Recuerda por aquella fecha,que decidimos como dije antes cambiar de trabajo.
Pero antes estuve de baja un tiempo.
Necesitaba descansar sí o sí.
Mi cuerpo físicamente,cada día se encontraba peor.
Pero lo que más me preocupaba,ya no eran mis dolores,empezaba a acostumbrarme a ellos,aunque cada día fueran más fuertes,sino al estado físico de mi esposa, también empeoraba y lo que era peor.
Empecé a flaquear mentalmente.
Así que mi médico de cabecera me aconsejó parar.
Recuerdo otra frase que se me quedará grabada toda mi vida.
"TU ENFERMEDAD NO TIENE VACACIONES".
Así que necesitas descansar.
Me dieron de baja médica,a la vez que solicité también por consejo médico,una incapacidad y una minusvalía.
Estuve unos tres meses de baja,muchas pruebas,algunas por la seguridad social y otras por médicos privados.
En la sanidad me topé con el peor médico,por lo llamarlo de otra forma,¡Que mala suerte joder!.
Hay frases que duelen más que la propia enfermedad.
Y una de ellas fue:
¡Tus dolores son más mentales que físicos!.
Todavía hoy me cuesta recordar aquello sin sentir rabia.
Mi reumatólogo de entonces era un hombre mayor, a punto de jubilarse. Uno de esos médicos antiguos que parecían mirar antes tu edad que tus pruebas. Yo llegaba a consulta roto físicamente, después de años trabajando con dolor, después de noches sin dormir, después de conducir cientos de kilómetros por carreteras imposibles… y aun así sentía que no me creía.
O peor todavía: que pensaba que exageraba.
Me veía joven para estar tan mal.
Y quizá por eso empezó a repetirme una idea peligrosísima: que muchos de mis dolores podían ser psicológicos.
Que tenía que aprender a convivir con ellos. Que seguramente mi cabeza aumentaba el sufrimiento. Que había personas mucho peores.
Y lo peor de todo es que llegó un momento donde casi terminé creyéndomelo yo mismo.
Porque cuando alguien escucha durante años que “no puede estar tan mal”, empieza a sentirse culpable por sufrir.
Recuerdo salir de algunas consultas sintiéndome pequeño. Confundido. Dudando de mí mismo. Pensando:
“Lo mismo soy yo.” “Lo mismo me estoy volviendo loco.” “Lo mismo estoy exagerando.”
Mientras tanto, mi cuerpo seguía deteriorándose.
La cadera izquierda avanzando. La rigidez aumentando. El cansancio destrozándome. Los dolores multiplicándose.
Y aun así seguía trabajando.
Hasta que la vida, una vez más, decidió mover una pieza inesperada.
Aquel médico se jubiló.
Y en su lugar entró una doctora joven que estaba haciendo una sustitución temporal.
Todavía recuerdo perfectamente cómo me miró la primera vez que entré en consulta. No me miró con dudas. No me miró con superioridad. Me miró… preocupada.
Revisó mis informes. Las analíticas. Las radiografías. La PCR disparada. Mi historial.
Y después me dijo una frase que jamás olvidaré:
¡No entiendo cómo todavía no estás en tratamiento biológico!.
Aquello me dejó helado.
Porque era la primera vez en muchísimo tiempo que sentía que alguien veía realmente lo que me estaba pasando.
No era debilidad. No era exageración. No era algo mental.
Era mi enfermedad avanzando.
Aquella doctora me explicó que mi cuerpo llevaba demasiado tiempo inflamándose sin control. Que había tratamientos más modernos. Más fuertes. Más adecuados para mi situación.
Y así entré en el protocolo de biológicos.
No fue magia.
No me curé.
Pero por primera vez en muchos años empecé a notar algo parecido a alivio.
Menos rigidez. Menos inflamación. Menos sensación de estar peleando constantemente contra mi propio cuerpo.
Y sobre todo ocurrió algo todavía más importante:
dejé de sentirme culpable por estar enfermo.
Porque cuando pasas años escuchando que el dolor “está en tu cabeza”, terminas perdiendo la confianza incluso en ti mismo.
Aquella doctora no solo me cambió el tratamiento.
Me devolvió una parte de la dignidad que la enfermedad y la incomprensión me habían ido quitando poco a poco.
#948 en Otros
#132 en Relatos cortos
#6 en No ficción
una autobiografía, una historia de amor y familia, resiliencia y nuevas oportunidades
Editado: 23.05.2026