Antes de que aquella reumatóloga pronunciara por primera vez las palabras “espondilitis anquilosante”, yo ya llevaba años peleándome contra un enemigo invisible.
Un enemigo que nadie sabía nombrar.
Y cuando nadie sabe decirte qué tienes, acabas convirtiéndote en tu propio experimento.
Pasé por médicos privados, fisioterapeutas, masajistas, rehabilitaciones, gimnasios y remedios que me recomendaba cualquiera que jurara haber mejorado de algo parecido. Yo ya no buscaba curarme. Me habría conformado con dormir una noche sin dolor.
Recuerdo una sesión de ventosas que todavía hoy tengo fotografiada en algún cajón de mi casa. Mi espalda parecía el lomo de un dálmata: llena de moratones redondos, marcas oscuras y líneas cruzadas como si me hubieran arañado con cuchillas. Mi mujer me hizo una foto porque ni nosotros mismos podíamos creer cómo había quedado.
Y aun así… yo volvía.
Porque cuando uno vive desesperado, cualquier pequeña mejoría parece esperanza.
También probé la acupuntura.
Probé masajes imposibles.
Probé ejercicios que prometían fortalecerme y solo conseguían dejarme más roto todavía.
En un gimnasio llegaron a decirme que mi problema era falta de abdominales. Me hinché a hacer ejercicios mientras mi espalda gritaba por dentro. Lo único que conseguí fueron agujetas, más dolor y más frustración.
Cada persona me daba una explicación distinta.
Que si era estrés.
Que si ansiedad.
Que si malas posturas.
Que si tenía que moverme más.
Que si tenía que moverme menos.
Yo ya no sabía qué creer.
Estaba más perdido que Spiderman en el desierto.
Hubo incluso un médico privado que me recetó una medicación retirada casi del mercado. Recuerdo recorrer media Axarquía hasta encontrar una farmacia en Cómpeta donde aún quedaba una caja olvidada.
Veintitantos euros costaba.
Y lo más increíble es que funcionó.
Durante unos días sentí algo parecido a una vida normal. Un pequeño respiro. Una tregua diminuta. Pero aquella medicación tenía demasiados efectos secundarios y terminó desapareciendo.
Como tantas otras falsas esperanzas.
Entre pastillas, antiinflamatorios y calmantes apareció también otro problema: una hernia de hiato. Mi cuerpo ya parecía una guerra abierta. A los dolores había que sumar ardores, reflujo y más medicación para soportar la propia medicación.
Era absurdo.
Hubo un médico del que sí me acuerdo especialmente.
El doctor Vitaly.
Creo recordar que era ucraniano. Un hombre serio, muy directo, pero con unas manos que parecían entender mejor mi cuerpo que muchos informes médicos.
Llegué a su consulta ya desesperado. Como quien entra en un sitio pensando: “Bueno… vamos a probar una última cosa.”
Y fue él quien me habló de unas infiltraciones con un medicamento llamado Inzitan. A día de hoy todavía me acuerdo del nombre porque durante un tiempo fue como una pequeña luz dentro de tanta oscuridad.
Recuerdo perfectamente aquella primera inyección.
Y recuerdo aún mejor lo que vino después.
Al cabo de unos días noté algo que ya casi había olvidado: alivio.
No era milagroso.
No era magia.
No me curó.
Pero me dio aire.
Me permitió moverme algo mejor. Dormir algo mejor. Vivir un poco mejor.
Y cuando uno lleva años con dolor constante, una mejora pequeña se convierte en un tesoro gigantesco.
Yo llegué a pensar:
“Este hombre es la panacea.”
Incluso compré ampollas para tenerlas en casa. Creo que todavía me queda alguna guardada entre papeles, informes médicos y recuerdos de guerra.
Con el tiempo entendí que aquello solo era un parche temporal. Otro más. Pero jamás olvidaré la sensación de salir de aquella consulta creyendo, aunque fuera durante unos meses, que quizá todavía había esperanza para mí.
Y eso también vale mucho.
#948 en Otros
#132 en Relatos cortos
#6 en No ficción
una autobiografía, una historia de amor y familia, resiliencia y nuevas oportunidades
Editado: 23.05.2026