Umbrael

Capítulo 57: El Eco del Sacrificio

La luz del cristal se había estabilizado en un pulso rítmico, un latido dorado que iluminaba el corazón mismo del laberinto, pero para Alaric, la paz era un espejismo cruel. La figura de Eros, aquel espectro distorsionado de su amigo perdido, aún permanecía en el borde de su visión, un recordatorio constante de que la oscuridad no solo luchaba contra ellos, sino que intentaba corromper sus propios recuerdos. Alaric apretó el cristal con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos; la energía que emanaba quemaba, pero era el único ancla en aquel mar de dudas.

“No escuches sus mentiras, hijo”, la voz de su madre rompió el silencio, cargada de una firmeza que ocultaba su propia angustia. “Las sombras se alimentan de la fragmentación. Si nos mantenemos unidos, ningún eco podrá romper nuestro vínculo”.

“Pero, ¿a qué costo?”, murmuró Cedric, cuyos ojos recorrían las paredes de piedra tallada donde las runas comenzaban a sangrar una tinta negra y viscosa. “Estamos profundizando en un territorio donde la realidad es maleable. Si sacrificamos nuestra verdad en este lugar, no habrá forma de recuperar quiénes éramos al entrar”.

De repente, los espejos de la cámara no solo reflejaron sus rostros, sino una cascada de imágenes superpuestas: el momento exacto en que Alaric había decidido tomar el libro en las calles de Praga, el instante en que el primer guardián había caído ante la sombra. Era un montaje de su propia culpabilidad. La figura de Eros, en el espejo central, se adelantó, sus dedos atravesando el cristal como si fuera agua.

“Mira, Alaric”, siseó el espectro, su voz ahora un coro de voces desdichadas. “Tu búsqueda de aliados ha puesto en peligro a todos los que amas. ¿Cuántos guardianes han muerto en las sombras por tu insistencia en la luz? ¿Es tu rectitud, o es tu orgullo lo que los está matando?”.

El impacto de las palabras fue físico. Alaric sintió un vacío en su pecho, una grieta que amenazaba con abrirse y absorber todo su ser. El cristal en su mano parpadeó, perdiendo su brillo dorado por un instante, un segundo de terror absoluto donde la oscuridad se precipitó sobre ellos. Las sombras no solo acechaban; se estaban alimentando del remordimiento.

“¡Mientes!”, gritó Alaric, aunque su voz sonó débil contra la inmensidad de la cámara. “¡Mi intención es salvarlos, no sacrificarlos!”

“La intención no detiene la guadaña, portador”, respondió la figura de Eros, cuya mano espectral ahora estaba a centímetros de la garganta de Alaric. “Has despertado un fuego que necesita combustible. Y ese combustible… sois vosotros mismos”.

Cedric levantó su bastón, canalizando una ráfaga de luz que golpeó a Eros, haciendo que el espectro se disipara en chispas sombrías, pero la victoria fue efímera. El techo de la cámara comenzó a descender lentamente, un mecanismo antiguo activado por la propia discordia del grupo. El laberinto estaba cambiando, obligándolos a elegir un camino antes de ser aplastados.

“¡Solo hay una salida!”, gritó Cedric, señalando un portal que se abría al final del pasillo, pero la entrada estaba bloqueada por una barrera de energía pura, una prueba de voluntad. “Alguien debe sostener el mecanismo desde aquí dentro para que el portal permanezca abierto. Si el mecanismo se detiene, el portal se sellará y quien esté dentro morirá”.

El silencio se apoderó del grupo. El sacrificio del que todos habían hablado, esa profecía que habían intentado evitar durante todo el viaje, se materializaba frente a ellos. Alaric miró a su madre y a Cedric; el terror en sus ojos era un espejo de su propia alma. Sabía que uno de ellos tendría que quedarse.

“Yo lo haré”, dijo su madre, dando un paso al frente con una sonrisa que destrozó el corazón de Alaric. “He vivido una vida entera esperando este momento, la oportunidad de asegurarme de que tú, Alaric, vivas para traer la luz que yo nunca pude sostener por completo”.

“¡No, madre!”, Alaric se interpuso, su llanto brotando junto a su furia. “No permitiré que tu sacrificio sea la llave de mi camino. ¡Hay otra manera!”.

“No la hay, Alaric. Esta es la verdad de la Ciudad Velada”, susurró ella, sus manos comenzando a brillar con una luz blanca cegadora, la misma luz que el cristal, pero más pura, más personal. “Corre. Haz que mi sacrificio valga la pena”.

Alaric sintió cómo el suelo temblaba bajo sus pies mientras el techo bajaba a una velocidad vertiginosa. El portal comenzaba a cerrarse, y las sombras, aprovechando el momento de debilidad del grupo, se lanzaron desde los espejos no para atacar, sino para reclamar a los que se quedaban atrás.

Alaric, impulsado por una mezcla de pánico y un deseo desesperado de salvar lo imposible, extendió el cristal hacia el mecanismo, tratando de sobrecargar la barrera, de obligar al portal a mantenerse abierto sin costo. Pero el cristal se volvió negro, drenando su propia vitalidad, y un dolor insoportable le recorrió el brazo.

Justo antes de cruzar el portal, Alaric miró hacia atrás. Vio a su madre, pero no estaba sola. La figura de Eros y la sombra principal estaban allí, envolviéndola. Ella lo miró por última vez, sus ojos llenos de un amor que trascendía la muerte, mientras el mecanismo hacía un ruido metálico ensordecedor.

El portal se selló con un estallido de energía, y Alaric fue arrojado al otro lado, cayendo sobre un suelo de piedra fría. Estaba a salvo, estaba fuera, pero la soledad que lo recibió no era la de una habitación vacía, sino la de un mundo que había cambiado para siempre. Estaba en una cámara desconocida, un santuario que olía a incienso y sangre fresca.

Se levantó, temblando, y al alzar la mirada, vio algo que le heló la sangre: en el centro de la sala, no estaba un aliado, sino un altar donde descansaba una daga de obsidiana, y a su lado, la túnica de su madre, intacta, como si ella hubiera sido despojada de su esencia en un abrir y cerrar de ojos. Y allí, emergiendo de las sombras de ese nuevo lugar, no era una figura oscura, sino una voz familiar, la de su abuela, pero distorsionada por un mal antiguo.




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