En 2011 tomé una decisión que jamás pensé que volvería a tomar.
Regresar a la hostelería.
Después de tantos años en la carretera, después de SEUR, de las curvas de la Axarquía, de los dolores y de vivir prácticamente dentro de una furgoneta… terminé volviendo al lugar donde había empezado todo.
Volví al Restaurante Gabi.
El negocio de mis tíos. Mi segunda casa. El sitio donde aprendí de verdad lo que era trabajar.
Allí había empezado siendo apenas un chaval de poco más de veinte años.
Y allí estaba mi tío Gabi.
Uno de mis grandes maestros.
Porque la hostelería no solo se aprende llevando platos o tomando comandas.
La hostelería se mama.
Se aprende mirando. Escuchando. Observando cómo se trata a la gente. Cómo se mueve una barra. Cómo se controla un salón lleno. Cómo se trabaja bajo presión sin perder jamás una sonrisa.
Y mi tío Gabi era un maestro en eso.
Yo trabajé con ellos desde los 21 hasta los 28 años aproximadamente, y ahora, después de que la vida me hubiera dado tantos golpes, volvía otra vez a aquel mismo lugar.
Pero esta vez ya no era aquel chaval joven.
Ahora volvía enfermo. Más cansado. Más roto físicamente.
Aunque quizá también más fuerte mentalmente.
Y lo curioso es que aquella etapa, aun siendo durísima, también me regaló algunos de los recuerdos más bonitos de mi vida.
Porque allí no solo trabajé yo.
También trabajó María.
Y también Paula.
Mi niña.
Mi hija decidió empezar a trabajar con apenas 16 años.
Y jamás olvidaré el día en que nos lo dijo.
No lo hizo como una adolescente caprichosa. No fue una rabieta. No fue una locura.
Lo dijo con una madurez que todavía hoy me emociona recordar.
¡Papá, mamá!….quiero ayudaros.
Así de simple.
Ella veía perfectamente que sus padres estaban enfermos.
Veía nuestros dolores. Nuestros problemas. Nuestros silencios. Las dificultades económicas.
Y quiso arrimar el hombro.
Pero claro… nosotros no queríamos.
¿Cómo íbamos a querer que una niña tan joven dejara de estudiar para ponerse a trabajar?
Intentamos quitarle la idea de la cabeza.
Y entonces se me ocurrió una idea.
Pensé: “Le doy un día fuerte de trabajo y se le van a quitar las ganas.”
Y elegí el peor día posible.
El 16 de julio.
Día del Carmen.
La gran locura de El Palo.
La patrona de los marineros.
La feria del barrio. Las calles llenas. La playa abarrotada. Los chiringuitos explotando de gente desde la mañana hasta la madrugada.
Y además… el Restaurante Gabi era uno de los chiringuitos más conocidos de toda la zona.
Aquello no era un día de trabajo.
Aquello era una batalla.
Recuerdo perfectamente que entramos a las once de la mañana.
Y desde el primer minuto aquello fue una auténtica locura.
Mesas llenas. Colas. Clientes esperando. La cocina echando humo. Los camareros corriendo. Las bandejas volando. Los espetos. La barra. Las comandas.
Un no parar.
Y yo miraba de reojo a Paula pensando:
“En dos horas me dice que se quiere ir.”
Pero no.
Ni una queja.
Ni una sola.
La niña aguantó el día entero como una veterana.
Con una sonrisa. Con educación. Con ganas. Con una fuerza que no parecía propia de una chica de dieciséis años.
Y cuando terminó el servicio, agotados todos, le pregunté:
¡Bueno!… ¿qué? ¿Te has quitado las ganas?
Y me respondió algo que todavía me emociona recordar.
¡No, papá!. Ahora entiendo todavía más lo que trabajáis.
Aquella frase me rompió por dentro.
Porque entendí que mi hija había dejado de ser una niña mucho antes de tiempo.
La vida la había hecho madurar demasiado rápido.
Y aun así, jamás se rebeló. Jamás dio problemas. Jamás levantó la voz.
Solo quería ayudar.
Y así estuvimos varios años los tres.
Trabajando juntos.
Una familia peleando unida contra la vida.
Contra la enfermedad. Contra el cansancio. Contra los problemas económicos.
Y aunque hubo días terribles… y aunque mi cuerpo seguía destrozándose poco a poco…
aquella etapa también me devolvió algo que llevaba mucho tiempo perdido:
la sensación de volver a sentirme útil.
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una autobiografía, una historia de amor y familia, resiliencia y nuevas oportunidades
Editado: 23.05.2026