Soy Ciro, perdí a mi amada hace unos días por culpa de una enfermedad, sin poder hacer nada para evitarlo. Pasé noches sin dormir hasta que, después de pedir ayuda a los dioses, uno decidió ayudarme: Hermes, el dios de los mensajeros, ya que él tenía la capacidad de entrar y salir al inframundo sin autorización.
Hermes me llevó al inframundo por los aires para evitar a Cerbero, el perro guardián del inframundo. El dios me cargó por los brazos y volamos por encima del río Estigia, un río negro y de corriente turbulenta; en la orilla se podía ver a un barquero y una gran fila de almas esperando.
-Él es... -Antes de que pudiera terminar de formular la frase, Hermes volteó a ver la orilla y respondió
-Sí, es Caronte. Es la primera vez que lo ves, ¿no? -Asentí con la cabeza al escuchar la pregunta de Hermes. En la orilla podía ver que una de las almas le entregaba algo brillante a Caronte y este le permitía subir a su barco
Después de pasar sobre el río, habíamos llegado a las puertas del inframundo y al lugar en el que vivía Hades, el Érebo, donde estaba su palacio.
-Bueno... esto es todo lo que puedo hacer por ti, Ciro, prefiero esperar aquí para llevarte de regreso cuando salgas -dijo Hermes mientras me despedía con la mano y una pequeña sonrisa
Yo estaba frente a un gran palacio, negro como la noche; el aire estaba lleno de polvo y un olor a tierra quemada. No había cielo; en su lugar había un gran techo de piedra negra y se podían escuchar algunas voces en el lugar. Era el inframundo; no esperaba un lugar cálido. También podía observar sombras moverse en la oscuridad, pero no podía evitar sentir escalofríos al mirar el lugar. Las puertas del palacio eran gigantes, pero aun con esta atmósfera y el constante temblor de mi cuerpo por pensar en hablar con el dios de la muerte, decidí entrar.
Al abrir las grandes puertas, entré a un inmenso pasillo que parecía tragarse la poca luz del lugar, pero al final se observaba un leve destello proveniente de dos antorchas de fuego verde. Me detuve en cuanto escuché una voz fría y con un tono monótono hablar, la misma que me paralizó.
-¿Qué buscas en mi reino, mortal? -La voz provenía de un ser sentado sobre un gran trono de obsidiana iluminado por el brillo de las antorchas. Su rostro estaba recostado sobre su mano, como alguien que está sumamente aburrido. Era alguien alto, de un espeso cabello negro azabache, delgado, y vestía una túnica holgada de color púrpura casi negro; su piel era pálida, llegando a un tono parecido al gris, y usaba un yelmo que proyectaba una sombra en su rostro, impidiéndome verlo
-Por favor, Hades, he venido... a pedirte que me devuelvas a mi amada, Tais. No puedo vivir sin ella... te lo ruego -respondí al Dios mientras la voz se me quebraba y hacía un enorme esfuerzo por mantenerme de pie por la imponente figura y presión que venía del dios. Yo había escuchado lo que pasó con Orfeo mientras buscaba una forma de reencontrarme con Tais. Orfeo, al igual que yo, fue al inframundo a recuperar a su amada y el dios se lo permitió con la condición de no mirar atrás
-Un mortal también vino a pedir lo mismo, pero no puedo entregar almas cada vez que me lo pidan, tampoco puedo romper el equilibrio del mundo, así que no puedo entregarte a tu amada. -Si Hermes te trajo, sal del palacio y dile que te devuelva a tu mundo -me respondió el dios con voz fría y directa. Al escuchar la respuesta de Hades a mi petición, bajé mi rostro pensando en alguna forma de convencer al dios.
«¿Orfeo habrá hecho algo especial? ¿Qué se supone que haga yo?», pensé mientras apretaba mis puños.
Antes de que yo pudiera responder, se escuchó una voz; era una muy suave. Al escucharla, mis hombros cedieron y, cuando levanté mi rostro, vi que la voz provenía de una joven con gran belleza. Era de cabello rubio, piel extremadamente blanca, ojos profundos y usaba un vestido negro con un broche dorado y algunos patrones de triángulos en los extremos, estos del mismo color dorado. Ella caminaba con elegancia hacia nosotros; era Perséfone, la esposa de Hades.
-Es un invitado nuestro, no podemos echarlo así como así, y está en busca de su amada, es una causa conmovedora, ¿no lo crees, Rey de los Muertos? -Perséfone se acercó a Hades, y luego se volvió hacia mí antes de acercarse unos pasos. -Te propongo un trato: si logras superar la prueba que te ponga, te devolveré el alma de tu amada... Al escuchar a Perséfone, pude soltar un suspiro de alivio y esperanza, pero Perséfone no había terminado de hablar. -Hades y yo no tenemos hijos, así que si pasas la prueba, a cambio de permitir que tu amada regrese a la Vida... Tú te convertirás en nuestro heredero, y te quedarás con nosotros aquí-.
Editado: 05.08.2026