Tú serás mía

Capítulo 8

Cristina

En el coche hay silencio, pero no es un silencio que me prometa calma. Es el tipo de silencio en el que cada respiración parece estar de más.

Me siento, abrocho el cinturón con un clic seco, bajo la mirada hacia mis rodillas y aprieto los dedos hasta que las uñas se clavan en la piel. No lo miro. No quiero. Porque si lo hago, volverá a sospechar algo. Eso que intento esconder.

El motor arranca con un sonido sordo. Artem sale del aparcamiento en silencio. Las farolas se deslizan por el parabrisas como si alguien jugara con un interruptor: luz, oscuridad, luz, oscuridad.

—Por cierto, puedes relajarte —su voz rompe el silencio entre nosotros—. No te estoy secuestrando.

—No estoy tensa —respondo con sequedad.

—Ajá —resopla apenas—. Se nota por tus manos.

Me doy cuenta de que estoy apretando el borde de mis vaqueros en un puño y me irrito aún más.

—Deja de analizarlo todo —digo—. Yo… solo estoy cansada.

—¿Cansada? —repite, como si probara la palabra—. ¿De qué? ¿De la vida? ¿O de correr entre mesas en un bar por las noches?

Un escalofrío me recorre. Sus palabras son demasiado punzantes.

—Ya empezamos —exhalo—. Te pedí que no te metieras en mi vida.

—No me pediste nada —responde con calma—. Solo mientes diciendo que te da igual.

Giro la cabeza hacia la ventana. No quiero ver su cara.

—Me tienes harta —digo en voz baja—. En serio.

—Es mutuo —contesta con el mismo tono plano—. A mí tampoco me gusta lo que veo.

—Entonces no mires —exploto—. Da la vuelta y vete a casa. Problema resuelto.

—¿Y tú qué? —me mira de reojo—. ¿Vas a ir caminando sola en plena noche?

—Eso no es asunto tuyo.

—Ah, ahora por fin eres sincera —en su voz aparece una burla—. Todo lo que tiene que ver contigo “no es asunto mío”. Pero aun así te permites ir por bares asquerosos de noche como si no tuvieras ningún instinto de supervivencia.

—Ahí trabajo —me enciendo—. Se llama “ganarse la vida”, por si lo habías olvidado.

—Sé perfectamente lo que es ganarse la vida —dice con frialdad—. Simplemente no entiendo por qué una chica con cabeza elige el peor lugar posible para hacerlo.

—Eso lo decides tú —aprieto los dientes—. Para mí es solo un trabajo.

—Para ti es peligroso —corta—. Y, por supuesto, eso me saca de quicio.

Clavo la mirada en mi reflejo en la ventana. Rostro pálido, ojos oscuros, labios tensos. Me dan ganas de golpear el cristal con el puño.

—Todo lo que no puedes controlar te molesta —digo—. Aquí el problema no es el bar. El problema es que yo no me someto a tu influencia.

—No dramatices —sus dedos aprietan más el volante—. Si de verdad quisiera controlarlo todo, hace tiempo que no estarías viviendo en esa pocilga donde estás ahora.

—Ah, claro —me río sin humor—. ¿Y dónde me pondrías? ¿En tu ático de dos plantas?

—Al menos allí no estarías sirviendo alcohol a borrachos —responde seco—. Y no volverías sola a casa de noche.

—Así que eso es lo que te preocupa —giro lentamente la cabeza hacia él—. No que me cueste. Ni siquiera que esté cansada. Sino que alguien más me mire aparte de ti.

La comisura de sus labios se tensa, pero no es una sonrisa.

—No te atribuyas más importancia de la que tienes —su voz se enfría—. No eres el centro de mi universo.

—Pero te comportas como si lo fuera —le lanzo con una sonrisa—. Eso no toques, ahí no trabajes, con ese no vayas. ¿Quieres que me pongas una marca en la frente?

—No me provoques —dice seco—. Porque la idea, en realidad, no es mala.

Tengo unas ganas locas de pegarle. O de saltar del coche en marcha con tal de no sentir esta mezcla ardiente de rabia y… algo más.

—No me conoces, Artem —digo en voz baja—. Y nunca me conociste.

—¿En serio? —sonríe torcido—. ¿La chica de quince años que estaba en la cocina, roja hasta las orejas, confesando que estaba enamorada? ¿No eras tú?

—Cállate. —Me quedo de piedra.

—Tú empezaste —continúa con indiferencia—. Recuerdo tu mirada, tus manos temblando. Y tu “estoy enamorada”. —Me lanza una mirada pesada.

—Nunca supiste ser un hombre —escupo—. Ni entonces tampoco. Simplemente me mandaste a paseo como a una niña tonta.

—Porque lo eras —responde brusco—. Y sí, tonta, si pensabas que esa conversación era aceptable entre una adolescente y un hombre mayor que ella.

—¿Y ahora sí es aceptable? —me río con amargura—. ¿Ahora que ya no tengo quince, sino veintiuno, puedes meterte en mi vida y decidir dónde trabajo, con quién voy y qué hago? Muy oportuno.

—Ahora eres lo bastante adulta para entender en qué te estás metiendo —dice—. Y precisamente por eso me enfurece que consideres normal venderte en un bar.

Eso duele demasiado.

—No me vendo —siseo—. No todos miden todo con dinero.

—En realidad, todos lo hacen —dice con calma—. Solo que unos lo admiten y otros juegan a ser santos.

—¿Ah, sí? —sonrío torcida—. ¿Y tú quién eres? ¿El honesto? —le lanzo—. ¿Un hombre que va a un bar, se sienta y observa desde lejos cómo trabaja una chica, y luego le echa basura encima por haber elegido ese trabajo?

Y entonces noto cómo sus ojos se oscurecen.

—Sí, me senté y observé —confirma tranquilo—. Porque quería entender de qué vives cuando finges que “todo está genial”.

—¡¿A ti qué te importa?! —me sale—. ¿Quién eres tú para hurgar en eso?

No responde enseguida. Solo se le tensa la mandíbula y aprieta aún más el volante.

—Nadie, ¿no? —dice al fin—. Solo el hermano de tu amiga, que probablemente debería cerrar los ojos y decir: “es adulta, ya se apañará”.

—¡Exactamente! —lanzo—. Sería maravilloso.

—Solo que me cuesta mirar tranquilo cómo alguien puede agarrarte del brazo cerca del baño —añade con frialdad—. O empujarte contra la pared estando borracho.

Algo se me encoge por dentro, porque he visto esas miradas. Porque a veces hay que soltarse de manos ajenas. Pero Artem no necesita saberlo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.