Hay decisiones en la vida que uno no toma porque quiere.
Las toma porque ya no le queda cuerpo para seguir resistiendo.
Y dejar SEUR fue una de ellas.
Después de años recorriendo la Axarquía como si fuera mi propia casa, después de miles y miles de kilómetros, de dolores, de madrugones, de comidas rápidas dentro de una furgoneta y de vivir prácticamente para trabajar… llegó un momento en que ya no podía más.
Mi cuerpo había dicho basta hacía mucho tiempo.
Lo que ocurría es que yo me negaba a escucharlo.
Pero incluso las personas más cabezonas terminan rompiéndose.
Y justo en aquella etapa apareció alguien que merece estar en esta historia.
Javier Sánchez.
Javi trabajaba en otra empresa de mensajería, en Nacex. Coincidíamos muchas veces por los mismos pueblos, los mismos clientes, las mismas carreteras interminables de curvas y barrancos.
En este trabajo acabas conociendo a todos.
Y a Javi se le veía buen chaval desde lejos.
Trabajador. Rápido. Educado. Con hambre de salir adelante.
Pero también estaba pasando una mala etapa laboral. Malas condiciones, malos horarios, poco dinero… lo típico en este sector donde muchas veces exprimen a la gente hasta dejarla seca.
Y entonces empecé a pensar algo.
Para entonces yo ya no era simplemente un empleado.
Después del primer año en SEUR, mis jefes decidieron meterme en la sociedad porque la ruta funcionaba muy bien y porque sabían perfectamente la barbaridad de trabajo que estaba sacando adelante.
Pasé de ayudante a socio.
Éramos cuatro.
La ruta prácticamente era mía.
Me compré mi propia furgoneta. Me hice autónomo. Y durante años viví pegado a aquella furgoneta más tiempo que a mi propia casa.
Pero cuando ya me faltaba apenas un año para terminar de pagarla, en casa tomamos la decisión definitiva:
tenía que dejarlo.
O dejaba el trabajo… o el trabajo terminaba conmigo.
Y fue entonces cuando pensé en Javi.
Hablé con él y fui muy claro.
¡Miira Javi!,yo creo que me voy a ir de aquí. Tú vales para esto. Eres buen conductor y buen repartidor. ¿Por qué no pruebas?
Después hablé con mis jefes y mis socios.
Y ahí volvió a aparecer algo que siempre agradeceré: la confianza.
Porque aunque mi salida era dolorosa para todos, ellos sabían que yo jamás les iba a recomendar a alguien que no trabajara bien.
¡Tráelo y lo probamos!.
Y así fue.
Durante unas semanas vino conmigo.
Le enseñé rutas. Clientes. Atajos. Los pueblos. Las entregas difíciles. Las horas buenas y las malas.
Y la verdad es que el chaval respondió espectacularmente bien.
Porque hay personas que sirven para este trabajo. Y él servía.
Entonces ocurrió algo que todavía hoy recuerdo con cariño.
Javi se quedó con mi ruta. Con mi trabajo. Y también con mi furgoneta.
Le faltaba apenas un año por pagar y él terminó de pagarla.
Y lejos de darme tristeza, aquello me dio paz.
Porque sentí que al menos dejaba algo construido.
Que mi esfuerzo no desaparecía del todo.
Que otro trabajador estaba encontrando una oportunidad igual que un día yo también la encontré gracias a Salvador.
Y fíjate qué vueltas da la vida.
A día de hoy, Javi sigue en SEUR y está considerado uno de los mejores repartidores de Málaga.
Y sinceramente…
Me alegro muchísimo por él.
Porque sé perfectamente lo duro que es ese trabajo. Y sé perfectamente lo difícil que es aguantar tantos años ahí dentro.
Después de aquello volví a coger una baja.
Esta vez mi médico sí veía claramente el estado en el que estaba.
Ya no podía esconder el agotamiento. Ni el dolor. Ni el desgaste físico y mental.
La empresa también entendió que aquello era insostenible.
Y durante un par de meses intenté simplemente parar.
Respirar.
Pensar qué hacer con mi vida.
Porque por primera vez en muchos años… ya no sabía hacia dónde tirar.
Solo tenía claro una cosa:
había dejado el volante antes de que el volante terminara destruyéndome por completo.
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una autobiografía, una historia de amor y familia, resiliencia y nuevas oportunidades
Editado: 23.05.2026