Un amigo extraordinario

Caracol

NO era como los otro peces desde que se le cayó a mi tía con todo y pecera desde el primer día después de comprarlo. Se portaba extraño y nadaba extremadamente lento, de ahí su nombre, Caracol.

Caracol tenía pésima suerte, en ese ámbito se parecía mucho a mí. Un día, cuando la tía Elena seguía fuera de casa trabajando, su gato, Bigotes, se abalanzó sobre el pobre pez, haciendo que la pecera se estrellara por segunda vez. Para salvación de Caracol, llegó tía Elena:

–Ya llegué mis amores… ¡¿Bigotes?! ¡Suelta a ese pez!

–¡Miau!

–¡Que me lo des! ¡Escúpelo ahora mismo! –Dijo mi tía sacándole de un golpazo en el cuello al pez.

Caracol se estaba ahogando, pero tía rápido lo metió en la botella de agua de plástico que traía en la mano, el problema de eso era que ya después no lo podía sacar, pues la boquilla estaba muy chica, tuvo que cortar la botella para sacarlo.

Caracol era un pez beta, de esos de los que dicen que se mueren muy rápido, pero Caracol vivió dos años, después murió como mamá. Ese pez era la mascota favorita de mi tía pues era el que menos relajo hacía y era pacífico como ella.

Una noche cuando fuimos a visitar a tía Elena con mamá, Claudia y yo decidimos buscar en internet ideas para hacerle un poco más interesante la pecera en la que Caracol vivía porque ésta ya estaba estrellada por todos lados. Navegamos y navegamos por la web hasta que nos topamos con una pecera hermosa, parecida a una bombonera.

–¡Claudia, debemos conseguir esa cosa! –Grité emocionado zarandeándola de los hombros.

–¿Pero ya viste cuánto cuesta?

–Sí, tienes razón… Nuestros papás no querrán comprarla.

–¿Por qué no ahorramos?

–Pero, Claudia, ¡nunca nos dan domingo!

–¿Quién dijo que íbamos a pedir dinero? Vamos a trabajar para conseguirlo.

–¿Estás loca, Claudia? ¡Apenas sé amarrarme las agujetas!

–Bueno, tendrás que aprender a hacer algo. Podrías vender chocolates.

–¿Y con qué dinero compramos los chocolates?

–Hay que pedirle una inversión a tía Elena. Estoy segura de que si es para el bien de su pez aceptará.

Precisamente, la tía aceptó con mucho gusto y nos compró unas barras de chocolate, también unas alegrías para que Claudia pudiera vender de igual manera.

Después de la escuela nos pusimos a lado de la panadería, pero ese día no fue de éxito, nuestro único cliente fue Terry y ese no pago nada. El segundo día estuvimos vagando cerca de la casa de tía Elena, pero tampoco nos fue bien y terminamos los dos sentados en la calle con toda la mercancía en nuestras piernas.

–¿Sabes qué nos falta, Miguelito? –Habló mi hermana.

–Eh… No.

–¡Pues propaganda! ¡Publicidad!

–¡Ay, sí! Como si supiéramos algo de eso.

–¡Sí! Mira, observa–Dijo mi hermana parándose y dirigiéndose a un señor que caminaba por allí.

–Disculpe, buenas tardes, señor. Me preguntaba si usted gusta de una alegría, ¡en serio alegra el día! Y esta vez lo que le va a alegrar más es que puede llevar cuatro sólo por $25.

–En ese caso, llevaré las cuatro para mi familia–Dijo el señor entregándole el dinero.

Quedé con la boca abierta, Claudia se acercó y me la cerro, después dijo:

–¿Ves? No se necesita ser un empresario o un magnate.

–Hmm, bueno, entonces, yo venderé por la casa de nuestros abuelos y tú por aquí.

–Buena idea, Miguelito. Yo le aviso a mi mamá.

Llegué a la zona por donde mis abuelos vivían e intenté la táctica que mi hermana me había enseñado, pero me daba mucha pena hablar con desconocidos.

–Ho-ho-hola s-s-señor…

–¡No tengo mucho tiempo, niño así que lo que tengas que decir, dilo!

–Y-y-yo…

El auto arrancó dejándome, hablando solo.

Intenté vender cruzando la avenida; grave error. Siempre que me gusta una chica, ellas me ven en los peores momentos y cuando estoy normal, ¡no me notan! ¡ni siquiera saben que existo! Eso me pasó con Estefanía, una chica muy gentil y agradable de sexto de primaria.

–¿Miguel? –Dijo reconociéndome detrás de un auto.

–Ah…Sí… Hola…

–¿Qué haces aquí?

–Bueno ya sabes… Los chocolates me venden, digo, vendo yo los chocolates, es decir…

–Wow, ¡qué emocionante! ¿A cuánto los vendes?

La miré y dije:

–¡Son gratis! Es decir, para ti son gratis. No quiero decir que seas algo especial para mí, bueno, sí lo eres, pero no de la manera en la que piensas. Creo que soné muy grosero, lo que quise decirte es…

–Shhh…–Dijo Estefanía poniéndome su dedo índice sobre mis labios.

Mi corazón latía rápido, pero trataba de ocultarlo.

–¿Te pongo nervioso, Miguel?




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