Un amigo extraordinario

Beto Bota

UNA de las cosas que más me gustan del abuelo es que es impredecible, un día puede estar cantando onda vaselina en la ducha y al otro puede ser un viejito cascarrabias como Ebenezer Scrooge; ese era su superpoder.

Ya traía loca a mi abuelita y más cuando en lugar de llegar a casa con la pensión trajo a un conejo.

–¡Alejandro, esto es el colmo! –Gritaba mi abuela desesperada.

–Cálmate, mujer que traje a este amiguito peludo–Dijo mi abuelo, alzando a un conejito color café claro frente a mi abuela.

–¿Dónde quedó nuestra pensión? ¡Alejandro!

–Más bien, en donde invertí nuestra pensión, Conchita.

–¡¿Qué hiciste qué?!

–Tranquila, este conejito nos dará más felicidad que el dinero.

–¡Ah! Y supongo que también nos dará de comer y pagará las colegiaturas de los niños, ¿no es así?

–Eeeh…

–¡Quiero que devuelvas a esa bola de pelos! ¡Bastante tenemos con el perro que trajo Eduardo!

–Muy tarde, Conchita, el conejo ya es mío mío y aunque quisiera, no lo podría devolver ya que no hay rembolso.

En ese momento parecía como si a mi abuela se le estuvieran saliendo los ojos y le estuvieran brotando canas verdes, Claudia le trajo un vaso de agua y cuando logró calmarse le dijo al abuelo:

–Bien, ya que es tu conejo, tú solo lo tendrás que cuidar y aparte tendrás que ingeniártelas para recuperar la pensión de los dos.

–Estoy de acuerdo, Conchita y ¿no te interesa saber cómo lo he llamado?

–No, en lo absoluto, esa cosa no me interesa ni en lo más mínimo.

–Bueno, ya que muestras tanto interés, lo he llamado Beto Bota, cómo mi conejito de la infancia, ¡era idéntico a este!

–¡Oh por Dios! Debí imaginar que toda esta locura se debía a uno de los traumas de tu infancia.

Claudia y yo estábamos muertos de la risa, pues lo que decía mi abuela Conchita era cierto, casi todas las veces que mi abuelo gastaba a lo tonto era porque las cosas le traían recuerdos, cómo lo era el tostador, el globo desinflado, un peluche de morsa, un muñeco de Batman antiguo, una pesuña de caballo, entre otras cosas raras, y sí, todas amontonadas en nuestra casa.

El abuelo sorprendentemente se hacía cargo de su conejo; le daba su lechuga y su zanahoria, recogía sus bolas de pelo y le limpiaba su jaula, aunque nunca lo encerrara ahí. Todo era maravilloso, la abuela le tenía un poco más de cariño a Beto Bota y llevaba la fiesta en paz con las cosas sentimentales de mi abuelo hasta que todas le cayeron encima al abrir la bodega para guardar unas viejas cartas que su padre solía mandarle.

–¡¡Alejandro!! –Gritó enfurecida la abuela.

–¡Ay, Concha de mi vida! ¡Pero cómo te gusta que se te caigan las cosas! –Dijo el abuelo tratando de alzar a mi abuela del suelo.

–No, no, ¡no me toques! Alejandro, eres un acumulador y comprador compulsivo, desde hoy iremos al psicólogo, psiquiatra o lo que sea que te pueda ayudar–Dijo mi abuela después de haberse levantado y sacudido su delantal por su cuenta.

Nunca vi tan irritada a la abuela Conchita, el abuelo no pudo decir otra palabra porque en menos de lo que puedo contar, la abuela ya estaba en el taxi jalándolo de la oreja.

Dos horas más tarde mis abuelos llegaron, la abuela tenía una expresión de alivio, mientras que el abuelo tenía todo lo contrario.

–Y ¿cómo les fue? –Preguntó Claudia.

–No del todo bien–Respondió mi abuelo.

–Alejandro no está del todo contento, el psicólogo le ha sugerido desechar las cosas que ya no sirvan o que simplemente no se necesiten–Dijo la abuela más tranquilizada.

–¡Voy a ayudarlo a decidir que se queda y que no! –Le dije a mi hermana.

Al entrar a la habitación del abuelo noté dos montones de cosas: El primer montón contenía la mayoría de sus recuerdos y el segundo montón tan sólo tenía dos discos arrumbados en la cama.

–Me imagino que el segundo montón es lo que vas a conservar, ¿cierto, abuelo?

–Al contrario, Miguelito, lo que se va son los discos, se queda lo demás.

–Pero ¿no cree que la abuela no vaya a estar de acuerdo?

–Bueno, en eso tiene usted un punto, Miguel.

–Entonces, ¿qué le parece si desechamos este palo de escoba?

–¡No! Ese palo es de suma importancia, Miguelito.

–Pero sólo es un- -

–¡No hay discusión, esto se queda!

–De acuerdo… ¿qué le parece esta placa de auto?

–¡No! Quien sabe cuándo la vayamos a utilizar, Miguelito. Puede ser de mucha importancia en un futuro.

–¿Y la rueda de bicicleta?

–¡También se queda!

Al final no desechamos nada y todavía nos faltaba la extensa bodega en la que se guardaban aún más cosas. Ya estaba desesperado, me froté los ojos con mis manos y me tumbé en la cama, el abuelo seguía sentado en una sillita azul que quedaba en la esquina decidiendo todo lo que se iba a quedar, pero para salvación mía y perdición del abuelo, entró la abuela:




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