Tú no vas a poder Conmigo

NUEVO MEDITERRÁNEO

El 8 de diciembre del 2021 volví a ponerme una camisa blanca, un mandil y esa mezcla de miedo e ilusión que solo entiende quien ha pasado mucho tiempo roto y aun así decide volver a levantarse.

Todavía llevaba el hombro derecho recién operado. Aún estaba recuperándome. Había días en los que levantar el brazo para coger una bandeja me dolía como si me clavaran un hierro caliente. Pero por dentro algo había cambiado. Después de tocar fondo durante la pandemia, después de sentirme inútil, derrotado y vacío, había vuelto a encenderse algo dentro de mí.

Ganas.

Ganas de volver a ser Antonio.

Recuerdo perfectamente aquella mañana. El chiringuito llevaba apenas un mes y medio abierto. Se llamaba Nuevo Mediterráneo. Un sitio precioso, mirando al mar, de esos lugares donde el olor a espetos se mezcla con el salitre y con el ruido de las conversaciones felices.

Yo iba simplemente a hacer una prueba.

Otra más.

Pero ya sabía algo que antes no entendía: cuando uno lleva toda la vida haciendo algo con el corazón, no necesita mucho tiempo para demostrar quién es.

Mi jefe, Marcos, era joven, emprendedor, con muchas ganas de llevar ese proyecto adelante. Tenía ilusión, pero también tenía un problema que conozco demasiado bien: encontrar personal comprometido.

Había trabajadores buenos, otros normales y otros simplemente estaban allí por echar las horas.

Y entonces aparecí yo.

Un tío de cincuenta años, recién operado, enfermo de los huesos y pidiendo turnos partidos.

Vamos, el currículum perfecto para que cualquiera saliera corriendo.

Todavía recuerdo la cara que puso cuando fui sincero con él.

¡Mira, Marcos, te voy a hablar claro!. Tengo una enfermedad reumática, me acabo de operar del hombro y quiero turnos partidos.

Se quedó mirándome como diciendo:

“Este hombre o es el tío más sincero del mundo… o me está metiendo el gol de mi vida.”

Porque ningún camarero quiere turnos partidos.

Nadie.

Eso no es vida.

Entrar, salir, volver, doblar servicios… vivir pendiente del reloj. Pero para mí tenía sentido. El restaurante estaba cerca de casa. Eso me permitía llegar, tumbarme una hora, medicarme, darme una ducha caliente y volver a salir a luchar.

Porque yo no quería dejar de luchar.

Le dije otra cosa que recuerdo perfectamente:

¡No quiero hablar de sueldo todavía!. Tú pruébame un mes. Y cuando pase ese mes, decides cuánto crees que valgo.

Eso le sorprendió todavía más.

Hoy en día mucha gente llega vendiéndose como el Messi de la hostelería. Currículums enormes, mil restaurantes, mil cursos, mil historias.

Mi currículum era pequeño.

Pero tenía algo que no se aprende en academias.

Había vivido la hostelería desde abajo.

Había cargado cajas, limpiado cámaras, corrido bandejas, aguantado dobles turnos, trabajado enfermo, trabajado roto y trabajado llorando por dentro sin perder la sonrisa.

Y eso, tarde o temprano, se nota.

Encajé desde el primer día.

Como casi siempre me había pasado en mi vida laboral.

Los clientes empezaron a preguntar por mí. Los compañeros empezaron a apoyarse en mí. Y Marcos empezó a entender rápidamente que yo no venía a calentar una silla.

Venía a trabajar.

Venía a sentirme útil otra vez.

Aquellos primeros meses fueron extraños. Mi hombro seguía molestando muchísimo. Muchas noches llegaba a casa y no podía ni quitarme la camiseta solo. Había veces que me quedaba sentado en la cama mirando el suelo mientras María me preparaba agua caliente o me ayudaba con cualquier tontería.

Y aun así… era feliz.

Porque había recuperado algo que había perdido durante la pandemia.

La dignidad que yo mismo sentía haber perdido.

Seguí yendo los fines de semana durante la temporada baja. Poco a poco fui cogiendo fuerza. Poco a poco fui volviendo a ser rápido. Volviendo a anticiparme a los clientes. Volviendo a leer las mesas con una simple mirada.

La hostelería es eso.

No es llevar platos.

Es leer personas.

Es saber cuándo una mesa necesita tranquilidad, cuándo necesita rapidez o cuándo simplemente necesita una sonrisa.

Y yo eso lo llevaba dentro desde niño.

Cuando llegó Semana Santa, Marcos ya tenía claro que quería contar conmigo en plantilla.

Y aquí sigo.

Han pasado ya más de cuatro años.

Hoy soy uno de los trabajadores más antiguo del restaurante.

Mi jefe me quiere muchísimo y yo a él también. Porque en esta vida uno nunca olvida a la gente que apostó por ti cuando todavía estabas reconstruyéndote por dentro.

Y Marcos apostó por mí.

Como también lo hizo aquella reumatóloga años atrás.

Como lo hizo mi mujer toda la vida.

A día de hoy sigo igual por dentro.

Con dolores.

Con noches malas.

Con días donde mi cuerpo está al veinte por ciento.

Pero mi cabeza…

Mi cabeza sigue con las orejas tiesas.

Siempre digo que soy como mi perrita Nala, una podenca nerviosa y lista que siempre está alerta a todo. Pues yo igual. Estoy pendiente de cada cliente, de cada detalle, de cada gesto.

Abrazo a todo el mundo.

A los clientes, a los compañeros, a los amigos.

Porque he aprendido que bastante dura es ya la vida como para vivirla enfadado.

Y eso no se compra con dinero.

Eso se gana.

A base de años.

A base de trato humano.

A base de verdad.

Mis compañeros jóvenes muchas veces me miran sorprendidos. Ven a un hombre de cincuenta y tantos años tirando del carro como el primero. Queriendo cargar peso aunque no deba. Intentando demostrar, quizás más a mí mismo que a nadie, que todavía sigo siendo útil.

Marcos muchas veces me regaña.

¡Antonio, deja eso!

¡Antonio, no cojas peso!.

¡Antonio, dedícate a los clientes!.

Pero yo no sé quedarme quieto.

No quiero sentirme inválido.

Aunque luego el cuerpo me pase factura.




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