Umbrael

Capítulo 62: El Eco del Traidor

La Plaza de las Verdades se sumió en un silencio antinatural tras la disolución de la última sombra. El cristal en la mano de Alaric emitía un pulso rítmico, una luz mortecina que apenas lograba perforar la negrura que se aferraba a los adoquines. Alaric, su madre y Cedric permanecían en el centro, rodeados por las figuras de los guardianes, quienes ahora no ofrecían consuelo, sino una expectación gélida.

“Habéis superado el umbral, pero el coste ha dejado una marca”, dijo el guardián de armadura brillante, su voz carente de calidez. “La luz que habéis despertado es un imán, Alaric. No solo atrae la esperanza; atrae el hambre de aquellos que fueron consumidos por los secretos que habéis desenterrado”.

Alaric sintió un nudo en el estómago. “No buscamos despertar a los muertos, buscamos justicia para los vivos”.

“La justicia es una moneda de dos caras en la Ciudad Velada”, replicó el guardián, dando un paso adelante. “Habéis visto los espejos, habéis visto vuestras sombras. ¿Estáis realmente seguros de que el Eros que recordáis es el mismo que acecha en los bordes de vuestra memoria?”.

Esa mención sacudió a Alaric. El nombre de su amigo perdido flotó en el aire, pesado y venenoso. Recordó la voz distorsionada de Eros, sus ojos cargados de una amargura que Alaric no recordaba en su infancia compartida. “Eros no es el enemigo. Él fue víctima de una traición”, insistió Alaric, aunque la duda, esa espina insidiosa, comenzó a pinchar su convicción.

“¿Víctima o arquitecto?”, susurró Cedric, con la vista fija en una de las torres de la plaza, donde una figura encapuchada observaba la escena desde las sombras. “Alaric, mira. Hay algo que no encaja en la historia de tu caída”.

Alaric siguió la mirada de Cedric. La figura en la torre no se movía, pero el aire a su alrededor se agitaba con un patrón extraño. Alaric levantó el cristal, proyectando un rayo de luz hacia la altura. El haz reveló algo que le robó el aliento: la figura no estaba sola. A su lado, sostenía un objeto que Alaric reconoció al instante: un fragmento del diario de su abuela, el mismo que contenía la profecía que dio inicio a todo.

“¿Cómo… cómo tienen eso?”, preguntó Alaric, con la garganta seca.

“Lo tienen porque es la llave”, respondió la voz de su madre, ahora con un tono de revelación que lo asustó más que cualquier monstruo. Ella no estaba mirando a la figura, estaba mirando a Cedric. Alaric se giró hacia su compañero, su mentor, su roca. Cedric no devolvió la mirada; sus ojos, antes cálidos, ahora estaban fijos en la torre con una intensidad que lindaba con la codicia.

“Cedric?”, la voz de Alaric fue un hilo de seda rota.

“El sacrificio que se requiere no es el tuyo, Alaric”, dijo Cedric sin mirarlo, su voz despojada de toda emoción. “El sacrificio es la verdad misma. He esperado demasiado tiempo para que este cristal encontrara al portador correcto, al recipiente que pudiera abrir la puerta de la Ciudad Velada sin que la presión hiciera estallar el mundo. Tu abuela sabía que no podía confiar en nadie más que en alguien que amara ciegamente. Alguien como tú”.

El aire se volvió irrespirable. La traición golpeó con la fuerza de un rayo. Los guardianes en la plaza no se movieron, sus rostros impasibles confirmando la peor sospecha: todo había sido una pantomima, una prueba diseñada no para fortalecerlo, sino para guiarlo directamente a esta entrega.

“Cedric, tú no…”, intentó razonar su madre, pero Cedric levantó el bastón, y una onda de energía oscura, no de luz, derribó a la mujer de un golpe seco, dejándola inconsciente en el suelo.

Alaric rugió, lanzándose hacia su mentor, pero el cristal en su mano se volvió gélido, drenando su calor hasta el punto de la parálisis. Cedric caminó hacia él, recogiendo el cristal de las manos inertes de Alaric. “No te preocupes. Tu luz seguirá ardiendo, Alaric. Pero ahora, será la batería que mantenga abierta la puerta para aquellos que han estado esperando del otro lado durante siglos”.

Cedric se dirigió hacia la torre, y la figura encapuchada bajó para recibirlo. Alaric, postrado en el suelo, vio con horror cómo su mentor entregaba el diario y el cristal. La barrera que rodeaba la plaza comenzó a colapsar, no porque la luz hubiera ganado, sino porque se había rendido ante la oscuridad que se escondía a plena vista.

Cedric se detuvo antes de entrar en la torre y miró hacia atrás, con una última pizca de lo que pudo ser remordimiento. “Eros no te traicionó, Alaric. Intentó advertirte sobre mí. Por eso lo silenciaron”.

Con una carcajada seca, Cedric y la figura encapuchada entraron en la torre, y el portal que habían estado buscando no se abrió para la luz, sino que comenzó a sangrar una oscuridad tan absoluta que las estrellas sobre Praga se apagaron una a una. Alaric, en el suelo, sintió que el diario, caído cerca de él, comenzaba a quemarse con llamas púrpuras. El suelo bajo sus pies se agrietó, revelando un abismo que no conducía a los cimientos de la ciudad, sino a una prisión donde, tras el cristal, los verdaderos gobernantes de la Ciudad Velada comenzaban a despertar al notar la ausencia de la luz.

Y mientras el abismo se tragaba la plaza, una mano fría, con dedos huesudos y largos, emergió desde la grieta y se cerró con fuerza sobre el tobillo de Alaric, arrastrándolo hacia el interior del pozo antes de que pudiera pedir auxilio.




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