Después del fracaso de la taberna necesitaba desaparecer un tiempo.
Mentalmente estaba roto.
Ya no era solamente la espalda. Ni la cadera. Ni el cansancio.
Era la cabeza.
La sensación de haber confiado en personas equivocadas. De haber perdido dinero. Tiempo. Energía. Y sobre todo ilusión.
Así que me di nuevamente de baja durante unos meses.
Tres meses aproximadamente.
Necesitaba parar.
Y curiosamente, cuando uno cree que ya no puede levantarse más… la vida vuelve a ponerle delante otra oportunidad.
En mayo volví a encontrar trabajo en otro chiringuito de Málaga.
Entré de prueba.
Y como casi siempre me ocurría en la hostelería… encajé rápido.
Porque por muy roto que estuviera físicamente, cuando me ponía delante de clientes ocurría algo extraño.
Mi cabeza reaccionaba.
Volvía el Antonio camarero. El rápido. El simpático. El resolutivo.
Y la cosa empezó a ir bastante bien.
Trabajé toda la temporada de verano y, cuando llegó octubre y empezó a bajar el volumen de trabajo, mi jefe me llamó aparte.
Y me dijo algo que jamás olvidaré.
Antonio, ahora mismo la plantilla está cubierta, pero no te despegues de nosotros. Vente los fines de semana. ¡Me gusta cómo trabajas!.
Aquello, aunque parezca pequeño, para mí significaba muchísimo.
Porque era otra persona viendo en mí algo más allá de la enfermedad.
Así que seguí yendo los fines de semana.
Pero el cuerpo volvió a avisar.
Y esta vez más fuerte.
A principios de 2020 el hombro derecho empezó a dolerme muchísimo.
Había veces que apenas podía mover el brazo.
Y además me salió un problema en la mano izquierda, justo entre el pulgar y el índice.
Un huesecillo interior comenzó a crecer y cada vez que cogía platos en forma de pinza me golpeaba ahí y veía las estrellas del dolor.
Por si fuera poco, en ambas manos empezaron a aparecerme unos bultitos en la palma.
Y el dedo pequeño de la mano derecha comenzó a quedarse bloqueado.
Como enganchado.
“Dedo en gatillo”, lo llamaban.
Después de hacerme pruebas me diagnosticaron un Dupuytren incipiente.
Otra más.
Otra puñetera cosa más.
Recuerdo perfectamente a mi médico diciéndome:
¡Antonio, tienes que parar!. Tu enfermedad ha dado otro paso adelante.
Y nuevamente necesitaba reposo.
Mi jefe, en lugar de darme la espalda, hizo algo que jamás olvidaré.
Me preparó una baja voluntaria que me permitía cobrar desempleo mientras seguía de baja médica por la mutua.
Uno de esos pequeños gestos que nunca salen en los libros… pero que salvan vidas.
Y entonces llegó marzo de 2020.
El famoso 14 de marzo.
El día en que España se encerró.
La pandemia.
El estado de alarma.
Y aquello para mí fue una mezcla extraña de sonrisas y lágrimas.
Sonrisas… porque por primera vez en muchísimo tiempo nadie me presionaba para volver rápido al trabajo.
Todo estaba parado.
La Seguridad Social prácticamente dejó congeladas muchas revisiones.
Los hospitales evitaban meter gente dentro.
Todo era telefónico.
Telemático.
Y gracias a eso no me dieron el alta inmediatamente.
Pero también lágrimas.
Muchas lágrimas.
Porque en casa apenas entraba dinero.
Yo cobraba poco más de seiscientos o setecientos euros de la mutua y el desempleo.
Y María…
Mi pobre María…
Una semana antes de los ERTE y las ayudas la habían despedido.
Así que pasamos de vivir justos… a empezar a hundirnos económicamente.
Y llegó un momento que jamás pensé vivir.
Tuve que ir a las colas del hambre.
Yo.
Antonio.
El que llevaba trabajando desde los quince años.
El que jamás había pedido ayuda a nadie.
Tuve que hacerlo.
Y aquello me destrozó por dentro.
Aunque también me enseñó algo muy importante:
la ayuda muchas veces llega de quien menos esperas.
Mis padres nos ayudaron muchísimo.
Y también personas completamente inesperadas.
Nosotros siempre habíamos sido casa de acogida para animales.
Llegamos a tener más de quince perros pasando por nuestra casa hasta encontrar adopción.
Y precisamente aquella asociación fue una de las que nos ayudó a nosotros cuando peor estábamos.
Jamás olvidaré tampoco a un amigo de María que nos mandó una compra entera de Carrefour sin avisar.
Llamaron a casa diciendo que había un pedido.
Y nosotros respondíamos:
¡Pero si no hemos pedido nada!.
Aquel gesto nos emocionó muchísimo.
Porque cuando uno toca fondo descubre rápidamente quién está… y quién no.
Y mientras tanto, yo seguía encerrado en casa.
Desde 2020 hasta prácticamente septiembre de 2021.
Y fue ahí donde la enfermedad avanzó muchísimo.
Porque nunca mejor dicho…
me anquilosé.
El cuerpo se me vino abajo.
Engordé. Fumaba demasiado. Dormía muchísimo. Me costaba hacer cualquier cosa.
Y lo peor era la sensación de inutilidad.
María volvió a trabajar cuando levantaron el estado de alarma.
Y yo me quedaba solo en casa.
Solo.
Con mi cabeza.
Con mis dolores.
Con mis pensamientos.
Y encima Paula decidió marcharse a Madrid para trabajar en Voxel School.
Mi niña.
Mi equilibrio.
Mi alegría de casa.
De repente ya no estaba.
Y aunque me sentía orgullosísimo de ella porque encajó perfectamente en Madrid y luchó por su futuro… la echábamos muchísimo de menos.
Muchísimo.
La casa se quedó en silencio.
Y yo cada día me iba apagando más.
Recuerdo levantarme tardísimo. No tener fuerzas. No hacer ni la comida. No poner una lavadora.
Yo, que siempre había sido un hombre activo, servicial y apañado para todo.
Solo quería dormir.
Dormir y descansar.
Como si mi cuerpo intentara esconderse del mundo.
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una autobiografía, una historia de amor y familia, resiliencia y nuevas oportunidades
Editado: 23.05.2026