Tú no vas a poder Conmigo

LA CARRETERA HELADA

Hay dolores que empiezan mucho antes de que el cuerpo se rompa.

Empiezan en la obligación de seguir adelante aunque ya no puedas más.

Recuerdo perfectamente un reparto en Alfarnate, uno de esos pueblos de Málaga donde el invierno parece más duro que en cualquier otro sitio. Hacía un frío que se metía dentro de los huesos y había nevado aquella noche.

Yo venía desde Periana atravesando el Puerto del Sol, una carretera comarcal llena de curvas que conocía casi de memoria. En días normales hacía aquel trayecto rápido, casi automático. A veces incluso cogía velocidad en las rectas largas porque en aquellas carreteras apenas se cruzaban coches y en transporte urgente el tiempo siempre iba pegado a la espalda como otra carga más.

Pero aquel día no era normal.

Cuando llegué arriba, a la cima del puerto, la carretera estaba completamente helada.

Nieve.

Placas de hielo.

Silencio.

Recuerdo que un vecino me miró sorprendido y me dijo:

—¿Has entrado por aquí? Tú te vas a matar con la furgoneta.

No llevaba cadenas.

Y dar la vuelta allí era casi imposible.

Así que seguí adelante.

Los seis o siete minutos que normalmente tardaba en salir de aquella zona se convirtieron en más de una hora.

En primera marcha.

Sin apenas tocar el freno.

Con las dos manos agarradas al volante como si me fuera la vida en ello.

Y quizá sí se me iba un poco.

Recuerdo ir inclinado hacia delante, prácticamente pegado al cristal de la furgoneta, mirando cada metro de carretera como si estuviera cruzando un campo de minas.

El silencio dentro del vehículo era absoluto.

Solo estaba el motor.

El hielo.

Y mi espalda.

Mi espalda…

Aquello no era dolor normal. Era como llevar cristales clavados. Como si la columna fuera a partirse por dentro en cualquier momento.

Pero seguía.

Porque parar no era una opción.

Cuando por fin llegué al pueblo y empecé a bajar por la otra salida, donde ya no había nieve ni hielo, sentí algo extraño: alivio mental… y destrucción física.

Aquella noche terminé en urgencias.

Directamente.

No podía casi ni caminar.

Necesité medicación inyectada para soportar el dolor.

Y aun así, lo peor no era el cuerpo.

Lo peor era saber que al día siguiente probablemente tendría que volver a levantarme y seguir trabajando igual.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.