Hubo una etapa de mi vida en la que dejé de vivir.
Simplemente funcionaba.
Como una máquina.
Como un robot programado para levantarse, conducir, repartir paquetes y volver a empezar al día siguiente.
Y quizá lo peor de todo fue que nadie veía realmente el precio que estaba pagando por seguir en pie.
Yo descansaba sábados y domingos, pero llegó un momento en que aquello ya no era suficiente para recuperar el cuerpo. Empecé a faltar algunos viernes o algunos lunes para juntar tres días seguidos de descanso.
Aunque aquello de “descanso” era mentira.
La realidad era que pasaba esos días prácticamente encamado.
Sin ganas de moverme. Sin fuerzas. Con dolores que parecían atravesarme la espalda, las piernas, las manos y hasta el alma.
Solo quería silencio.
Solo quería cama.
Pero claro… desde fuera era difícil de entender.
Porque yo seguía teniendo “buena pinta”.
Era un tío alto. Siempre aseado. Siempre intentando mantener buena cara. Siempre con una sonrisa o una broma.
Y eso, muchas veces, juega en tu contra.
Porque la gente piensa:
“Si lo veo bien… tan mal no estará.”
Pero por dentro yo estaba astillado.
Reventado.
Y entonces empezaron los comentarios.
Algunos compañeros sí me entendían. Muy pocos, pero los había. Gente buena que veía cómo me costaba moverme o cómo a veces me quedaba clavado simplemente al bajar de la furgoneta.
Pero otros…
Otros empezaron a tomárselo a cachondeo.
Llegaba el miércoles y alguno soltaba:
¡Bueno, Antonio!… ¿el viernes vienes o no?
O directamente el viernes al terminar:
¿Y el lunes?, ¿Te vemos o no te vemos?
Lo decían entre risas.
Como si fuera una broma.
Como si uno eligiera vivir así.
Y aunque yo intentaba hacerme el fuerte, aquello me iba minando poco a poco por dentro.
Porque no era solo el dolor físico.
Era tener que dar explicaciones constantemente.
Explicar por qué faltaba. Explicar por qué no podía más. Explicar por qué necesitaba pincharme en urgencias. Explicar por qué un día llegaba andando normal y al siguiente parecía un viejo de noventa años.
Y llega un momento en el que uno se cansa de justificarse.
A día de hoy todavía me pasa.
Todavía hay veces en las que siento que tengo que demostrar que estoy enfermo.
Y no debería ser así.
No tengo que demostrarle nada a nadie.
Solo a mí mismo. Y a mi familia.
Los biológicos estaban ayudando algo, sí.
Sería mentira decir que no.
Pero avanzaban muy despacio.
Demasiado despacio para el ritmo al que avanzaba mi enfermedad.
Cada día me dolía algo nuevo.
La cadera. Las piernas. Los nudillos. Los hombros. La espalda.
Había mañanas en las que simplemente agacharme para coger un paquete parecía una prueba imposible.
Mis propios compañeros tenían que ayudarme muchas veces a cargar la furgoneta.
A veces lo hacían de corazón.
Otras veces… a regañadientes.
Y yo intentaba evitar pedir ayuda porque me negaba a sentirme inútil.
Pero ya había momentos en los que era imposible disimular.
Recuerdo especialmente a mi jefe de tráfico.
Francis Díaz.
Conmigo fue una persona espectacular.
De verdad.
Me ayudó muchísimo más de lo que seguramente la gente imagina.
Pero incluso él llegó un día a hablarme con sinceridad.
¡Antonio, no puedo cubrirte más!.
Nunca olvidaré esa frase.
No me la dijo con maldad.
Me la dijo agotado.
Porque cada vez que yo faltaba tenían que meter a dos o tres personas distintas para cubrir mi ruta.
Y aun así no conseguían sacar el trabajo.
La ruta solo la conocía yo. Los pueblos. Los clientes. Los atajos. Las entregas.
Yo hacía kilómetros que parecían imposibles.
Y aun estando destrozado… cumplía.
Francis me llegó a decir algo que todavía recuerdo:
¡No sé cómo lo haces!, pero haces una barbaridad de trabajo en el estado físico en el que estás.
Y aquello, lejos de animarme, me rompía todavía más la cabeza.
Porque una parte de mí pensaba:
“Si todavía puedo hacer esto… quizá no estoy tan mal.”
Pero otra parte sabía perfectamente la verdad.
Sabía que me estaba dejando la vida por el camino.
#948 en Otros
#132 en Relatos cortos
#6 en No ficción
una autobiografía, una historia de amor y familia, resiliencia y nuevas oportunidades
Editado: 23.05.2026