Durante varios años trabajamos los tres juntos.
María. Paula. Y yo.
Y aunque suene exagerado, funcionábamos como una orquesta perfectamente afinada.
Cada uno sabía lo que tenía que hacer sin apenas hablar.
Nos mirábamos y ya sabíamos lo que faltaba. Qué mesa iba primero. Qué cliente necesitaba algo. Qué camarero estaba agobiado. Dónde hacía falta echar una mano.
Era una conexión que no se aprende.
Se vive.
Y la gente lo notaba.
Claro que lo notaba.
De hecho, muchos clientes venían precisamente por eso.
Porque no éramos simplemente trabajadores de un restaurante.
Éramos una familia trabajando unida.
Y eso transmitía algo especial.
Yo era el encargado del restaurante, sí.
Pero María no era “la mujer del encargado”.
María era María.
Y Paula tampoco era “la hija del encargado”.
Era Paula.
Las dos se ganaron su sitio trabajando más que nadie.
Desde el esfuerzo. Desde el ejemplo. Desde el sacrificio.
Sin privilegios.
Más bien al contrario.
Porque muchas veces, cuando trabajas con familia, tienes que demostrar el doble para que nadie piense que estás ahí por enchufe.
Y ellas lo demostraban todos los días.
María tenía un carácter espectacular para la hostelería.
Rápida. Resolutiva. Con ese humor suyo tan especial. Y con unos ovarios enormes para aguantar la presión de un chiringuito lleno en pleno verano.
¿Y Paula?…
Qué voy a decir de mi niña.
La veía moverse entre las mesas y muchas veces me emocionaba en silencio.
Porque había heredado algo muy difícil de explicar.
Ese don para tratar con la gente.
La simpatía natural. La educación. La cercanía.
Clientes que venían una vez… preguntaban por ella al volver.
Y poco a poco el barrio entero empezó a conocernos.
Ya no éramos solo trabajadores del Restaurante Gabi.
Éramos “la familia”.
Y sí…
También despertábamos envidias.
Porque eso existe.
Y el que diga que no, miente.
Había personas que no soportaban vernos trabajar tan unidos.
Personas a las que les molestaba que una pareja pudiera trabajar junta y además llevarse bien.
Porque existe esa famosa frase absurda de:
“Las parejas no pueden trabajar juntas.”
Pues perdón…
pero en nuestro caso era mentira.
Trabajar con María era maravilloso.
Nos entendíamos perfectamente.
Nos complementábamos.
Y después de tantos años luchando juntos contra enfermedades, problemas y golpes de la vida… trabajar codo con codo casi era nuestro idioma.
Claro que discutíamos alguna vez.
Como todo el mundo.
Pero lo normal en un negocio con tensión, calor y cientos de clientes diarios.
Nada más.
Porque al final siempre remábamos hacia el mismo sitio.
Y Paula terminó convirtiéndose en el equilibrio perfecto entre los dos.
La alegría.
La energía joven.
La sonrisa constante incluso en los peores días.
Pero mientras nosotros vivíamos aquello como algo bonito…
otros lo miraban con recelo.
Con esas envidias silenciosas tan típicas.
Las malas caras. Los comentarios. Las críticas disfrazadas.
Y lo curioso es que cuanto más trabajábamos y mejor nos iba, más crecían algunas fobias alrededor.
Hasta que llegó un momento en el que empezó a pasar algo inesperado.
Los propios clientes comenzaron a decirnos siempre lo mismo:
—¿Y por qué no montáis algo vuestro?
Al principio nos reíamos.
Porque montar un negocio propio da mucho miedo.
Muchísimo.
Más aún cuando vienes de años de enfermedad, dolores y problemas económicos.
Pero la idea empezó a quedarse rondando en nuestra cabeza.
Cada vez más.
Hasta que en 2018, después de escuchar aquello decenas de veces, tomamos una decisión que cambiaría nuevamente nuestras vidas:
Montar nuestro propio negocio.
Y en aquel momento pensamos que quizá era la solución.
Aunque con el tiempo descubriríamos que también podía convertirse en otra forma de tortura.
#948 en Otros
#132 en Relatos cortos
#6 en No ficción
una autobiografía, una historia de amor y familia, resiliencia y nuevas oportunidades
Editado: 23.05.2026