El 3 de marzo de 2002 empezó una etapa de mi vida que jamás olvidaré.
Y curiosamente comenzó apenas tres semanas después de mi primer pinchazo biológico.
Todavía recuerdo el miedo que llevaba dentro aquel día.
Miedo de verdad.
Porque yo jamás había trabajado como conductor-repartidor. Toda mi vida había sido camarero. Bandejas, clientes, barras, comandas, ruido de restaurante… ese era mi mundo.
No las carreteras.
No las furgonetas.
No los mapas de pueblos perdidos de la Axarquía.
Pero necesitaba trabajar.
Lo necesitaba económicamente. Mentalmente. Humanamente.
Necesitaba volver a sentirme útil.
Y entonces apareció un golpe de suerte que aún hoy sigo creyendo que no fue casualidad.
La empresa que llevaba el reparto de la zona de la Axarquía necesitaba un ayudante. Eran tres socios. Y uno de ellos era vecino de El Palo.
"Salvador Alcaide".
La vida tiene a veces estas cosas extrañas.
Yo lo conocía de muchos años atrás porque antiguamente repartía cerveza y refrescos por la zona donde yo trabajaba de camarero. De hecho, los bares donde yo había trabajado eran clientes de su empresa.
Nos conocíamos de vista. Del trato diario. De esos saludos rápidos de trabajadores que viven siempre con prisas.
Y quizá por eso aquel hombre vio algo en mí.
O quizá simplemente me dio una oportunidad cuando más la necesitaba.
Nunca lo olvidaré.
Porque Salvador, como su propio nombre indica, fue un poco salvador en aquella etapa de mi vida.
Recuerdo perfectamente mi primer día.
La mezcla era extraña: miedo, nervios, dolor físico, y esperanza.
Hacía poco que había empezado con los biológicos y todavía no sabía realmente hasta qué punto iban a ayudarme. Lo único que tenía claro era que necesitaba agarrarme a cualquier oportunidad antes de caer del todo.
Y allí estaba yo.
Subiéndome a una furgoneta con casi treinta años largos, empezando prácticamente desde cero en un trabajo completamente distinto.
Me sentía torpe.
Perdido.
Como un niño aprendiendo otra vez.
Las rutas. Los pueblos. Los albaranes. Los horarios. Las cargas. Las entregas urgentes.
Todo era nuevo para mí.
Pero había algo dentro de mí que seguía intacto.
Las ganas inmensas de trabajar,de sentirme otra vez útil.
Y eso Salvador lo vio rápido.
Nunca fue un hombre de grandes discursos. Era más bien de esa gente antigua que habla poco pero observa mucho. Y creo que se dio cuenta enseguida de que yo iba a dejarme la piel.
Porque cuando uno ha estado cerca de tocar fondo, empieza a valorar muchísimo las personas que le tienden la mano.
Y aquel trabajo terminó convirtiéndose en mucho más que un empleo.
Fue una tabla de salvación.
La oportunidad de volver a creer un poco en mí mismo.
Aunque todavía no sabía que aquellas carreteras de la Axarquía iban a convertirse también en escenario de algunos de los momentos más duros de mi vida.
#948 en Otros
#132 en Relatos cortos
#6 en No ficción
una autobiografía, una historia de amor y familia, resiliencia y nuevas oportunidades
Editado: 23.05.2026