El aire dentro de la Cámara de la Verdad se había vuelto irrespirable, cargado con el olor a ozono y la amarga esencia de la traición. La figura que se alzaba ante Alaric no era un espectro, ni una proyección del cristal; era el rostro de su madre, distorsionado por una mueca de crueldad absoluta, con los ojos brillando con esa luz púrpura que provenía de la grieta.
Alaric retrocedió, su espada de luz negra temblando en su mano. “Tú no eres ella”, siseó, aunque su corazón se negaba a aceptar la realidad que sus ojos le presentaban. “Mi madre jamás habría hecho un trato con... esto”.
“Tu madre era una cáscara, Alaric. Una guardiana de una luz que nunca entendió”, respondió la mujer. Su voz, aunque llevaba el timbre de su madre, tenía una cadencia antinatural, como si estuviera siendo forzada a través de un instrumento desafinado. Dio un paso hacia adelante, y a cada movimiento, las sombras del suelo se levantaban para besar sus pies, como devotos ante una reina. “Ella te mantuvo a salvo de la verdad durante dieciocho años. ¿De verdad llamas a eso amor? Yo lo llamo una jaula”.
La abuela de Alaric, la mujer que había aparecido milagrosamente, seguía paralizada por el rayo de energía azul, pero su boca se movió con un esfuerzo sobrehumano. “Alaric… no… no la escuches. Es el Ancestro… ha tomado el control de su cuerpo… la consciencia de tu madre está encerrada… está sufriendo”.
El pánico de Alaric se transformó en una rabia ciega. Se lanzó hacia adelante, blandiendo la espada de luz negra. Sin embargo, antes de que pudiera llegar a ella, la mujer que se parecía a su madre levantó una mano, y una barrera de fuerza invisible lo golpeó en el pecho, lanzándolo contra las paredes de la cámara. El impacto le sacó el aire, y el cristal en su brazo —la fuente de su poder— comenzó a calentarse hasta temperaturas que le quemaban la piel.
“Cedric”, llamó la mujer con voz helada. “Termina con esto. El muchacho ya no es útil. Su energía ha sido suficiente para estabilizar la entrada”.
Cedric, que hasta ese momento había permanecido en un estado de letargo, se movió con la precisión de una máquina. Levantó su bastón, pero no para proteger a Alaric, sino para canalizar una energía opresiva que cerró las salidas de la cámara, creando una celda de contención de fuerza pura. Cedric miró a Alaric con lástima, una mirada que fue, quizás, más hiriente que la traición misma.
“Lo siento, Alaric. Eres un chico brillante. Pero la luz de los guardianes era una mentira necesaria para mantener el mundo funcionando mientras el Ancestro dormía. Ahora que está despertando, la luz no tiene lugar. Solo necesitamos que el portal esté abierto”.
Cedric comenzó a recitar un canto en el mismo idioma de las runas del suelo. Alaric, dolorido y con los huesos crujiendo por la contención, vio cómo la luz negra que brotaba de su propia espada empezaba a ser succionada por Cedric hacia la grieta en el techo. Su propia energía, su propia historia, estaba siendo utilizada para destruir su mundo.
“Si vas a morir, que sea sabiendo la verdad”, dijo la mujer/madre, acercándose a Alaric mientras él se arrastraba por el suelo. Se arrodilló frente a él, y por un momento, la luz violeta de sus ojos parpadeó, y vio por un nanosegundo el rostro aterrorizado de su madre real pidiendo auxilio desde el fondo de ese abismo oscuro. “Tu abuela no fue quien escribió la profecía para salvarte. Fue ella quien nos vendió al Ancestro a cambio de la vida eterna. Pero ella no contaba con que yo sería el recipiente elegido”.
Alaric, reuniendo sus últimas fuerzas, vio la daga de obsidiana en el altar, a unos pocos metros. Sabía que no podía vencer a Cedric con la espada de luz, pues esta le estaba drenando la vida. Tenía que llegar al altar. Tenía que destruir el vínculo, no la entidad.
Con un grito desgarrador, ignorando el dolor de su brazo infectado, Alaric se impulsó hacia el altar. La mujer lo agarró por el cabello, tirando de él hacia atrás, pero Alaric, usando la inercia de su propio cuerpo, se soltó, dejando un mechón de pelo y un trozo de piel en sus manos. Alcanzó la daga. No era un arma común; estaba hecha de la misma sustancia que las garras que descendían.
“¡Corta el cristal, Alaric!”, gritó la abuela desde su estado de parálisis. “¡Si el cristal se destruye, el enlace se rompe, pero morirás con él!”.
Alaric levantó la daga. Miró a Cedric, que estaba concentrado en el canto, y miró a la madre-monstruo que se preparaba para decapitarlo. No había tiempo para más dudas. Alaric no cortó el cristal, ni cortó a su madre. Clavó la daga de obsidiana en su propio brazo, justo donde el cristal de luz negra se había fusionado con su carne.
La explosión resultante no fue de luz ni de oscuridad. Fue un silencio absoluto. El vacío. La cámara se desintegró. Alaric sintió que su brazo se separaba de su cuerpo, o quizás fue su alma la que se separó de la realidad.
Cuando recuperó la consciencia, el techo de la cámara había desaparecido. Estaba flotando en el vacío del espacio, entre los puentes de luz que ahora estaban colapsando. A su alrededor, la Ciudad Velada ya no existía. Solo quedaban ruinas flotantes.
Y frente a él, descendiendo de la grieta en el cielo, una entidad de ojos como galaxias muertas comenzó a bajar. Pero lo que le dio a Alaric la última gota de horror no fue el monstruo, sino lo que vio al girarse: su madre, libre de la posesión, flotaba a unos metros de distancia. Su cuerpo estaba intacto, pero su pecho estaba atravesado por una espada de luz negra.
Y quien sostenía la espada era él mismo. Un Alaric oscuro, sin un rasguño, mirándolo con una sonrisa de absoluta y total victoria.
“Gracias por el brazo, hermano”, dijo el otro Alaric, mientras su madre, con sus últimos aliento, señalaba algo detrás de su copia oscura.
Alaric miró detrás del impostor y vio la verdad final: la ciudad no estaba siendo destruida por el Ancestro. Estaba siendo reconstruida a su imagen, y el primer edificio en levantarse sobre los escombros era una réplica exacta de su propia casa en Praga, con su abuela esperando en la puerta, con una bandeja de té, como si nada hubiera pasado.