Cristina
Las clases terminaron antes de lo habitual.
Ya estaba guardando los cuadernos en la mochila cuando Marina me agarró de la mano:
—Vámonos a mi casa. Aunque sea por una horita. Mi hermano ha llegado y mamá prometió preparar algo especial.
Estuve a punto de sonreír. “Mi hermano ha llegado” —las palabras que había intentado sacar de mi cabeza durante todo el día. Marina lo dijo con ligereza, sin la menor idea de que para mí esas palabras eran como una tormenta entera.
—No lo sé… —empecé con inseguridad—. ¿Quizá otro día?
—Cristina, no inventes —Marina puso esa expresión suya que yo nunca podía resistir—. Hace siglos que no vienes a casa. Artem trajo un montón de cosas, mamá lleva en pie desde la mañana. Solo nos sentamos un rato, como antes.
Como antes.
Esa palabra resonó bajo mis costillas, aguda y dolorosa.
Asentí, aunque todo dentro de mí gritaba “no vayas”. Pero la curiosidad… y algo más, más pesado, me empujó hacia adelante.
Su casa no había cambiado. La misma calle estrecha, la valla color lila y el olor a repostería que siempre salía de las ventanas de la cocina. Cada vez que cruzaba ese umbral, me cubría una ola extraña, como si los recuerdos cobraran vida por sí solos.
Marina y yo nos quitamos los abrigos, y ella enseguida gritó hacia arriba:
—¡Mamá! ¡Ya estamos en casa! ¡Y Cristina está con nosotras!
Desde algún lugar de arriba se oyó una respuesta apagada, luego pasos en la escalera. Pesados, lentos y familiares.
Mi corazón empezó a latir más rápido incluso antes de verlo. Cada sonido era una advertencia, y cada respiración, más corta que la anterior.
Y entonces apareció Artem.
Bajaba las escaleras con el teléfono en la mano, con esa misma expresión tranquila que yo recordaba. No necesitaba decir nada. Su sola presencia llenó el espacio. El silencio se volvió denso, como humo.
Su mirada se deslizó sobre mí —rápida, pero suficiente—. Lo justo para que el pecho me ardiera, como aquella vez en que entendí por primera vez que no era solo el hermano de mi amiga.
—Hola —dije casi en un susurro.
—Hola, Cristinita —su voz era más grave de lo que recordaba. Cálida. Pesada. Demasiado familiar.
Me llamó como antes. Y por dentro todo se desplazó.
—Cuánto tiempo sin vernos —añadió, inclinando ligeramente la cabeza.
—Sí —apenas logré decir, bajando la mirada—. Muchísimo tiempo.
Marina contaba algo animadamente sobre el camino, pero yo casi no la escuchaba. Solo lo veía a él: tranquilo, contenido y seguro. Su mirada volvió a recorrerme, esta vez un poco más despacio. Y entendí que él también lo recordaba todo.
Cuando nos sentamos a la mesa, intenté no mirar en su dirección. Cada movimiento, cada palabra, parecía un esfuerzo por mantener el equilibrio. Marina bromeaba, su madre preguntaba por mis estudios, y Artem guardaba silencio.
Y ese silencio sonaba más fuerte que cualquier conversación.
Sentí su mirada de nuevo cuando levanté la taza de café. Como un roce: cuidadoso, pero firme. Entonces sonrió en silencio, casi imperceptiblemente.
De un modo que nadie notó. Solo yo.
Todo mi cuerpo reaccionó al instante. Supe que había empezado otra vez. Eso que había ocultado dentro de mí durante años. Eso que temía incluso nombrar.
Cuando miré por la ventana, afuera ya estaba oscureciendo. La luz de las farolas caía sobre la calle nevada, y en la habitación se volvió todo suave y amarillo, como si el mundo respirara calma.
Marina estaba sentada a mi lado, contando otra historia sobre chicos de nuestro curso, y yo me descubrí dejando pasar cada palabra sin escucharla. Mi atención no estaba en ella. Ni en el café. Ni en la velada.
Estaba en quien guardaba silencio.
Artem estaba sentado frente a mí, apoyando el codo en la mesa, y no interrumpió nuestra conversación ni una sola vez.
Solo escuchaba. Y miraba. No de forma descarada ni abierta; lo hacía en silencio, pero de tal manera que yo lo sentía en cada célula de la piel.
Varias veces me sorprendí con ganas de levantar la vista, pero me daba miedo encontrarme con sus ojos. Porque sabía que, si lo hacía, no podría apartarlos.
—Ya es hora de que me vaya —dije por fin, solo para hacer algo con ese extraño temblor que llevaba dentro—. Es tarde.
—Espera —se levantó Marina—. Te acompaño.
Pero no llegó ni a coger el abrigo cuando, detrás de ella, la voz tranquila de Artem se oyó:
—Mejor te llevo yo.
Su tono no dejaba espacio para objeciones. Era un simple hecho, dicho con calma, como una constatación.
Marina sonrió: —¿Ves? Qué suerte. Ahora tienes chófer.
Él no respondió. Solo me miró un instante, y eso bastó para que mi corazón se saltara un latido.
El coche estaba aparcado frente a la casa. Me senté en el asiento del copiloto, intentando no tocar nada de más. El aire dentro olía a perfume masculino y a algo tan familiar que me dieron ganas de cerrar los ojos.
Arrancó el motor. El silencio entre nosotros era tan denso que parecía que se podía respirar.
No hablamos. Solo la luz de los faros se deslizaba por las calles vacías, cortando la oscuridad.
—¿Ya estás estudiando? —rompió el silencio primero.
—Sí —respondí, mirando por la ventana—. Psicología.
—Lo recuerdo —dijo en voz baja—. Antes decías que querías entender a las personas.
Me giré sorprendida. Él no apartaba la vista de la carretera. Pero una sonrisa apenas visible apareció en las comisuras de sus labios.
—No pensé que lo recordarías —dije.
—Recuerdo más de lo que crees.
Sus palabras sonaron tranquilas, pero había algo en ellas que me recorrió con un escalofrío.
No era miedo, sino la sensación de que bajo la superficie de esa conversación había algo más profundo.
El coche giró suavemente hacia mi calle.
Quería que siguiera avanzando un poco más.
Y, al mismo tiempo, que se detuviera ahora mismo, porque ya no podía respirar en ese silencio lleno de él.
Editado: 12.02.2026