Tú no vas a poder Conmigo

BUSCAR AYUDA

Creo que uno de los momentos más duros de mi vida no fue el dolor físico.

Fue sentirme perdido.

Después de apenas dos meses de baja, la mutua prácticamente me dejó claro lo que mucha gente parecía pensar.

Que tenía que volver a trabajar sí o sí.

Daba igual cómo estuviera.

Daba igual el dolor.

Daba igual que mi cuerpo llevara años avisándome de que algo no iba bien.

La única persona que realmente parecía entender lo que me estaba ocurriendo era aquella reumatóloga que llegó después del médico que decía que mis dolores eran mentales.

Ella fue mi ángel de la guarda,junto a mi mujer y mi hija.

Pero incluso con su ayuda, la realidad era otra: las facturas seguían llegando.

Y yo ya no tenía trabajo.

Recuerdo aquella época como una de las más oscuras de mi vida. Porque por primera vez me vi obligado a aceptar algo que nunca había imaginado.

Ya no podía hacer muchos de los trabajos que había hecho toda mi vida.

Y eso me destrozaba por dentro.

Yo había trabajado desde niño. Siempre había sido útil. Resolutivo. Rápido. Trabajador.

Además, se me daba bien.

Muy bien.

La hostelería era mi mundo. El trato con la gente, el movimiento, el trabajo duro… todo eso formaba parte de mí. Y de repente me veía buscando algo tan simple como un trabajo que mi cuerpo pudiera soportar.

Empecé a moverme como pude.

Busqué trabajo de conserje. De aparcacoches. De cualquier cosa que me permitiera sobrevivir sin destrozarme físicamente todavía más.

Llegué incluso a hablar con los “gorrillas” de Málaga.

No por orgullo ni por teatro.

Por desesperación.

Porque cuando uno siente que se está hundiendo, deja de pensar en el qué dirán y empieza simplemente a intentar sobrevivir.

También empecé a acudir a reuniones.

Reuniones de personas con espondilitis. Asociaciones. Servicios sociales del barrio. Charlas con asistentes sociales. Grupos de personas incapacitadas. Incluso grupos de apoyo relacionados con violencia o exclusión social.

Y aquello me golpeó muchísimo.

Porque yo me veía allí sentado pensando:

“¿Cómo he llegado hasta aquí?”

No me sentía superior a nadie.

Pero me sentía pequeño.

Muy pequeño.

Como si la enfermedad me hubiera ido quitando poco a poco la identidad que había construido trabajando durante toda mi vida.

Entré incluso en programas de inclusión social gracias a conocidos y a informes médicos. Pero como no tenía todavía papeles oficiales que reconocieran realmente mi situación, parecía que siempre estaba atrapado en tierra de nadie.

Demasiado enfermo para ciertos trabajos.

Demasiado “joven” para que me reconocieran incapacidad.

Aquella sensación era desesperante.

Y sinceramente, hubo momentos donde estuve muy cerca de arrojar la toalla.

Muy cerca.

Pero entonces apareció otra vez ella.

María.

Mientras yo empezaba a hundirme mentalmente, ella seguía buscando soluciones. Moviéndose. Preguntando. Empujándome incluso cuando yo ya casi no tenía fuerzas para seguir creyendo en mí mismo.

Fue ella quien terminó encontrando una oportunidad como conductor-repartidor.

Y aunque aquel trabajo acabaría siendo también durísimo para mi cuerpo… en aquel momento significó algo muchísimo más importante.

Volver a sentir que todavía servía para algo.

Porque cuando una enfermedad te va quitando partes de tu vida, llega un momento donde ya no luchas solo por el dinero.

Luchas por conservar tu dignidad.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.