Un amor a contraluz

Miércoles 3 de Mayo

El sonido de la clase era un ruido blanco lleno de murmullos de las conversaciones de los otros estudiantes y de unas risas que no me pertenecían.

Estaba sentada en el último asiento de las clases, el que estaba junto a la ventana. Sola.

Este asiento no lo reclamaba nadie y el que estaba a mi lado tampoco. Nunca.

Nadie quería sentarse con la rara Fourier.

Y por mi estaba bien. Así no estaba obligada a entablar conversación con nadie durante la hora y media que duraban las clases.

Tocaba filosofía y el profesor siempre llegaba antes de tiempo opero hoy, por algún extraño motivo estaba llegando tarde.

El salón de clases se comenzó a llenar lentamente de estudiantes hasta que estuvo completamente lleno. Y como era de esperarse, yo quede sola.

Mejor.

Así no tenía que estar dejando mi mochila en el sucio suelo de clases y tampoco tendría que colgarla del respaldo de la silla arriesgándome a que las hazas de deshilacharan.

La puerta de la clase se abrió cortando los murmullos de mi alrededor, y entre el señor Davies. Nuestro profesor de matemáticas con una carpeta bajo su brazo.

—Muchachos, bunas tardes— saludo tomando asiento en su pupitre central— El señor Henderson ha tenido un improvisto familiar. No podrá dar la clase hoy. Por lo que tenéis una hora y media de estudio. Sacad vuestros apuntes y libros y estudiad en silencio.

Un suspiro de decepción y alivio inundo toda el aula. Una hora sin clase significaba menos trabajo, pero también era una hora muerta, al final de día cuando todos queríamos irnos a nuestras casas.

Cada uno se pudo a lo suyo. Algunos hablaban con sus compañeros de al lado, otros se giraron para hablar en voz baja con el de atrás y algunos como yo nos centramos en fingir interés por nuestros apuntes.

La paz en la clase duro hasta que la puerta se volvió a abrir.

Supuse que sería algún profesor buscando al señor Davies por lo que no preste atención. Pero cuando no escuche ninguna voz dirigiéndose a al profesor y los murmullos de la clase se detuvieron de golpe me vi obligada a levantar la cabeza.

Y ahí estaba.

Liam.

Parado en la puerta de la clase. Llevaba una de las sudaderas del equipo de color beige con el logo del equipo de la escuela y llevaba el pelo mojado seguramente de las duchas del vestuario de chicos.

Llevaba su mochila de clase colgada de un hombro y del otro su bolsa de deportes gigante que era casi tan grande como la mitad de su cuerpo.

—Croft— lo saludo el señor Davies haciendo un gesto impaciente— Llega tarde incluso en hora de estudio. Siéntese. Y guarde silencio.

Liam se limitó a asentir con la cabeza sin molestarse en excusarse mientras barría toda el aula con la mirada hasta que su mirada se clavó en mí. O más bien en el asiento a mi lado.

Sin mediar más palabras comenzó a caminar en mi dirección. No al centro de la clase con el resto de jugadores. No hacia el grupo de Chloe que estaba en una de las esquinas del principio de la clase. Camino hacia mí. Al final de la clase.

Como si no fuera nada.

Sin decir más se paró justo en el borde del pupitre libre observando mi mochila intensamente un segundo antes de desplazarla hacia el suelo con delicadeza.

Soltó con un golpe seco la bolsa de deportes al lado de mi mochila y sobre su bolsa dejo su mochila antes de sentarse haciendo crujir la madera del asiento con su peso.

Las conversaciones se detuvieron definitivamente y ahora todos los estudiantes tenían la mirada clavada en nosotros.

Liam no hizo ningún esfuerzo por sacar un libro o una libreta, pero si se entretuvo en fulminar con la mirada a todos y cada uno de los que nos estaban mirando.

Lo único que rompió el silencio fue el carraspeo del señor Davies.

—Bueno, chicos— dijo recuperando su compostura y saliendo de su shock inicial— Como os he dicho. Silencio y a trabajar. O al menos a fingir que trabajan, por favor.

Eso saco a toda la clase de su estupor inicial y reanudaron sus conversaciones o simplemente fingieron que estaban atentos a sus trabajos mientras nos miraban disimuladamente de reojo.

Ambos nos quedamos en silencio unos minutos. Liam mirando a la nada tumbándose sobre el escritorio y yo tratando de reanudar mi interés fingido sobre lo que había escrito en mi cuaderno.

Pero era imposible.

Su presencia, a solo unos centímetros de la mía absorbía todo mi interés. Su brazo gigante estaba a solo un centímetro de regla del mío y el calor que desprendía su cuerpo alejaba el más mínimo frio que podría absorber del exterior.

Finalmente pareció aburrirse de lo que sea que estuviera viendo y saco una libreta inmaculada de su mochila junto a un estuche pequeño.

Dejo caer ambas cosas sobre el escritorio sin ningún tipo de cuidado y en el movimiento su brazo rozo con el mío. Una fuerte descarga eléctrica nos sacudió a ambos porque él también se quedó inmóvil mirando nuestros brazos antes de volver a la realidad.

—¿Por qué demonios no está el viejo Henderson? —pregunto de forma más acusatoria que interrogativa— Ultima hora un jueves después de un entrenamiento. Esto es una tortura.

Me quede helada. ¿De estaba hablando a mí? ¿Después de todo?

—Asuntos familiares— murmure después de un momento intentando recuperar mi voz— El profesor Davies lo dijo.

—Asuntos familiares— gruño repitiendo las palabras, saboreándolas— Seguro. O como mañana no da clases se ha escaqueado para empezar el fin de semana pronto.

Jugo con el borde del cuaderno una y otra vez hasta que el papel perdió forma y entonces me miro.

—Y bien, Fournier— dijo lentamente mirándome de arriba a abajo—La excursión, ¿te has apuntado ya o qué?
—¿La… excursión?

—A los lagos. Geología. La de los cinco días—precisa con impaciencia como si estuviera explicándole algo a un niño pequeño— Te lo dije.

—Ah esa— dije fingiendo hacer memoria— No. No lo he hecho.




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