Tú no vas a poder Conmigo

MI GOZO EN UN POZO

Hay veces en la vida en las que uno confunde una salida… con otra trampa.

Y eso fue exactamente lo que nos ocurrió en 2018.

Después de años trabajando juntos en el Restaurante Gabi, después de que muchísimos clientes nos repitieran una y otra vez aquello de:

¡Antonio, montad algo vuestr!..

Terminamos creyéndolo.

Y quizá el problema no fue creerlo.

El problema fue creer en las personas equivocadas.

Montamos una pequeña taberna andaluza en una zona muy conocida de El Palo.

Un sitio precioso.

Una esquina con encanto. Bonita. Visible. Con muchísimo paso de gente.

Y sobre todo, llena de ilusión.

Porque aquella taberna no nació desde la ambición.

Nació desde el corazón.

Desde las ganas de construir algo nuestro.

Algo donde María y yo pudiéramos trabajar tranquilos, a nuestro ritmo, con nuestra forma de tratar a la gente.

Y al principio…

La cosa empezó bien.

Muy bien.

Los clientes respondían. El barrio nos apoyaba. La gente venía buscándonos a nosotros.

Buscando a Antonio. Buscando a María. Buscando ese trato cercano que llevábamos años dando.

Pero ahí empezó también el problema.

Porque el negocio lo montamos entre tres socios.

Yo. Y otras dos personas.

Uno era conocido.

El otro… yo pensaba que era amigo.

Y digo “pensaba” porque hay palabras que con el tiempo pierden el significado.

Yo puse veinte mil euros.

Veinte mil euros que perdí.

La otra persona llegó a poner treinta y cinco mil.

Y aun así, a día de hoy sigo sin entender cómo alguien puede preferir destruir un negocio antes que tragarse el orgullo.

No quiero dar nombres.

No merece la pena.

Porque esta historia no va de ellos.

Va de cómo una ilusión puede convertirse en una tortura.

Al principio todo parecía funcionar.

Pero poco a poco empezaron las tensiones.

Las malas caras. Los comentarios. Las diferencias.

María fue la primera en darse cuenta.

Mi mujer tiene algo especial para leer a las personas.

Siempre ha sido muy inteligente para eso.

Muy viva.

Y un día empezó a decirme:

"¡Ten cuidado con ellos!.

Yo le preguntaba:

¿Has visto algo? ¿Te han dicho algo?

Y ella respondía:

¡No!… pero hay algo que no me gusta.

Y tuvo razón.

Como casi siempre.

Porque llegó un día que cambió completamente mi forma de ver aquello.

Habíamos puesto cámaras en la taberna por seguridad.

Nada raro.

Lo típico por si entraban a robar o había algún problema.

Y una tarde, durante uno de mis turnos partidos, estando en casa descansando, me dio por mirar las cámaras desde el móvil.

Pero no buscando nada.

Simplemente había dejado dentro a unas señoras que llevaban varias copas y pensé:

“Voy a ver cómo va la cosa.”

Y entonces escuché algo que jamás olvidaré.

Ellos.

Hablando de mí. De María. De Paula.

Criticándonos. Destripándonos. Riendo.

Como si nosotros fuéramos el problema.

Me quedé helado.

No entendía nada.

Porque yo lo había dado todo por aquel negocio.

Mi mujer también.

Mi hija igual.

Y aun así, allí estaban.

Hablando a nuestras espaldas como si fuéramos enemigos.

Uno de ellos llevaba varias copas de vino encima y se le soltó la lengua más de la cuenta.

Y fue ahí donde entendí una de las cosas más duras de la vida:

muchas veces la envidia viene precisamente de la gente que tienes al lado.

Ni siquiera me quité la ropa.

Cogí el coche y fui directamente a la taberna.

Entré por la puerta y los pillé de lleno.

Recuerdo perfectamente el silencio.

Y recuerdo decirles:

Todo eso que estáis diciendo… ¡Ahora me lo decís en la cara!.

Lo negaron todo.

Por supuesto.

Hasta que les dije que lo había escuchado por las cámaras.

Y uno de ellos todavía tuvo la poca vergüenza de preguntarme:

¿Tú te dedicas a mirar cámaras en tu tiempo libre?

Y ahí entendí que aquello ya no tenía solución.

Porque cuando una persona intenta darle la vuelta incluso a algo tan evidente… es que ya no hay amistad posible.

Entre las barbaridades que dijeron, insinuaban auditorías, desconfiaban del dinero, de las cuentas… cuando precisamente era yo quien llevaba la administración del negocio porque alguien tenía que hacerlo.

Aquello ya no era un problema laboral.

Era una guerra psicológica.

Y yo ya venía demasiado roto de fábrica.

La espalda me dolía, sí.

Pero en aquella etapa me dolía mucho más la cabeza.

Muchísimo más.

Notaba literalmente como si me clavaran cuchillos invisibles cada vez que entraba allí.

Y entonces tomé otra decisión importante en mi vida.

Una de las más dolorosas.

Me di de baja.

Pero esta vez no solo por mi espalda.

Esta vez porque mentalmente ya no podía más.

Estaba destruido.

María llevaba tiempo diciéndomelo.

Ella incluso se había apartado un poco antes del negocio porque ya intuía lo que iba a pasar.

Y nuevamente volvió a salvarme.

Porque mientras yo seguía intentando sostener aquello, ella ya había entendido que el precio era demasiado alto.

Al final el negocio duró apenas seis meses.

Seis meses.

Toda aquella ilusión… todo aquel esfuerzo… todo aquel dinero… para terminar convertido en cenizas.

Y lo peor no fue perder veinte mil euros.

Lo peor fue sentirme traicionado.

Porque el dinero se recupera.

La paz mental cuesta muchísimo más.

Recuerdo perfectamente una frase de María en aquellos días.

Una frase que jamás olvidaré.

¡Gordo! ¿El problema tiene tratamiento?

Y yo le decía:

Sí.

Y ella respondía:

¡Pues entonces seguimos adelante!.

Así era mi mujer.

Mientras yo veía el desastre… ella seguía viendo vida.




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