Umbrael

Capítulo 76: El Espejo de los Mil Rostros: El Final.

La realidad, fracturada por el estallido del cristal, no se recompuso. Alaric quedó suspendido en el vacío, un espacio donde los puentes de luz se deshilachaban como jirones de niebla. A sus pies, la Ciudad Velada no era más que una maqueta rota, un juguete de piedra que se hundía en las fauces de una tierra que, hasta hacía un momento, creía conocer. El Alaric oscuro —su versión futura, la que traía consigo el peso de una guerra que él apenas empezaba a entender— seguía ahí, flotando sobre un puente de obsidiana, mirándolo con una mezcla de lástima y desprecio.

“¿Mil veces, dijiste?”, susurró Alaric, mientras el dolor en su brazo, donde la marca del cristal había comenzado a necrosarse en una runa negra, le nublaba los sentidos. “¿He muerto mil veces mientras tú observabas?”

El Alaric oscuro aterrizó con una elegancia depredadora sobre la plataforma donde Alaric se arrodillaba. No respondió con palabras. En su lugar, extendió la mano hacia el vacío y, de la nada, extrajo una esfera de cristal puro, idéntica a la que acababa de fragmentarse. Dentro de ella no había luz, sino un ojo que parpadeaba con una inteligencia inhumana.

“No somos solo ecos, Alaric. Somos repeticiones”, dijo el doble. “Cada vez que la luz falla, el Ancestro reinicia el ciclo para encontrar el recipiente perfecto. El cristal es una trampa biológica. ¿Por qué crees que tu abuela lo guardó tanto tiempo? Lo alimentaba con el trauma de su familia hasta que el recipiente —tú— estuviera listo para ser abierto”.

Alaric intentó levantarse, pero sus piernas no respondieron. La marca negra en su brazo comenzaba a emitir pulsos de dolor que sincronizaban con los latidos del ser colosal que seguía descendiendo a través de la grieta. El cielo arriba ya no existía; solo estaba la piel de un mundo extraño, una membrana translúcida que se estiraba bajo la presión de la entidad.

“¡Cállate!”, bramó Alaric. Con un esfuerzo supremo, concentró toda la voluntad de su espíritu, no en la luz de los guardianes, sino en la rabia que sentía por haber sido usado. El suelo de cristal bajo ellos comenzó a agrietarse.

“¿Vas a pelear contra ti mismo?”, se burló el doble. “Soy todo lo que tú no te atreviste a ser. Soy el miedo que escondiste bajo tu máscara de niño valiente”. El doble alzó su propia mano, y de su piel brotó una espada de luz negra, una copia exacta de la que Alaric había forjado.

El choque de las dos hojas negras inundó el vacío con un sonido de cristales rotos. Cada golpe era un duelo contra su propia psique. Cuando las hojas se cruzaban, Alaric veía momentos de su vida: veía a su madre en la cocina de Praga, pero en lugar de sonreírle, la veía planeando su sacrificio. Veía a Cedric, no como su mentor, sino como un esclavo encadenado a una voluntad superior.

“Todo lo que amaste fue diseñado para serte arrebatado”, le decía el doble mientras lo acorralaba hacia el borde del puente de luz. “El dolor es el único hilo de verdad en este tapiz de mentiras. Acéptalo. Deja de intentar salvar a la ciudad. Deja de intentar salvarte”.

Alaric detuvo un golpe brutal con el antebrazo. El dolor fue tan intenso que le nubló la visión, pero en ese segundo de oscuridad, una voz surgió en su interior. No era la de su abuela, ni la de los ancestros. Era la voz de su madre, la verdadera, la que había sido encerrada en su cuerpo por la entidad.

“Alaric… el cristal no está en tu brazo. El cristal eres tú. Deja de luchar contra el objeto… conviértete en la frecuencia.”

Alaric cerró los ojos en medio del duelo. Ignoró la espada negra que le rozaba la mejilla. Ignoró la risa burlona de su versión oscura. Se concentró en el latido rítmico que sentía bajo sus pies, el latido del Ancestro que bajaba. Entendió que el cristal, la espada, la profecía… todo eran limitadores.

Abrió los ojos. Sus pupilas ya no eran marrones; eran del mismo púrpura eléctrico que la grieta en el cielo.

“Tienes razón”, dijo Alaric con una calma que hizo que su doble diera un paso atrás por primera vez. “Soy un recipiente. Pero no el tuyo”.

Alaric no atacó. Soltó la espada. La dejó caer al vacío. El doble, confundido por un segundo, bajó la guardia. En ese instante de duda, Alaric no usó magia, ni luz, ni sombras. Usó su voluntad física. Se lanzó contra su doble, no para golpearlo, sino para fundirse con él.

El impacto fue una implosión de memorias. Durante un segundo, Alaric fue ambos: el héroe que buscaba la luz y el monstruo que sabía que la luz era el fin. La unión fue insoportable. Sintió cómo su propia existencia se desgarraba en mil pedazos. El puente de luz se hizo añicos, y ambos cayeron al vacío.

Pero Alaric no cerró los ojos. Mientras caían, vio cómo el cristal incrustado en su brazo se deshacía en polvo negro, y cómo, en su lugar, su piel comenzaba a brillar con una luz dorada que no provenía de ninguna fuente externa, sino de su propia sangre.

Alcanzó el aire, atrapó el cuello de su doble y, con un giro violento, absorbió la espada de luz negra hacia su propio pecho.

La explosión de luz dorada fue tan potente que cerró la grieta en el techo momentáneamente. Pero, al recuperar la verticalidad y aterrizar sobre los escombros de la ciudad que flotaban, Alaric se dio cuenta de algo peor. Al absorber a su doble, había absorbido también sus recuerdos. Sabía dónde estaba cada guardia, sabía la ubicación de cada aliado, pero también sabía una verdad que lo obligó a vomitar sangre:

Cedric no era el traidor. Cedric estaba muerto.

El hombre que habían seguido, el hombre que había guiado su mano en Praga, no había sobrevivido al Laberinto de las Sombras. El que caminaba a su lado desde hacía tres días era una proyección, un cascarón vacío manejado por la abuela desde la superficie.

Alaric se giró lentamente. La figura de su "madre" seguía ahí, observándolo con esos ojos púrpuras. A su lado, la forma de Cedric comenzó a desdibujarse, revelando su verdadera naturaleza: una amalgama de parásitos insectoides que empezaron a chillar.




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