Umbrael

Capítulo 63: En las Garras de la Oscuridad

La oscuridad lo envolvió como un manto espeso y frío, y Alaric sintió que caía desenfrenadamente hacia lo desconocido. El eco de sus gritos vibraba en el aire, pero cada sonido se desvanecía, atrapado en las profundidades del abismo al que lo arrastraban con una ferocidad desalmada. A medida que caía, luchaba contra el pánico al recordar la luz que había emergido del cristal; sabía que no estaba incluso a mitad de camino, entonces el verdadero desafío estaba por llegar.

Finalmente, Alaric aterrizó en un suelo frío y húmedo, y el impacto lo dejó aturdido. Se obligó a levantarse, la oscuridad lo rodeaba como un pozo sin fondo. El lugar era una caverna imponente, un espacio sin luz, donde sombras interminables parecían surgir de las piedras mismas. La luz que una vez había sentido se había disipado, dejándolo sólo con el eco de su aliento.

“¡Mamá! ¡Cedric!”, gritó Alaric, su voz resonando en el silencio, pero sin respuesta evidente. Las sombras comenzaron a moverse a su alrededor, como si el lugar mismo estuviera vivo, observándolo y esperando su siguiente movimiento.

“Siempre has sido un eco, Alaric. Tan lleno de esperanzas en la luz. Pero la verdad de tu caos es más fuerte que cualquier sueño de valentía”, resonó una voz, gélida y cercana, haciendo que el corazón de Alaric se detuviera. Fue la sombra que había enfrentado antes, manifestándose a través de la existencia que había creído controlar.

“No me dejaré llevar por tu oscuridad”, afirmó, su voz temblando al mismo tiempo que mostraba determinación. “No voy a sucumbir a tus mentiras”.

“Tu luz no es más que un faro en la tormenta, una ilusión que pronto se disolverá. La desesperación siempre regresará”, dijo la figura, su forma tomando un semblante más definido que revelaba un rostro que podría haber sido algún día familiar. Era un recordatorio de lo que había perdido, de las decisiones que había tomado y de las sombras que mantenía encerradas en su interior.

Alaric sintió un nudo de dolor en su pecho. “Nunca dejaré que la sombra defina mis decisiones”, replicó, sintiendo cómo la luz del cristal seguía latiendo en su interior, a pesar de que se sentía a la deriva en la oscuridad. “No estoy aquí para rendirme, estoy aquí para enfrentar la verdad”.

Las sombras comenzaron a moverse, retorciéndose con avidez ante sus palabras, intentando absorben cada grano de luz que aún resistía. “Pero cada verdad es un sacrificio. ¿Estás dispuesto a perderlo todo por tu búsqueda de la luz?”, resonó la voz, burlándose de su impotencia.

Alaric se sintió fortalecido por la luz que aún emanaba desde el cristal, consciente de que debía enfrentar los recuerdos que todavía acechaban. Cada paso que había dado lo había llevado hasta aquí, y aunque sentía el peso del sacrificio en su corazón, se recordó a sí mismo que no podía dejarse caer.

“Puedo enfrentar lo que sea, porque mi propósito es más grande que mi miedo”, declaró, dejando que la luz del cristal se expandiera. “Invoco a mis ancestros, a los que lucharon y se sacrificaron por lo que vale la pena. Vengo aquí por el amor que ilumina mi camino”.

La caverna comenzó a temblar, una respuesta a su declaración, mientras el viento gélido fluía hasta sus huesos. Con una oleada de energía, la luz del cristal estalló, proyectándose contra las sombras que intentaban atraparlo. El resplandor iluminó el espacio y las figuras oscuras comenzaron a tambalearse, sintiéndose obligadas a retroceder.

“Esto no se ha terminado, Alaric”, dijo la figura oscura, pero su voz se volvió distante mientras la luz lo rodeaba. “Lo que has despertado nunca se desvanecerá. Debes elegir y afrontar las consecuencias de tus decisiones, por cada luz hay una sombra, y por cada acción, un sacrificio”.

“Así sea”, exclamó Alaric con el corazón lleno de coraje, mientras el cristal comenzaba a pulsar con energía arrolladora. “No cederé ante tus mentiras. No permitiré que el miedo me consuma”.

Las sombras comenzaron a moverse más rápido, arremolinándose en un torbellino a su alrededor, buscando desesperadamente cualquier lugar para aferrarse. Pero Alaric sabía que estaba luchando con su parte más verdadera y que laCapítulo 63: El Abismo de los Olvidados

El dolor fue lo primero, una descarga eléctrica que recorrió cada nervio mientras la mano gélida, una estructura de huesos y sombra, tiraba de Alaric hacia las entrañas de la tierra. La Plaza de las Verdades desapareció, reemplazada por una negrura absoluta que olía a ozono y a siglos de estancamiento. Alaric no gritó; el miedo le había robado el aliento, dejándolo en un estado de parálisis táctil mientras su cuerpo era arrastrado a través de las entrañas de la Ciudad Velada.

Cuando el agarre cesó, el impacto contra el suelo de piedra fue brutal. El silencio aquí no era una ausencia de ruido, sino una presión auditiva, un zumbido constante que parecía nacer dentro de su propio cráneo. Alaric encendió una pequeña chispa de luz en la punta de sus dedos, pero esta murió instantáneamente, devorada por la densidad del aire.

“Aquí la luz no tiene permiso de existencia”, susurró una voz que parecía emanar de todas las paredes a la vez.

Alaric se puso de pie, su pecho subiendo y bajando con un ritmo frenético. Estaba en una cámara inmensa, un lugar que recordaba vagamente a las crónicas de su abuela sobre el "Purgatorio de los Portadores". A su alrededor, cientos de figuras encadenadas a las paredes de roca viva se movían en una coreografía de agonía. No eran sombras; eran personas, guardianes que habían fallado en su misión hacía siglos, cuyos ojos apagados le devolvieron una mirada de lástima.

Caminó entre ellos, sintiendo que cada paso lo alejaba más de la realidad. Vio a hombres y mujeres con armaduras deshechas, algunos con el rostro oculto tras máscaras de hierro fundido. En el centro de la sala, sobre un altar de obsidiana, el cristal que Cedric le había arrebatado flotaba, alimentando una grieta en el techo que permitía que la oscuridad de la superficie se filtrara como una lluvia negra.




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