Un amigo extraordinario

Marcela y Daniel

ES la hermana de mi abuela, tiene Alzhéimer y por más difícil que parezca, mi abuelo le tiene mucho cariño y respeto, siempre dice que algo en ella le recuerda a su hermana, pero no sabe qué. Le decimos tía en lugar de tía abuela porque cuando aún tenía memoria se sentía muy ofendida si le decíamos así y, aunque ya no lo recuerde, preferimos respetarle diciéndole de la manera en la que se sentía más cómoda.

En fin, cuando mi tía todavía tenía memoria, me contó una de las historias más cautivadoras y conmovedoras que pude haber escuchado: la de ella.

Nació en 1950 siendo la mayor de todos sus hermanos y hermanas, incluyendo a Alonso, Alfredo, Federico, Sandra y Conchita.

La verdad es, que nunca fue una mujer fácil de tratar; tenía un carácter muy fuerte, no le gustaba cuidar de sus hermanos y mucho menos de mi tía abuela Sandra porque se la tenía que llevar a todos lados con ella por ser la más chica y por tener unos padres que trabajaban todo el día para mantener a la familia.

Su nombre nunca le gustó para nada así que siempre que le preguntaban cómo se llamaba, respondía “Bárbara” porque, estaba en el 65, ella tenía 15 años y, en ese entonces, estaba de moda su canción favorita de The Beach Boys: Barbara Ann…

Tía estuvo a punto de casarse, pero eso nunca sucedió.

Su prometido se llamaba Daniel, él tenía 27. Lo conoció en los 70’s cuando ella tan sólo tenía 20 años. Ella era una taquimecanógrafa en una oficina en la que solía trabajar su padre. Atendía el teléfono y a los que se presentaban ahí mientras el jefe estuviera ocupado, escribía en la máquina de escribir, entre muchas otras cosas.

Su jefe, don Rafael, era un viejo tacaño y mandón al que siempre le tenían que andar besando los pies para que les diera un salario más o menos digno, fue ahí donde entró Daniel.

Él llegó a la oficina de Don Rafael por unas denuncias que le habían mandado en su contra de parte de los trabajadores, pues recibían muy mal trato y el estado en el que trabajaban no era de buenas condiciones.

Al principio la tía lo odiaba, porque ¿cómo podía ser el defensor de un hombre tan malo? ¡Era insólito! No sabía con qué tipo de persona estaba tratando.

Un día, ya terminada su jornada laboral, Daniel recién salió de la oficina de Don Rafel y, para sorpresa de mi tía, se acercó a su escritorio donde estaba guardando sus cosas y la saludó:

–Hola.

–Hola–Respondió sin mostrar emoción alguna.

–Señorita, verá, yo me preguntaba si- -

–¡Ni siquiera lo piense! ¡Ni en un millón de años saldría con un aliado de un papanatas como lo es mi jefe!

Daniel se frotó la barbilla mientras sonreía, después, con un tono medio inestable le dijo:

–Señorita, eso no era lo que yo pretendía decirle, en realidad, lo que quería pedirle es que me pasara mi sombrero. Lo he dejado en el perchero que está detrás de usted.

Mi tía apretó los dientes y la boca e indignada se volteó para entregarle el sombrero al joven. Estaba avergonzada, pero esperaba que no lo notara. El chico volvió a hablar:

–Así que… ¿Con que su jefe es un papanatas?

–Por favor, ¡No le diga! –Le rogó a Daniel.

–Está bien. No le diré, pero ¿sabe qué? Yo nunca hago un favor sin pedir nada a cambio…

–¡Caray! ¿Y ahora qué quiere? –Dijo mi tía azotando su cuaderno contra el escritorio.

–Quiero que me acompañe al cine. Quisiera que viniera a ver conmigo “La rodilla de Clara”.

Tía apartó la mirada un poco indiferente, pero después volvió a mirar a Daniel a los ojos.

–Bien, pero nada más una película. Después de esto no quiero tener nada que ver con usted.

–Me parece ser un trato justo…

El trato nunca se cumplió ya que hubo muchas más salidas después de esa hasta que se hicieron novios y posteriormente prometidos.

Daniel había dejado de ser el abogado oficial de Rafael, lo que ocasionó muchas especulaciones hasta de su muerte pues muchos dicen que, como ni mi tía ni Daniel eran personas rencorosas, al invitar a Rafael a la fiesta antes de la boda, este aprovechó para envenenarle el trago a Daniel, quien murió en la madrugada, mucho antes de poder llegar al hospital dejando así viuda a mi tía, quien nunca más se quiso volver a casar.




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