Cristina
Me llamo Cristina y, para ser sincera, todavía no estoy segura de conocerme por completo.
Soy de esas personas cuya vida siempre se ha dividido entre la “fuerte por fuera” y la “asustada por dentro”. De las que sonríen cuando lo que realmente quieren es gritar. De las que cargan con más de lo que pueden soportar para que nadie piense que son débiles.
Crecí en una ciudad pequeña, donde todos se conocen y las opiniones ajenas suenan más fuerte que la propia voz interior.
Tengo veintiún años. Sigo estudiando, aún no sé quién quiero ser en este mundo, pero sí sé que nunca quise depender de nadie. Nunca quise que decidieran por mí, porque quería elegir por mí misma.
Por fuera soy tranquila. Demasiado tranquila como para que la gente adivine que dentro de mí hay toda una tormenta. Alta, pero intentando no llamar la atención. Los mechones rojizos de mi cabello son lo primero que todos recuerdan, aunque a veces odio ese fuego que llevo dentro.
Siempre lo tiño exactamente del mismo tono, como si me aferrara a algo estable en mi vida. Ojos castaños que, como me han dicho, “siempre esconden algo no dicho”. Y lo esconden… muchas cosas.
Crecí en una familia donde había que madurar antes de tiempo. Donde nadie explicaba qué era el amor, y por eso todavía no estoy segura de si lo entiendo bien.
Mi fortaleza es mi calma. Mi debilidad es que por dentro soy muy sensible, aunque sé disimularlo. Estoy acostumbrada a ser la que escucha. La que no grita, sino que acepta.
Soy el tipo de mujer al que los hombres a menudo no notan… a menos que miren un poco más profundo. Y, claro, si saben leer mi silencio.
Y él sabía hacerlo… Siempre lo supo. No sé cuándo empezó exactamente. Cuándo su mirada comenzó a cambiar mis pensamientos. Cuándo un encuentro casual, breve e inesperado se convirtió en el punto del que ya no pude regresar.
Pero eso vendrá después. Ahora soy solo Cristina. Una chica que intenta recomponerse. Una chica que sabe demasiado bien cómo vivir con el corazón herido. Y que aún no sabe que muy pronto su mundo cambiará para siempre.
Porque él ha vuelto. Y desde ese momento, mi vida dejó de pertenecerme.
Por ahora, los estudios… la universidad… Parece ser el único lugar donde puedo respirar con tranquilidad.
No porque adore mi facultad. No. Simplemente porque allí no le debo nada a nadie. Llego, escucho, hago mis tareas y desaparezco.
La universidad en la gran ciudad me enseñó dos cosas: dejar de ser “la niña del pueblo pequeño” y confiar más en mí misma que en cualquier otra persona.
Estudio en la facultad de psicología social. Irónico, ¿verdad? Una chica que teme sus propios sentimientos intenta comprender los sentimientos de los demás.
Entré allí no por vocación.
Simplemente porque parecía algo real, accesible, tranquilo. Y yo siempre elijo la tranquilidad.
Pero hay una persona que llenó mi vida de tantos colores que a veces me sorprende pensar cómo pude vivir sin ella antes.
Marina. Nos conocemos desde los catorce.
Aquel verano en el que me atreví por primera vez a salir sin el permiso de mis padres y la conocí: divertida, intrépida. Era lo opuesto a todo lo que yo era.
Marina nunca supo callarse. Nunca tuvo miedo de la gente. Nunca permitió que el mundo la rompiera; al contrario, ella lo moldeaba a su manera, con una terquedad que siempre me faltó.
Se convirtió en mi amiga en el período más difícil, cuando sentía que el mundo estaba en mi contra. Ella me empujaba hacia adelante y yo la equilibraba. Ella me salvaba de mis pensamientos, y yo la salvaba de sus decisiones impulsivas.
Crecimos casi juntas. Compartimos los primeros secretos, las primeras derrotas, los primeros enamoramientos adolescentes y absurdos. Ella fue la persona en la que confié incluso antes de aprender a confiar en mí misma.
Y ahora, a los veintiún años, sé que Marina es esa rareza que no se puede perder. Ese vínculo que no se crea en uno o dos años, sino que crece contigo.
Ella me conoce mejor que nadie.
Sabe por qué tiemblo cuando alguien levanta la voz. Por qué evito las fiestas. Por qué a veces desaparezco un día entero sin avisar.
Pero hay un tema que nunca tocamos. Su hermano. O mejor dicho, lo que él fue para mí cuando yo aún era una niña y él… ya no era ningún chico.
Marina ni siquiera imagina que con solo oír su nombre se me contrae el estómago. Que recuerdo su mirada, aunque entonces me mirara solo como a la amiga de su hermana menor.
Ella no lo sabe… y no debe saberlo. Porque ¿cómo decirle a la persona más importante de tu vida que su hermano es aquello en lo que piensas por las noches, lo que temes y lo que más deseas?
El día de hoy empezó de manera normal.
Café, llegar tarde a clase, una furgoneta abarrotada, la multitud en las escaleras de la universidad.
La calma dentro de mí, como siempre antes de una tormenta que no siento, pero que inconscientemente espero.
Estaba sentada en el aula junto a la ventana, girando un bolígrafo entre los dedos y pensando que quizá hoy, por fin, todo sería sencillo.
Sin emociones. Sin recuerdos. Sin él, ni siquiera en mis pensamientos.
Entonces apareció Marina en la puerta. Tarde, como siempre, pero con la misma energía, como si el mundo girara a su alrededor. Me lanzó una sonrisa, se dejó caer en la silla a mi lado y susurró:
—No te imaginas quién ha vuelto.
Ni siquiera tuve tiempo de preguntar quién.
Porque mi corazón ya lo sabía. Se encogió, como asustado por su propio presentimiento. Ni siquiera la miré; solo escuchaba su voz, que un minuto antes me había parecido normal.
—Artem —dijo con una sonrisa ligera, como si no hablara de una persona—. Llegó ayer. Dice que esta vez se quedará aquí por mucho tiempo.
No pude responder. Sentí cómo mis dedos empezaban a temblar traicioneramente. Un pequeño golpe dentro del pecho fue como una explosión silenciosa que rasgó el aire.
Editado: 19.01.2026