolos y apuntando hacia la pantalla—. Te quiero, no se te olvide. Y gracias por ayudarme.

Sonrío, a pesar de mi nerviosismo repentino por tener que ver a Andrew de nuevo, y asiento, mirándole con una expresión dulce.

—De nada. También te quiero, cariño mío.

Una vez que nos despedimos y él cuelga la llamada de su lado, respiro profundamente, e intento relajarme.

—Que no se me note el nerviosismo, que no se me note el nerviosismo...

Salgo de mi habitación, con una libreta y mi móvil en la mano, y desciendo las escaleras a paso de tortuga, intentando demorarme lo máximo posible.

No debería hacerlo esperar, lo sé, pero tampoco puedo evitarlo.

—Bien, lo confesaré. Estoy nerviosa de tenerlo en frente...

Pero, Alice, si ya lo tuviste de frente.

—Sí, pero solo...

Y no me digas que solo fue en tus sueños y que, por tanto, no era lo mismo, porque te recuerdo que lo acabas de tener frente a ti hoy, en la biblioteca.

—Pero ahora será diferente.

¿Por qué diferente? Es el mismo pastel.

—No es lo mismo, porque ahora soy, digámoslo así, una especie de maestra para él.

Debería enorgullecerte eso, Alice. No cualquiera puede presumir de ser monitora académica, mucho menos a tu edad

—Supongo...

Y, a lo mejor, cuando lo conozcas un poco más, dejarás de tener prejuicios sobre él.

—¿Prejuicios? ¿Quién habló de prejuicios?

Tú, nena.

—¿Yo?

Sí, tú misma. No lo has dicho, pero sí lo dejaste entrever.

—¿Cuando?

Cuando lo conociste en persona, y dijiste que parecía ser un chico muy confiado y distraído.

—Lo cuál, sigo sosteniendo, porque si me lo asignaron para que lo ayudase con sus estudios, por algo será.

Supongo que sí...

—Oye, ¿y de qué hablas? ¡Si fuiste tú quien dijo que su forma de vestir parecía un crimen contra la moda!

Eh, ¡pero a mí no me puede oír!

—No me importa. Si tú lo juzgaste al igual que lo hice yo, eso significa que también tienes prejuicios, y no eres la más idónea para hablarme de cómo debo, o no, juzgar a las personas.

Mi voz interna, en ese momento, se queda en silencio, no solo porque sabe que tengo la razón, sino también porque, más pronto de lo que hubiera querido, he llegado a la sala de estar, donde Andrew está charlando con mi abuelo mientras le hace caritas a una risueña Blayke, quien juega con su osito de peluche en el sofá.

Todos mis hermanos, excepto Gia, quien se ha ido a entrenamiento de voleibol con mamá, están arriba.

Los más pequeños, durmiendo la siesta, al igual que mi abuela, Tere y Bety viendo la tele, Erne programando, y Adri...

Bueno, Adri probablemente esté hablando por teléfono con Jasper, conociéndola como la conozco eso es segurísimo.

—Qué bueno que bajaste, pequeña —mi abuelo alza la mirada hacia mi persona, y sonríe—. Este jovencito pensó que te habías dormido o algo, porque está aquí desde hace como quince minutos.

—Sí, hasta tomé café hecho por tu abuelo. Es admirable, don Martín tiene buena mano para prepararlo. Estaba delicioso.

Sonrío tímidamente, y, cuando Andrew habla, de repente el bochornoso sonrojo que me ha estado persiguiendo a lo largo del día vuelve a aparecer, y, para colmo, ahora es más intenso.

—Que no se dé cuenta, que no se dé cuenta...

Para intentar disimular, me siento en una de las sillas libres, justo frente a Andrew, y le extiendo la mano, aclarándome la garganta torpemente.

—Perdón por hacerte esperar, Andrew —le digo, y él me estrecha la mano, con una sonrisa en los labios—. Estaba ayudando a uno de mis mejores amigos con sus tareas.

Él me mira, y yo, en un intento por esquivar sus misteriosos iris, enfoco mi vista en Blayke, fingiendo observarla mientras se acomoda en el regazo de mi abuelo.

—No te preocupes, entiendo. Por cierto, antes que nada... gracias por aceptar ser mi monitora. No me ha estado yendo muy bien en... varias materias, y una dama tan brillante como tú, sin duda me puede ayudar.

Dama. Lo dijo de nuevo.

¿Qué?

—Dijo... ¿lo que creo?

Ay, ¡qué romántico!

Haciendo caso omiso de lo que ha dicho mi voz mental, asiento, y bajo la mirada hacia mi libreta, la cual he apoyado sobre mis piernas.

—Los dejamos solos —anuncia mi abuelo, cargando a una somnolienta Blayke contra su hombro—. Esta princesa necesita tomar su siesta, y yo creo que también tomaré una con tu abuelita.

—Dale, papi abuelito —respondo, aunque por dentro, no deseo que se vaya.

Pero ni modo, me toca quedarme a solas con Andrew...

Alice, relájate, niña. Solo serán unos minutos. Puedes con ello.




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