Cristina
Siempre me ha parecido que solo soy realmente yo cuando me quedo a solas conmigo misma.
No en la universidad, ni de visita, donde sonríes para no provocar preguntas innecesarias.
Sino en casa… en mi pequeña caja.
Mi “hogar” es un pequeño piso alquilado en el último piso de un edificio antiguo. Algunas grietas en el techo, paredes finas, radiadores que a veces calientan y a veces no. Pero es mi lugar. O, mejor dicho, el único lugar donde puedo ser yo misma en la medida en que sé hacerlo.
Estoy acostumbrada a volver aquí tarde. La cocina me recibe con oscuridad hasta que enciendo la luz sobre la encimera. Lo primero que hago es quitarme los zapatos y tirar la mochila sobre una vieja silla junto a la entrada. Luego me quedo unos segundos apoyada con la espalda en la puerta, escuchando el silencio.
A veces pesa. Pero después de una infancia llena de gritos constantes, portazos, reproches y discusiones, aprendí a quererlo.
Ya no hay nadie que diga que hago algo “mal”. Nadie que recuerde cuánto dinero gastaron en mí. Nadie que me haga sentir de más en mi propia vida. Estoy sola. Y, quizá por primera vez, no da miedo.
En la cocina está mi taza amarilla favorita, con el asa agrietada. Un pequeño hervidor y una caja del té más barato. No soy exigente, porque a veces el agua caliente y un trozo de pan parecen un lujo después de un día duro.
Mientras el agua hierve, entro en la habitación.
La cama cubierta con una manta gris. Un viejo escritorio junto a la ventana, que encontré en OLX y que apenas logramos subir hasta aquí Marina y yo, y un par de libros sobre el alféizar.
Mi vida en casa es sencilla. Por la mañana, la universidad. A veces, después de clases, algún trabajo extra: reorganizar un almacén, pegar anuncios, ayudar en una cafetería los fines de semana. Por la noche: apuntes, té, una manta y auriculares.
Mis padres llaman poco. Sobre todo cuando necesitan algo:
“¿Pagaste los servicios?”, “¿Cuándo te dan la beca?”, “Entiendes que no podemos ayudarte, ¿verdad?”.
Estoy acostumbrada. Sus llamadas se parecen más a recordatorios de obligaciones que a muestras de amor. Yo tampoco suelo llamarlos primero.
Me resulta más fácil decir que todo está bien que explicar que, a veces, por las noches, solo quiero que alguien me pregunte: “¿Cómo estás?”.
Quizá por eso me aferro tanto a Marina. Y a este piso. A mi pequeño y frágil mundo, donde nadie tiene derecho a gritarme.
Siempre hago lo mismo al volver a casa: me quito la chaqueta, pongo el hervidor, enciendo una luz suave en la habitación y saco al azar cualquier cuaderno de la mochila. Como si esa secuencia de acciones me mantuviera unida. Hoy todo es igual. Excepto por dentro.
Estoy sentada en el suelo, apoyada con la espalda en la cama, con la taza en las manos, mirando por la ventana. Afuera es de noche. Los coches hacen ruido de vez en cuando, y en mi cabeza hay una escena completamente distinta.
Su rostro en el interior del coche, a media luz.
Su voz cuando dijo: “Recuerdo más de lo que crees”.
Su mirada, tan tranquila y a la vez tan pesada que podría haberte clavado al sitio.
Intento pensar en otra cosa.
En la clase de mañana. En que tengo que lavar la ropa. En que el dinero vuelve a acabarse más rápido de lo que quisiera.
Pero por más que me refugie en la rutina, mis pensamientos regresan una y otra vez al mismo instante: cuando me llamó “Cristinita”.
Como si entre aquel entonces y ahora no hubieran pasado tantos años.
Doy un sorbo al té; ya está apenas tibio.
Dejo la taza en el suelo y cierro los ojos.
En mi vida nunca hubo espacio para grandes historias de amor. No hubo caballeros que rescatan ni hombres que se quedan pase lo que pase. Aprendí a no esperar.
Y ahora… parece que algo grande está a punto de cruzar el umbral de mi pequeño y acostumbrado mundo.
Y no sé si me romperá o si, por fin, me mostrará quién soy en realidad.
Siempre pensé que no pertenecía a nadie.
Solo a mí misma. Pero su mirada hoy, en el coche, dijo lo contrario. Y ese pensamiento, curiosamente, no me dio miedo, sino un dolor dulce.
…Entonces yo tenía quince años. Verano. El aire caliente hacía que las palmas se pegaran, y aquella misma casa donde hoy volví a sentarme a su mesa. Solo que entonces todo parecía más grande. La casa, las escaleras, y él.
Marina se preparaba para alguna fiesta escolar, saltaba por la habitación entre vestidos, purpurina y sus eternos “mira, ¿qué tal?”. Y yo… yo solo observaba y sonreía. Como siempre.
Artem había venido el fin de semana. Aún no era quien es ahora. No un millonario, no un empresario, no ese hombre frío y contenido al que ahora todos temen. Era simplemente “el Artem adulto”. Casi un desconocido que a veces se cruzaba con nosotras.
Recuerdo cómo estaba de pie en la cocina, apoyado con las manos en la mesa, escribiendo algo en un cuaderno.
El sol caía sobre su perfil, y era tan… bonito que seguía cada uno de sus movimientos con la mirada.
Yo ya sabía entonces que algo no estaba bien conmigo.
Que no era solo “me cae bien como persona”. Que por alguna razón me importaba si me miraba o no. Si recordaba lo que yo decía o lo olvidaba al instante.
Aquel día Marina salió a buscar a una vecina y su madre fue a la tienda. Nos quedamos solos durante unos minutos. Yo pensé que era una señal. Que tenía que decirlo. Que si no era ahora, no sería nunca.
El corazón me latía en la garganta cuando me acerqué. Él no levantó la vista de inmediato; seguía escribiendo, como si no me notara.
—Artem… —mi voz sonó extrañamente fina.
—¿M? —por fin levantó los ojos.
Los mismos ojos. Un poco cansados, un poco irónicos, pero atentos. Y en ese instante olvidé todas las frases ensayadas. Todo lo que había repetido en mi mente, imaginando la escena “correcta”.
—Yo… —tragué saliva—. Creo que me he enamorado.
Editado: 12.02.2026