El año 2008 fue, probablemente, uno de los años más duros de toda mi vida.
Y mira que ya había pasado cosas.
Pero aquel año parecía empeñado en aplastarnos.
En febrero falleció mi suegro.
Murió en casa.
Y con él se apagó una parte enorme de María.
Mi mujer siempre ha sido fuerte. Muy fuerte. De esas personas que sonríen incluso cuando por dentro están hechas pedazos. Pero la muerte de su padre la destrozó completamente.
Todavía hoy, en 2026, sigue acordándose de él casi cada día.
A veces en silencio.
A veces mirando una fotografía.
A veces simplemente nombrándolo.
Porque hay personas que nunca terminan de irse.
Y mientras María se hundía en una depresión enorme, la vida seguía avanzando sin pedir permiso.
Mi hija hacía la comunión en mayo.
Mi suegra empeoraba cada vez más por culpa del Alzheimer.
Y yo tenía que intentar sostenerlo todo mientras apenas podía sostenerme a mí mismo.
Recuerdo aquel año como una niebla constante.
Yo ya no trabajaba porque quisiera trabajar.
Trabajaba porque no podía permitirme caer.
Los biológicos me ayudaban algo, es verdad.
Fueron un pequeño parapeto contra la enfermedad.
Un pequeño respiro.
Pero el dolor seguía ahí.
Y el cansancio… también.
Cada mañana me levantaba antes de amanecer y me recorría más de cuarenta pueblos diarios con la furgoneta de SEUR.
Vélez, Benamargosa, Cútar, Comares, Riogordo, Alfarnate, Periana…
Curvas.
Más curvas.
Carretera.
Albaranes.
Paquetes.
Todo empezó a convertirse en algo automático.
Yo ya no conducía pensando.
Conducía sobreviviendo.
Miraba la carretera, miraba el siguiente paquete, descargaba, volvía a subir, arrancaba otra vez y seguía adelante como una máquina.
Había días en los que ni siquiera recordaba haber pasado por ciertos pueblos.
Iba tan agotado física y mentalmente que llegué a conducir en piloto automático.
Y eso era peligrosísimo.
Recuerdo perfectamente una vez bajando por la zona de la Venta de Zafarraya.
Iba tarde. Como siempre.
Adelanté dos camiones seguidos en una bajada. Una locura.
Yo ni siquiera fui consciente del peligro real hasta que varios kilómetros después me paró la Guardia Civil.
Un helicóptero me había visto.
Cuando el guardia se acercó a la ventanilla y me reconoció, me cambió la cara.
Muchos guardias civiles de la zona ya me conocían de tantos años repartiendo paquetes.
Y aquel hombre, en vez de machacarme, me habló como una persona.
¡Antonio, ten cuidado!. Esto con el carnet por puntos te puede costar el trabajo.
No recuerdo su nombre.
Pero sí recuerdo perfectamente sus palabras.
Porque por primera vez alguien me hizo ver que ya no solo estaba enfermo.
También estaba completamente agotado por dentro.
Y cuando una persona llega a ese punto… deja de medir el peligro.
Ese mismo año también tuve el único accidente serio de tráfico de toda mi vida.
Después de millones de kilómetros recorriendo carreteras imposibles, después de años jugándome literalmente la vida por trabajo, el golpe llegó en una simple rotonda de Vélez Málaga.
Llovía.
El coche de delante frenó de golpe.
Yo frené también, pero la carretera estaba mojada.
No pude evitar el impacto.
Era una Citroën C15 vieja que llevaba bola de remolque. La bola se incrustó directamente en el radiador de mi furgoneta.
La avería fue enorme.
Casi dos mil euros.
Y cuando me dijeron lo que costaba la reparación, recuerdo quedarme mirando al vacío pensando:
“Ya está. Otra más.”
Porque en aquella época todo parecía ir mal al mismo tiempo.
Mi mujer rota por dentro.
Mi suegra enferma.
Mi hija pequeña necesitando a sus padres.
Yo reventado física y mentalmente.
Problemas económicos.
Dolores constantes.
Llegó un momento en el que pensé de verdad que la vida me estaba castigando por algo.
Recuerdo incluso decirme a mí mismo:
“En otra vida tuve que ser un hijo de puta… porque esto no puede ser normal.”
Siempre escuché esa frase de: “Dios aprieta, pero no ahoga.”
Pues yo sentía justo lo contrario.
Sentía que Dios no terminaba nunca de aflojarme la soga del cuello.
Pero aun así…
Seguí, continué.
No sé muy bien de dónde saqué fuerzas.
Quizá de mi hija.
Quizá de María.
Quizá de mi orgullo.
O quizá simplemente porque nunca aprendí a rendirme.
Y poco a poco, entre todos, conseguimos salir adelante otra vez.
María empezó a levantar cabeza.
Mi hija, aun siendo pequeña, seguía dando una paz increíble dentro de casa.
Y yo…
yo volví a hacer lo único que sabía hacer:
levantarme al día siguiente y continuar.
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una autobiografía, una historia de amor y familia, resiliencia y nuevas oportunidades
Editado: 23.05.2026