El eco de mis golpes fue apagándose lentamente conforme pasaba el tiempo y no obtuve respuesta.
No sé cuánto tiempo pase encerrada. Quizás minutos, quizás horas.
Una hora y media después conseguí salir. No sé cómo lo hice, pero cuando quise darme cuenta estaba de culo en el suelo con la puerta abierta de par en par.
Lo primero que hice fue buscar mi mochila con la esperanza de que mi ropa y mis cosas siguieran ahí.
Pero como era de esperarse no estaba. Lo comprobé tres veces. La vacié entera, dejando que todo lo que quedaba se resbalara por el suelo mojado.
Mis libros, mis apuntes, mi estuche, mi neceser. Todo estaba. Excepto mi ropa.
No había ni rastro de mis baqueros, ni de mi sudadera. Y ni pensar que estuviera mi ropa interior.
Pero no fueron lo suficientemente listas, porque dejaron mi teléfono sobre uno de los bancos junto a una toalla blanca que alguien debió de olvidar. Y al revisarlo vi que todavía tenía batería. Poca, pero suficiente.
No dude en llamar a Denzel. Una, dos, tres veces, pero en todas salto su contestador.
Estoy entrenando ahora mismo, si no contesto es porque estoy en el campo, deja tu mensaje y ya te llamo.
Colgué sin necesidad de dejar ningún mensaje.
Llame a Charlotte y también salto el contestador.
Estoy en clase o durmiendo, tu veras lo que haces con esa información.
Llave a Sara, Torre y Jake. Y de cada uno obtuve el mismo resultado.
Y, por último, con el corazón en un puño llame a Liam. Dos veces. Tres veces. Seis.
El numero al que llama no está disponible en estos momentos.
Me quede mirando la pantalla observando como la batería desaparecía rápidamente. Cuando lo encendí tenía un 20%. En ese momento estaba en un 2%.
Abrí el WhatsApp con desesperación y le envié un mensaje a Liam junto a mi ubicación.
Estoy en las duchas de educación física. No tengo ropa. Chloe y Marianne e la han quitado. No me queda batería. Por favor.
Adjunte mi ubicación GPS en el momento justo para dar a enviar y que el teléfono se apagara.
No supe si se llegó a enviar.
Y eso fue hace al menos veinte minutos. Y seguía sola.
Estaba sentada en uno de los bancos apenas envuelta por la toalla y con el teléfono apagado contra el pecho.
El frio se había asentado en las duchas y era casi insoportable. Mi pelo no se había secado del todo y todavía seguía húmedo y goteándome en la espalda
Mi cuerpo tiritaba cada pocos minutos de forma cada vez más seguida. Intente mantenerme despierta la primera hora, tratando de buscar soluciones, formas de salir de aquí.
Pero era casi imposible. La puerta estaba cerrada, no tenía batería en el teléfono y tampoco ropa. Por mucho que consiguiera abrir la puerta no podría pasearme por ahí sin ropa, solamente con una toalla que a duras penas me ayudaba a cubrirme lo justo no pasar demasiada vergüenza si alguien llegara a encontrarme.
Descanse la cabeza en la pared que se encontraba a mi lado dejando que el sueño me ganara.
Tal vez si dormía algo el tiempo correría más rápido y cuando pasara alguien me despertaría por el ruido.
Pero no me dio tiempo a que el sueño me consumiera cuando un fuerte golpe resonó en todo el vestuario.
Gire la cabeza con fuerza hacia la procedencia del ruido para encontrarme la puerta siendo abierta.
La luz me cegó un segundo, antes de reconocer la figura que se encontraba en el marco de la puerta.
—¿Yvonne? —pregunto Liam tratando de adaptarse a la oscuridad— ¿Yvonne? ¿Estás ahí?
Quise levantarme, correr hacia donde estaba, pero mi cuerpo no respondía. Las piernas no me obedecían y mi cuerpo temblaba de pies a cabeza.
—Aquí— conseguí articular— Estoy… aquí.
Se giro hacia mi como un resorte estrechando los ojos en mi dirección. Cuando sus ojos me encontraron se hubieron unos milímetros dando un par de pasos hacia mí.
Cuando los reflejos del atardecer dejaron de cegarme y lo pude ver con claridad me congelé.
Liam estaba repleto de cardenales.
Un moratón enorme cubría parte de su mandíbula, otra cerca del ojo, tenía el labio partido donde se encontraba sangre seca y la ceja también estaba partida.
Pero cuando dio un par de pasos más en mi dirección note la cojera que tenía. Apenas un poco, pero pude notarlo. Apoyaba más peso en una de sus piernas que en la otra.
—¿Qué…? — comencé a preguntar, pero el me interrumpió.
—¿Qué coño ocurre? — pregunto— Me envías un mensaje diciéndome que estas en las duchas, que no tienes tu ropa y luego nada. No contestas, no llamas….
Se detuvo de repente cuando se dio cuenta en la tesitura en la que estaba.
Por el susto la toalla se había resbalado de uno de mis hombros dejando al descubierto gran parte de mi hombro y el inicio de uno de mis pechos. Aparte se había subido mucho más arriba del muslo mostrando partes que no deberían de verse,
El color le subió desde las mejillas hasta las orejas de un color casi radiactivo.
Se dio la vuelta casi chocando contra la pared.
—Joder— mascullo en un susurro trémulo— Jodes, joder, joder.
—¡No mires! —grazne tratando de reacomodar la toalla. Pero fue imposible.
—No estoy mirando— responde pasándose una mano por el pelo tirando de el— No estoy mirando ¿sí? No he visto nada. Absolutamente nada…
—¡Claro que has visto! —interrumpí con un alarido— ¡Has mirado directamente!
—¡He mirado un segundo! ‘Para asegurarme que estabas bien! —se pasó una mano por la cara con fuerza— ¿Qué se supone que tenía que hacer? ¿Entrar con los ojos cerrados?
No supe que responder a eso.
—¿Te has… has leído el mensaje completo? —pregunte rompiendo el silencio incomodo
—¿El que?
—El mensaje. El que te envié. ¿Lo has leído entero?
Se quedo inmóvil un momento. Luego saco su teléfono del bolsillo de sus pantalones encendiéndolo. Vi como abría el chat.
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Editado: 09.03.2026