Un amigo extraordinario

La cena con papá

LA abuela nunca había estado tan atareada, barría sobre lo barrido, trapeaba sobre lo trapeado y sacudía sobre lo sacudido.

–¡Apúrate, Miguelito! ¡Recuerda usar gel a la hora de peinarte y por favor vístete adecuadamente!

Claudia y yo no sabíamos lo que ocurría hasta que alguien llamó a la puerta:

–¡Eduardo! ¡Qué bueno que ya estás aquí! –Le dijo mi abuela limpiándose el sudor de la frente con un pañuelo y dirigiéndose a la mesa para sentarse a comer junto con nosotros.

–¡Claro que estoy aquí! Nunca me habría perdido la oportunidad de ver a mis queridos hijos.

–Si nos quieres tanto ¿Por qué nos dejaste aquí, “padre”? –Dijo mi hermana en tono sarcástico.

–Mrrr, mrrr– Interrumpió la abuela–. ¿Qué tal tu viaje, Eduardo?

–Muy bien, Conchi- -

–Cierto, papá. Ya casi ni me acuerdo de ti…­­–Dije en voz baja.

Se dejaron de escuchar voces en el comedor, lo único que se oía eran los cubiertos chocando con los platos y el radio que mi abuelo acababa de prender para hacer menos incómoda la situación.

Mientras papá estaba sentado al lado de mi abuelo Alejandro, pude notar que tenía una caja que se movía entre sus piernas, sin poder evitar la curiosidad que sentía sobre aquella cosa pregunté:

–¿Qué tienes en la caja, papá?

­–Verás, les he traído un regalo–Respondió–. Se llama Steve.

–¡Wow, un perrito! –Exclamé emocionado mientras papá lo sacaba de la caja y me lo entregaba.

Me agradó mucho la idea de tener una nueva mascota pues la abuela nunca me dejó tener perros en la casa. Obviamente ni a la abuela ni a Claudia les agradó mucho la idea.

–¿Un perro, Eduardo? ¡Te dije claramente que no dejo que los niños tengan mascotas desde el incidente de Pedro!

–Sí, papá. Mis abuelos ya tienen suficiente responsabilidad con nosotros como para agregarles a un perro.

–¡Bien! ¡Si no lo quieren me lo llevaré!

–¡Alto! Papá, abuela, hermana… Yo cuidaré de él. No sé mucho de animales, pero puedo investigar. Abuela, por favor, me hace falta un amigo…

–Pues tu abuelo no ha hablado. Dejémosle la decisión a él.

–Por favor, Conchita. ¡No me metas en esto!

Por primera vez en mi vida decidí revelarme contra mi abuela y mi hermana, así que me levanté abruptamente de la mesa y cerré con fuerza la puerta de mi habitación aún con Steve en mis brazos. Fuera de mi alcoba seguían escuchándose muy fuertes los gritos:

–… ¿Un perro, Eduardo? ¡Qué te pasa!

–… ¡Déjalos crecer, Conchita!

–… ¡Cierra la boca, Eduardo! ¡Ni siquiera tuviste el valor de hacerte cargo de los niños!

–…Tenga cuidado con lo que dice, Alejandro.

–…Papá, sólo vete.

–… ¿Qué crees que estoy haciendo, Claudia?

Después del portazo, de nuevo, un silencio abrumador comenzó a esparcirse. Mis abuelos nunca habían estado tan enojados de que papá cruzara la puerta de la casa, pero trataron de ocultarlo cuando se fue.




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