Un amor a contraluz

Martes 18 de Abril

Era martes 18 de abril y las vacaciones de pascua habían terminado.

Samuel, mi hermano mayor, detuvo el motor de su Audi A3 frente a la escuela secundaria Hervey College. El lugar que había sido mi tormento los últimos tres años y al que llevaba enfrentándome sola los últimos seis meses.

Tres meses.

Tres meses y por fin podía ser libre durante los siguientes tres meses hasta tener que regresar a la tortura medieval a la que todo el mundo llamaba secundaria.

Para algunos eran los mejores años de su vida para mí se habían convertido en los peores.

Incluso porque cuando papa nos abandonó hace cinco años para irse con aquella directora ejecutiva de algún país europeo.

—Yvi— dijo Samuel girándose en su asiento para mirarme utilizando ese tono de hermano mayor que siempre ponía cuando quería intentar ser serio— No te olvides de lo que te he dicho. Cualquier mínima cosa, hasta lo que parezca más inofensivo. Llama a Denzel. Tiene el coche nuevo, ese que le regalaron por entrar a la uní y está a diez minutos de esta bazofia de lugar.

Contuve el impulso de poner los ojos en blanco.

Como no. Denzel. La sombra de mi hermano.

El mismo que estaba para comérselo.

Denzel se había convertido estos seis meses en un ángel caído del cielo. En la secundaria me habían aislado completamente, haciéndome comer sola en el receso, dejándome sola en los trabajos grupales y por supuesto nadie me había dirigido la palabra.

Si no fuera porque Denzel había aparecido en casa casi todas las tardes para pasar un rato en silencio observándome de reojo estudiar mientras miraba algún partido absurdo en la tele me habría pasado todo el tiempo sola.

—Sam, no necesito que Denzel me haga de niñera— me queje agarrando mi mochila y apretándomela contra el pecho en modo de escucho— No soy una cría, se cuidarme sola.

El suspiro largamente de forma cansada y despego una de sus manos del volante del coche para agarrarme por la barbilla obligándome a mirarlo.

Sus ojos color avellana idénticos a los míos chocaron causando que me sacudiera una lluvia de emociones.

Esos ojos avellana. Los que se convirtieron en mi faro hace cinco años cuando nuestro mundo se derrumbó y él estuvo hay para sostenerlo. Los que han sido mi muro en esa jungla a la que quieren hacer llamas escuela.

Mi salvador desde que se plantó hace tres años frente a Liam Croft después de que tirara mi mochila a un charco de barro y le dejo un ojo morado delante de media escuela para después decirle que no volviera a tocarme un solo pelo. El mismo que miro con asco a las chicas de tercero que querían difundir rumores falsos de mí.

—No es eso y lo sabes— dijo tenso— Escúchame Yvonne. Si Liam o ese grupo de niñas pijas vuelve a decirte algo o a hacerte algo. Aunque sea solo una mala mirada, se lo dices a Denzel. Una llamada o un mensaje. Es sabe qué hacer.

Mi corazón comenzó a latir con tanta fuerza contra mi caja torácica que estaba segura que él lo podría escuchar. No era que si “vuelve a” sino “desde que”. Desde que Samuel tomo su primer vuelo a Londres las cosas no se detuvieron, es más empeoraron.

Ya no se conformaban con mirarme mal o soltar algún comentario ofensivo por lo bajo. Hace unas semanas encontré mi casillero lleno hasta rebosar de papel mojado con leche cortada.

Cuando llegué a casa tuve que lavar toda mi ropa de educación física al menos cuatro veces y aun así seguía oliendo fuerte.

Cuando Denzel, el mejor amigo de Samuel, me pregunto en una de sus visitas diarias que Samuel seguramente obligaba le tuve que decir que se me cayó un vaso de leche encima y lo limpié muy tarde.

Por ese ese grandullón me creyó y no volvió a sacar el tema.

—Nadie me hace nada— dije fingiendo una seguridad en mí misma que no tenía —Liam y el resto son patéticos y cobardes. Están demasiados asustados de que mi hermano loco regrese de Londres a darles una paliza si se entera que me han dicho algo.

Mentí. Por supuesto que mentí. Mentí para proteger a la persona que siempre me protegió. Para no ser una carga desde tan lejos.

Tenía que dejar volar a Samuel, y si le contaba lo que ocurría en la escuela no regresaría a Londres y todo por lo que ha luchado desde que papa nos dejó se iría al garete.

Y no estaba dispuesta a que eso ocurriera.

—Yvonne— insistió cambiando el tono de hermano mayor a papa sobreprotector que tanto le gustaba poner— No quiero que le ocultes nada a Denzel. O a mí.

Una ola de pánico frio me recorrió el cuerpo casi imperceptiblemente. Quería que Denzel supiera. Denzel. El mismo chico que llevaba siendo el siamés de Samuel desde coincidieron en el campamento de verano hace al menos diez años. El mismo Denzel que llevaba viéndome como la hermana pequeña e insoportable de su amigo desde entonces.

Que Denzel se enterara de lo que ocurría sería una catástrofe.

Él podría ser igual de sobreprotector que Samuel o incluso más. Y que me viera como algo más que la insoportable hermana lista de su mejor amigo hacía que me recorriera una oleada de pánico.

—No— dije más brusca de lo que quería— No quiero que Denzel se entere de nada de lo que ha ocurrido estos años. No quiero que le digas nada.

—Solo se lo diré si pasa algo— respondió mirándome mientras internamente se luchaba una bata en su cabeza entre el impulso de quedarse y el deber de irse— Pero tú tienes que decirme a mi primero. Prométemelo Yvonne. Prométeme que me llamaras si pasa algo, da igual el día o la hora.

Aprete los labios mirando el reloj de mi muñeca. 8:47. Tenía que irme. Él tenía que irse para no perder su vuelo que despegaba en una hora.

—Sam…

—Prométemelo— dijo y alargo una de sus manos para apretar la mía sobre la mochila— O me bajo ahora mismo y le digo al director Croft que vigile como un halcón a su hijo.

—Vale, lo prometo— dije temiendo que cumpliera su palabra y no llegara a tiempo.

Por primera vez desde que no subimos al coche Samuel sonrió. Aunque de forma triste, pero sonrió.




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