Tú no eres real

36. Un payaso que amamos

Querida Luna, te cuento.

Con Andrew, hoy hemos llegado a un acuerdo para ayudarlo.

Hemos acordado que, los días que no tenga práctica de piano, le daré tutoría toda la tarde, y durante las clases por la mañana, estaré con él para, en las horas libres que tengamos o en el receso de ser necesario, le explique lo que él no entienda.

Me ha dicho que su lectura de la biblia ——o su devocional, como le llama él—, puede moverla para las ocho de la noche.

Hemos conversado por casi una hora antes de que se fuera.

La verdad no tengo queja de mi alumno, ha sido muy educado y amable, y me ha dicho que en serio desea mejorar sus calificaciones para entrar a la universidad algún día a estudiar música.

Con mis métodos de estudio infalibles, los cuales, sin lugar a dudas, también se los enseñaré a él, creo que lo logrará.

Eso te cuento...

—¡Familia, todo el mundo abajo! ¡Hora de la cena!

Voy a cenar, te quiero, y como te dije antes, gracias por todo.

La voz de mi madre, misteriosamente cantarina, nos llama desde la planta baja, y mientras termino de redactar mi mensaje para Luna y luego se lo envío mediante la aplicación de WhatsApp, oigo cómo las puertas de los distintos cuartos que hay en la casa empiezan a abrirse una por una.

Observo el panorama, encantada de ver los diferentes matices que tiene mi familia a medida que desfilan hacia abajo.

Gia sale corriendo por el pasillo —lo sé porque también voy saliendo de mi habitación—, con el deseo de comerse el mundo si pudiese brillándole en los ojos —comprensible, tras semejante entrenamiento quién no tiene hambre—, y, después, veo a Erne, quien corre como puede y al mismo tiempo va peleando con una de sus chancletas, la cual, no se sabe por qué, se ha quedado atorada en la alfombra que conduce hacia su cuarto.

Luego, están Adri y los pequeños.

Adri es la única que va caminando con elegancia, aunque tiene una cara de recién despertada que compite con su pelo —el cual, por cierto, no lo mencioné durante el día con tanta cosa que sucedió—, pero al final no se lo peinó nadie, las trillizas, Isi y Susan tienen el pelo liso y no saben manejar cabellos rizados, de modo que se quedó así.

Y en este momento, su cabello sí parece un trapero, y está con las puntas apuntando en todas las direcciones habidas y por haber, incluso las inimaginables.

—¡Ahora sí, Erne puede llamarlo pelo con textura de trapero!

¡Totalmente de acuerdo!

Tere, Bety, JuanLu, LuLu y Blayke vienen corriendo, —bueno, todos ellos excepto la bebé de la familia, quien viene cargada por Tere—, y bajan las escaleras deslizándose por la misma, como si fuese un tobogán, gritando:

—¡Comida! ¡Hambre! ¡Hambre! ¡Hambre, hambre, hambre!

Desde la planta baja, puedo oír las risas de mis padres, abuelos y la de Juli —quién, por cierto, estuvo toda la tarde fuera, porque tuvo que llevar a su mamá a que le hiciesen el chequeo anual de rutina que hacen hoy en día las EPS.

En fin, con todo el mundo abajo, me dispongo a reunirme con mi familia.

Nada más bajar las escaleras, mi perrito Milo me recibe, mordiéndome los pies para que lo cargue, y yo sonrío, más que feliz de acceder a tan noble petición, mientras me acerco a la mesa del comedor.

Donde, por supuesto, ya están todos reunidos.

Hoy se han sentado rápido, y es que mamá ha hecho la comida favorita de toda la familia, macarrones con queso y limonada, para la bebida.

Mientras comemos —luego de que mi abuelo nos leyese otra parábola de sus cartoncitos, claro—, (y esta vez, le tocó el turno a la historia de las cien ovejas), todos hablan animadamente sobre su día escolar.

Gia, por supuesto, nos cuenta el entrenamiento que tuvo hoy, Adri se disculpa con LuLu, mamá y los más pequeños por haberlos tratado mal esta mañana, y explica:

—Esta mañana estaba de malas, porque, bueno... —se muerde el labio nerviosamente, y nos mira a Erne, a Gia y a mí—, por tu regaño, mamá —agrega a toda prisa, y continúa—. Pero entendí que, si no quiero estar malhumorada como lo estuve hoy, tengo que hacerte caso.

—Me alegra que por fin lo entendieras, cariño —dice mamá, estirándose y tomándole la mano que no tiene ocupada con su tenedor—. Las mamás no regañamos por hacer mal, sino para corregir.

—Sí sabes que ese no fue el único motivo por el cual estuvo de malas, ¿verdad? —Me susurra Gia al oído, estando sentada a mi lado.

—Obvio que sí, mi herma, si lo admitió ella misma —me río, susurrándole de vuelta.

—Bueno, Adri, ¡mira el lado positivo de todo este asunto de tu amargaditis! —Exclama Erne, mirándola con una sonrisa maliciosa, y Gia y yo nos miramos, conteniendo una carcajada.

Ay, aquí vamos. ¡Que empiece el espectáculo!

Incluso mi voz interna se ríe, porque sabe lo que mi hermano va a decir a continuación.

—No te atrevas —lo amenaza Adri, señalándolo con su tenedor.

—Ya lo hice —Erne vuelve a reírse, y apunta con un dedo al cabello de nuestra hermana—. ¡Lo positivo de todo esto, es que se cumplió mi deseo! ¡Ahora tienes el cabello con textura de trapero!

—¡Que te coma un tigre! —Exclama Caro, y todos estallamos en carcajadas.

Hasta mis padres se doblan de risa, ¿y en serio, quién no?

Erne puede ser un payaso, pero es uno que amamos.

Sin él, nuestra vida, y toda la familia en general, estaría incompleta.

___

Capítulo breve, pero tuve que cortarlo con el otro, de lo contrario iba a llegar a las 2000 palabras jajajajaj.

Bueno mis amores, ¡ya casi!

Dos capitulitos más, el epílogo, y...

¡Cerramos este primer libro!

¿Están listos?

Entonces...

¡Sigan leyendo!

Espero les haya gustado.




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