Tú serás mía

Capítulo 6

CRISTINA

En la universidad siempre huele a cansancio y a conversaciones ajenas.
Ese olor normalmente me tranquiliza, porque me recuerda que la vida está hecha de pequeñas cosas: planes para el día, apuntes, rutinas.
Pero hoy no ayudaba.

Estaba sentada en el aula, en la tercera fila, mirando la pizarra y fingiendo con esmero que escuchaba. En realidad, cada palabra del profesor pasaba de largo, sin tocar nada dentro de mí.

Una y otra vez volvía la mañana.
El coche negro bajo el portal.
Su mirada.
Su voz, tranquila y segura, como si no preguntara porque ya conocía la respuesta.

No voy a esconderme…
Esas palabras se me quedaron clavadas en algún lugar entre el corazón y la garganta, y no conseguía sacarlas de ahí. Intenté convencerme de que no significaban nada.
Que él solo era el hermano mayor de Marina.
Que todo era una coincidencia extraña, simple cortesía, una preocupación normal.

Había vivido sin él durante tantos años. Aprendí.
Sobreviví. Construí mi pequeño mundo silencioso, cuidadoso y controlado.
Y ahora no tenía ningún derecho a aparecer de repente y sacudirlo todo.

—Cristina, ¿estás con nosotras? —susurró Marina, inclinándose hacia mí.

Me sobresalté y asentí rápido.

—Sí, perdón… estaba pensando.

Me miró con atención, pero no dijo nada. Se lo agradecí.
Porque si me hubiera preguntado en qué, no habría sabido responder sin traicionarme.

Clase tras clase pasaban despacio, como si alguien estirara el tiempo a propósito. Tomaba apuntes, hacía anotaciones, respondía mecánicamente a las preguntas.
Hacía todo bien. Como siempre.

Solo que dentro de mí vivía constantemente una idea obsesiva: él sabía dónde vivía. Sabía más de mí de lo que yo había permitido nunca a nadie. Y eso era, al mismo tiempo, aterrador… y extrañamente tranquilizador.

Después de la última clase no me quedé. No fui a tomar café con Marina, no me quedé en el pasillo hablando de tonterías.
Necesitaba moverme. Estar entre ruido.
Desaparecer.
El trabajo extra en el bar siempre me salvaba en días así.

El bar abría más cerca de la tarde.
Entré por la puerta de servicio, me cambié al uniforme y me recogí el pelo en una coleta. Camiseta negra, delantal, maquillaje mínimo.
Aquí no era Cristina con recuerdos y miedos. Aquí era solo una camarera.

—Hola —asintió Sasha, el barman, sin dejar de pulir los vasos—. Hoy habrá mucha gente.

—Como siempre —respondí, y por alguna razón me alegró.

Los primeros clientes llegaron enseguida.
Risas, música, el tintinear de la vajilla: todo me cubría como una ola. Llevaba bebidas, tomaba pedidos, sonreía, bromeaba. Las manos se movían solas, el cuerpo recordaba cada paso. Y por primera vez en el día pude respirar un poco.

Aquí nadie me miraba como si me conociera por dentro.
Aquí no había pasado.
Aquí no estaba Artem.
O al menos… eso pensaba.

Estaba colocando unos cócteles en una mesa del rincón cuando sentí esa tensión extraña y familiar. Como si el aire se hubiera vuelto más denso. Como si alguien me estuviera mirando.

Me enderecé despacio y, sin quererlo, levanté la vista hacia la barra.
Él estaba allí.
Chaqueta oscura, postura tranquila, la mirada encontrándome al instante entre decenas de personas.
Artem.

Mi corazón dio un salto brusco y doloroso. No… aquí no.

No sonreía. No levantó la mano.
Simplemente miraba, como si supiera que yo me daría la vuelta. Y en ese momento entendí que, por mucho que intentara vivir como si él no existiera, ya había vuelto a formar parte de mi vida.
Y esta vez, mucho más cerca de lo que me permitía imaginar.

Fingí no notarlo de inmediato.
Era una mentira para mí y para el mundo.
Porque sentí a Artem incluso antes de levantar la vista. El aire se espesó, la música se volvió sorda, y mi espalda se tensó como si alguien la tocara con la mirada.

—Cristina —su voz sonó a mi lado, inesperadamente baja—. ¿Podemos hablar?

Estaba colocando la cuenta sobre la barra. Los dedos casi me temblaron. Me giré despacio, como si de verdad me diera igual.

—Estoy trabajando —dije con calma—. Si necesita algo, hable con el barman.

—Te necesito a ti —respondió igual de tranquilo—. Y no es un pedido.

Tragué aire. A mi alrededor alguien reía, alguien llamaba a una camarera, pero para mí el espacio se redujo a nosotros dos.

—Artem —bajé la voz—. Por favor. No aquí.

Lanzó una mirada rápida alrededor y luego asintió hacia un pasillo más oscuro, junto al almacén.

—Dos minutos.

Fui yo la que caminó primero.
No porque él lo dijera.
Sino porque no había adónde huir.

Allí era más silencioso. El olor a alcohol se mezclaba con metal y frío. Crucé los brazos sobre el pecho, intentando parecer firme.

—Este no es el mejor lugar para hablar —empecé—. Y si Marina se entera de que tú…

—Cristina —me interrumpió—. Mírame.

No quería hacerlo.
Pero lo hice.

Su rostro estaba serio. Sin enfado. Sin sonrisa.
Solo con la misma tensión que había visto por la mañana.

—¿Llevas mucho tiempo trabajando aquí? —preguntó.

—Lo suficiente —respondí con sequedad—. Y no es asunto tuyo.

—Sí lo es —dijo en voz baja—. Porque este lugar es peligroso.

Sonreí con un gesto brusco, casi desafiante.

—¿Ah, sí? —incliné la cabeza—. Es un bar, Artem. No un club clandestino. Hay seguridad, cámaras…

—Hay hombres borrachos —me interrumpió—. Dinero. Conflictos. Y tú.

Ese “y tú” golpeó más fuerte que cualquier argumento.

—Me las arreglo —corté—. No soy una niña. Y no necesito un… tutor.

Dio un paso más cerca. No me tocó, pero sentí el calor.

—Entonces escucha como una adulta —dijo con calma—. No quiero que trabajes aquí.

—Y yo no quiero que decidas por mí —susurré casi sin voz.




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